No contarlo

No contarlo

Hoy todo el mundo lo cuenta todo y a toda hora, de una manera minuciosa, desvergonzada y obsesiva.

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27 de julio 2016 , 07:01 p.m.

Es famosísima la anécdota de la primera noche de amor entre Ava Gardner y Luis Miguel Dominguín en 1953, cuando ella todavía estaba casada con Frank Sinatra. Quizás sea falsa esa anécdota, casi todas lo son: o más que falsas, historias exageradas y mudables que circulan de boca en boca como una moneda a la que van tiñendo la ficción y los rumores, la certeza de los que nunca estuvimos allí.

Pero si no es verdadera al menos es bella, como dicen los italianos; si no es cierta merece serlo. Yo la leí así: se fueron a la cama Dominguín y Ava Gardner –a la que le encantaban España y los toreros, valga la redundancia– en la primavera de 1953. Entonces él se paró al otro día y se bañó y se vistió muy rápido, se echó perfume. Ella le dijo que para dónde iba, él le respondió feliz: “A contarlo”.

Cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo, cómo va uno a estar con Ava Gardner sin que nadie lo sepa. ¡La esposa de Frank Sinatra! Aunque mi inolvidable amigo Álvaro Sierra Eljach, que era un filósofo, un actor que murió en el escenario, siempre decía: “el que come callado come dos veces”. Pero hay cosas tan grandes que no podemos callar; hay cosas que también hacemos para que el mundo se entere, para contar.

A veces me da por pensar en las dos cosas al mismo tiempo, la anécdota de Dominguín y la frase de Álvaro Sierra. Sobre todo porque vivimos en un mundo en el que lo memorable parecería haberse devaluado casi hasta desaparecer, a causa entre otras cosas de una circunstancia que por lo general se nos antoja muy buena y en la que poco pensamos, pero que vista de cerca es más bien aterradora.

Me refiero al hecho de estar en un mundo en el que todo el mundo, valga la redundancia –como Ava Gardner con España y sus toreros–, todo el mundo lo cuenta todo y a toda hora, documentándolo además de una manera minuciosa, desvergonzada y obsesiva, con los recursos que la tecnología pone en nuestras manos para ese fin. Y cuando digo “ese fin” lo digo muy en serio.

El otro día leí la noticia de un pobre alemán de 51 años, Oliver Paps, que murió en las alturas de Machu Picchu de la forma más triste y absurda que uno se pueda imaginar: quería tomarse una selfi y no pudo, entonces llamó a alguien más para que le hiciera la foto. En un lugar de la antigua ciudad inca cerrado para los turistas por lo peligroso que es. Pues allí posó este desdichado antes de caer al vacío hasta nunca jamás.

No es extraño imaginarse lo que Oliver Paps quería con esa foto: atesorarla como un bello recuerdo de su viaje, sí, tenerla allí para algún día evocar su heroísmo, esa tarde soleada en las alturas, los sabores del Perú, yo qué sé. Lo más probable es que estuviera pensando, con ansiedad, casi con angustia, en que apenas pudiera tenía que colgar esa imagen en alguna de sus redes sociales. En alguna o en todas, mejor en todas.

Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, Snapchat y no sé qué más: a todos nos pasa que estamos siempre con el teléfono a la mano para dejar testimonio de lo que hacemos y nos sucede a cada segundo, como si solo así nuestra vida se consumara y ocurriera de verdad, cuando ‘sube’ a las redes sociales, cuando la ven. La luz omnipresente, la foto del plato de comida, nuestro estado a cada paso, “¿qué estás pensando?”.

No en vano las selfis se están volviendo una de las armas más eficaces de destrucción masiva, y dice Leo Benedictus que cada año muere más gente tratándose de hacer una que devorada por un oso o un tiburón. Eso por no mencionar a los que se estaban tomando la foto mientras llegaban el oso o el tiburón. A ver, a ver: miren a la cámara.

Como todo es memorable, ya nada lo es; como todo lo contamos ya no hay nada que contar. Ya nadie come callado.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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