Crónica de Múnich

Crónica de Múnich

Este tipo de matanzas suceden cuando el atacante cuenta con un arma de repetición.

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25 de julio 2016 , 08:10 p.m.

Múnich está de luto. En el desierto centro de la ciudad, al día siguiente de la matanza, ya casi terminan de desmantelar los espacios de carpas blancas donde se habían colocado los puestos de cerveza, salchichas y papas.

Apenas el martes de la semana pasada todo era entusiasmo y energía cuando cientos de trabajadores montaban a toda prisa los espacios en la popular Odeon Platz y en la elegante Maximilian Platz para, el viernes, empezar la fiesta para celebrar los 500 años de vigencia de la ley que garantiza la pureza de la cerveza bávara.

Pero el viernes por la tarde todo cambió. A partir de ese día los obedientes y disciplinados ciudadanos alemanes oyeron el consejo de las autoridades de permanecer en sus casas y evitar reuniones masivas en lugares públicos, dejando la ciudad sumida en un sombrío duelo.

El día de la tragedia, mi esposa y yo habíamos planeado ir al centro a celebrar con la gente de Múnich el Reinheitsgebot y, mientras nos arreglábamos, hacia las seis de la tarde empezamos a oír, una tras otra, las sirenas de patrullas y ambulancias.

Mi primer pensamiento fue que había habido un incendio enorme. No pensé en un acto de violencia porque en una visita anterior a Múnich nos había sorprendido que durante una detención de un narcotraficante en la estación del tren ninguno de los cinco policías que participaron en la operación desenfundó su pistola.

Esta vez, las sirenas seguían sonando, pero nadie en el hotel sabía por qué. La lluvia nos obligó a cambiar de planes y cenar en un restaurant cercano. Durante la cena recibimos una llamada de nuestros nietos, que, con voces preocupadas, nos suplicaban que regresáramos al hotel porque había habido un atentado terrorista y la policía sugería a la gente que permaneciera en sus casas. Nuestra hija y su familia venían de una visita al campo de concentración de Dachau y habían tomado el subterráneo para llegar al hotel, justo en la última corrida del metro ese día. Temerosas de que se tratara de un ataque terrorista de gran envergadura, las autoridades determinaron que había que suspender de inmediato todos los medios de transportación. Nosotros cenamos y caminamos a nuestro hotel sin incidente.

El sábado supimos que la masacre, que dejó nueve muertos confirmados, más de diez en estado crítico y una treintena de heridos, no fue un atentado terrorista, sino obra de un joven nacido en Alemania, de origen iraní, con serios problemas psiquiátricos y obsesionado con las matanzas masivas. En su cuarto se encontraron recortes de periódicos que reseñaban matanzas como la de Anders Breivik, en Noruega, sucedida exactamente hace cinco años.

Se sabe que el arma fue comprada a través de internet, esquivando los estrictos controles de la venta de armas que rigen en el país y que obligan a quienes quieren comprarlas a ser examinados por la policía, no tener antecedentes penales, tener un certificado que demuestre la destreza en su uso y probar que para ello no tiene una motivación criminal. No obstante, aparte de los 5 millones de armas adquiridas legalmente, se calcula que hay entre 20 y 30 millones de armas ilegales.

Desarticulado el vínculo con alguna organización terrorista, la única conclusión posible es que este tipo de matanzas suceden cuando el atacante cuenta con un arma de repetición que nunca debió llegar a manos de civiles.

El domingo, la ciudad parecía recobrar la calma. El jardín inglés rescataba su papel de centro de reposo, y los alemanes volvían a mostrar su capacidad para recuperarse de la adversidad nadando en el congelado río y jugando al fútbol. El lunes desayunamos con la noticia de un nuevo ataque en Ansbach, consumado por un desesperado a quien le negaron asilo contra gente que nada tenía que ver con su predicamento.

SERGIO MUÑOZ BATA

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