Limonada de coco: Sala de urgencias

Limonada de coco: Sala de urgencias

Alberto Salcedo Ramos escribe sobre la naturaleza de estos sitios.

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26 de julio 2016 , 11:43 a.m.

En este preciso instante, mientras el anciano de la pierna enyesada acude cojeando al llamado del médico, muchas personas sanas en la ciudad, más allá de la sala de urgencias en la que me encuentro, derrochan en ocio y gozo su buena salud.

A esta hora, 6:45 de la tarde, alguien hace una carambola en algún billar, alguien escribe un chiste en la red social Twitter. En este momento, digo, hay bastante gente desahogada al otro lado de la puerta: novios que se besan en los restaurantes, señoras que curiosean vitrinas en los centros comerciales, vendedores de licor que organizan el whisky en sus estanterías. Para los seres de allá afuera no cuentan ni el anciano de la pierna enyesada ni ninguno de los otros pacientes agolpados aquí en el hospital.

He venido hasta acá para compartir con los lectores, a vuelo de pájaro, algunas reflexiones sobre las salas de urgencias. Si no fuera por mi ejercicio profesional, también yo andaría ahora en otro lugar, desentendido de lo que sucede aquí adentro. No vería ni a la señora que alza en la silla su pierna llena de venas varicosas, ni al niño que llora en el regazo de su madre. Sabría que existen, desde luego, pero los ignoraría. ¿Para qué voy a asomarme por aquí, si ningún nudo me aprieta el cuello y ningún ser querido padece quebrantos de salud?

Recuerdo perfectamente las pocas veces en que he visitado una sala de urgencias: cuando mi madre enfermó de cáncer, cuando a mi hija le sobrevino una colitis y cuando me extirparon la vesícula porque la tenía infestada de cálculos. Así nos sucede a todos, claro: venimos a un sitio de estos solo cuando ciertas circunstancias extremas nos obligan. Entonces caemos en la cuenta de algo que normalmente olvidamos: el organismo se deteriora y nos pasa factura de cobro. La salud es un capital al que le concedemos importancia cuando empieza a malograrse.

En los hospitales ocurren dos hechos contradictorios: aquí en las salas de urgencias se pierde la individualidad y cada quien se convierte en parte de una masa sin identidad. Aquel hombre se llama, de momento, el señor de la silla de ruedas. Aquella mujer viene a ser la señora que se cubre la nariz con la bufanda, como si fuera un tapabocas quirúrgico. No se conocen entre sí pero ahora, forzados por la calamidad, departen como viejos amigos. Cuando les llegue el momento de oír el diagnóstico o pasar al quirófano, recuperarán su individualidad. Entonces serán Pepito Pérez, el ingeniero que padece migraña, o Fulanita de Tal, la ama de casa que se fracturó la clavícula.

Me pregunto si la señora que reza el Rosario frente a mí también rezaría en caso de pertenecer al mundo sano de los que se encuentran al otro lado de la puerta. Ella es la imagen viva de lo que somos cuando nos flaquea la salud: seres frágiles, asustados, que por fin nos mostramos dispuestos a oír algo más que nuestra propia soberbia. 

ALBERTO SALCEDO RAMOS

PARA CARRUSEL

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