Fernando y Mario

Fernando y Mario

Cuando creímos que estos casos ya no se presentaban, volvemos a conocer lo inaudito.

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26 de julio 2016 , 07:11 p.m.

No es muy complicado en la vida detectar una complicidad extraordinaria entre dos seres humanos. No es difícil percibir lo que llamamos amor cuando fluye de esta manera. Hay momentos importantes en los cuales una pareja nos dice con gestos, caricias o palabras que están unidos irrevocablemente por una historia que no necesariamente conocemos bien. Pero ahí están. Dos hombres. Una historia. O miles de historias.

Conocí a Fernando y a Mario entre los telones de decenas de eventos culturales. Lentamente nos fuimos haciendo amigos. Rompimos esa timidez que producen los diálogos sobre un espectáculo, alguna obra teatral o una bella exposición. En la época en que Fernando Toledo fue director del Centro Cultural de la Universidad de Salamanca, me hizo una entrevista que siempre recordaré. Con una sensibilidad que no era usual en el medio periodístico. Y Mario siempre estaba ahí, con anotaciones, codas o énfasis. Mario Cifuentes, su incondicional compañero.

Fernando conocía París mejor que yo. Alguna vez moraron en mi estudio en la Rue de la Villette. Y las historias que sobre mi barrio me contó nunca las había escuchado. O la del Cementerio del Père Lachaise, en el cual era especialista. No creo que hoy haya un solo amigo de estos dos que dude de su fervoroso amor. Un amor con historia, como el de todos los amores; con subidas, goces y estragos, pero sobre todo goces.

Eran amigos de uno de mis hijos. Este me contó que alguna vez Fernando y Mario estuvieron en su casa hablando cuatro horas seguidas de música clásica y muy especialmente de ópera, tema que apasionaba a Fernando y en el cual era un especialista.

Pero hace un poco más de dos años, Fernando murió cuando nadie lo esperaba. Cuando había proyectos. Cuando los planes aún estaban sobre la mesa. Pasar una larga estadía en Madrid, volver a París, escribir más novelas, visitar bibliotecas y museos.

Hoy, Mario Cifuentes enfrenta una disputa judicial con las dos hijas de Fernando Toledo, quienes presuntamente niegan enfáticamente que entre ellos dos hubiese existido una unión marital de hecho. Como si tal afirmación pudiera restarles realidad a los lazos amorosos de ellos dos. Fernando Toledo se había divorciado de la madre de sus dos hijas en el 2000, cuando ya la relación con Mario se había afianzado cuatro años antes.

El alegato simple de las hijas afirma que no puede existir unión marital de hecho porque cada uno de ellos tenía un apartamento. Alegato inadmisible porque hubo comunidad de vida, vida de pareja; y la permanencia de su relación duró diecinueve años. Los dos decidieron libre, voluntaria y espontáneamente estar juntos en la vida para ejercer su sexualidad gozosa y con un gran afecto marital. Además, los dos pernoctaban indistintamente en el apartamento del uno o en el del otro, como hacen muchas parejas hoy en día. Centenares de cartas de amigos y amigas de la pareja, además del ofrecimiento de la mamá y de la hermana de Fernando de certificar la relación de los dos, han llegado dirigidas al juez que tiene el caso.

Es curioso: cuando creímos que estos casos ya no se presentaban, volvemos a conocer lo inaudito. Y me pregunto si todas las parejas gais en Colombia tienen presente esta posibilidad ante la muerte súbita de uno de los dos. Ya hace décadas, la novela de Christopher Isherwood 'Un hombre soltero' nos mostró la desgracia de poder reclamar para sí lo que es de uno, que no es más que las historias, el pasado y la vida material.

Florence Thomas
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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