Nadia Comaneci, la niña que aprendió a volar

Nadia Comaneci, la niña que aprendió a volar

Es la leyenda olímpica que en 1976 logró el primer puntaje perfecto en gimnasia.

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25 de julio 2016 , 01:49 p.m.

La historia de Nadia Comaneci es la historia arquetípica del héroe que debe atravesar las sombras para salir después del otro lado, transformado y reforzado, y cambiar el mundo, su porción de mundo. Pero, quizás, lo que la hace diferente a las odiseas épicas que conocemos es que mientras todos mirábamos a Nadia pensando en que estaba en lo más alto de su carrera, en lo mejor de su vida, en que poco más que eso pueden alcanzar los simples seres humanos, ella estaba atravesando su peor momento, su oscuridad más profunda.

Sí, quizás lo que hace diferente su historia es que mientras niños de todo el mundo la imitaban con cabriolas, saltos, “arañas” y medialunas en patios de escuelas, calles y gimnasios, ella, en Rumania, vivía un tormento del que solo pudo irse escapando: caminó horas y horas por bosques, atravesando lagos semicongelados, y pisando dudas y miedos en la noche hasta salir, del otro lado, a Hungría, Austria y, finalmente, a Estados Unidos. Casi una generación entera quería ser como ella, mientras ella buscaba escapar de sí misma.

Lo primero que hay que decir de Nadia Comaneci, para los que no la conocen, es que fue la primera gimnasta en obtener un “10 perfecto” en la historia de los Olímpicos. En los Juegos de Montreal 1976, cuando lo consiguió, tenía 14 años y ganó tres medallas de oro. También hay que decir que fue la mejor gimnasta del siglo XX –para muchos ha sido la mejor de todos los tiempos– y que sus rutinas eran una seguidilla milimétrica de posiciones perfectas. Que es rumana y que publicaciones de todo el planeta escribían su nombre casi siempre acompañado de la palabra “perfección”. Y que niños de todo el mundo la imitaban y la tenían como ejemplo: era como lo que hoy son Messi, Bolt o Nadal.

Foto: AFP

Pero no alcanza con decir esto para contar quién es. Quizás haya que decir también que Nadia empezó con la gimnasia olímpica porque le gustaba sentir el viento contra su cuerpo: le permitía sentir la libertad. Que, paradójicamente, esa libertad fue la que le quitó el régimen comunista de Nicolae Ceaușescu cuando logró siete puntajes perfectos y se convirtió en un símbolo mundial. Que el mundo no supo casi de esa historia hasta que se escapó de Rumania y llegó, finalmente, a Estados Unidos. Y que luego, con el tiempo, volvió a callar, porque ya no quiso –no quiere– recordar nada de eso. Quizás haya que decir también que Nadia tiene un sueño recurrente desde niña: sueña que vuela. Hay gente que la persigue y ella escapa, hasta que despega y se va volando. Otras veces sueña lo mismo, pero sin perseguidores ni peligros, solo se eleva y va.

Hoy, Nadia Comaneci tiene 54 años, vive en Norman, Oklahoma, Estados Unidos, y dirige una academia de gimnasia olímpica junto a su marido, el también exgimnasta Bart Conner. Tienen un hijo, Dylan Paul, de diez años. Fue allí, en su vida de hoy, como directora de la academia, esposa, madre y vecina de una ciudad tranquila que encontró, en los pequeños grandes hechos cotidianos, aquella libertad que persiguió toda su vida.

Me encontré con ella en Norman, en la academia, una tarde de calor de mayo de 2012 y conversamos para mi libro Contra viento y marea: historias de conquistas imposibles, que se imprimió al año siguiente en Uruguay. A continuación se reproducen fragmentos del perfil que fue publicado en el libro.

Lo que aprendió de sus padres

La madre de Nadia Comaneci dice que es gracias a que la primera carne que comió su hija fue de pájaro que desde muy chica se pasaba trepada en los árboles. Nació en Onesti, Rumania, un pueblo al pie de los Cárpatos, entre bosques y casas pequeñas. Nadia se subía hasta lo más alto de los árboles frutales de la granja de su abuela y se dejaba caer, balanceándose colgada de una rama a otra. Le gustaba sentir que su cuerpo cortaba el aire: “La libertad de movimiento era embriagadora”, dice en su autobiografía, Letters to a Young Gymnast.

Una mañana de invierno, cuando Nadia tenía seis años y saltaba y corría por el patio de su jardín de infantes, llegó el entrenador de gimnastas Béla Károlyi. Había abierto la Escuela Experimental de Gimnasia de Onesti, financiada por el gobierno del comunista Nicolae Ceaușescu –que recién había asumido como presidente del Consejo de Estado– y buscaba niños para entrenar. Grandote y erguido, los llamó y ellos se acercaron.

–¿Pueden hacer ruedas de carro? –les preguntó.
–¡Sí! ¡Yo puedo! –gritó Nadia, y empezó a abanicar el cielo con los pies.

Fue así como empezó a entrenar con Marta, la mujer de Béla, con otros dos entrenadores que trabajaban con ella y, más adelante, con el propio Béla. El árbol dejó de tener ramas, hojas, pero era igual: el cuerpo cortaba del mismo modo el aire, la sensación era la misma. Nadia entrenaba entre cuatro y seis horas por día, seis días por semana. Había saltos que se practicaban primero en colchoneta, después en una línea pintada, luego en una barra a nivel del piso y después en la barra de equilibrio elevada. Pero, incluso cuando ya saltaba en la barra alta, cada día volvía a hacer todo desde cero, desde la colchoneta otra vez. Tenía una fuerza de voluntad que pocos niños de su edad tenían. Una fuerza con la que no nació, con la que no se nace.

Nadia aprendió algunas cosas viendo lo que pasaba en su casa. Aprendió viendo a su padre, Gheorghe, caminar diecinueve kilómetros por día para ir a su trabajo en el taller mecánico. Aprendió viendo a su madre, Stefania, hacer ella misma lo que no podía comprar. Como su primera malla y zapatos de gimnasia, que su madre cortó y cosió. Desde entonces, cada noche, Nadia se llevó a la cama la malla, la abrazó y se durmió abrazada a ella.

Foto: AFP

¿De dónde viene la determinación que signó su carrera?
Cuando era muy chica, antes de empezar con la gimnasia, veía a mis padres, lo que ellos hacían… Estaba muy motivada por mi padre, por lo muy comprometido que estaba con su trabajo. Él me decía que es importante trabajar duro en lo que sea que hagas para llegar lejos. Esas fueron las raíces que aprendí.

Quienes la conocen dicen que le pedían diez repeticiones y usted hacía doce…
El éxito en deporte es la repetición. Tienes que hacerlo muchas, muchas, muchas veces. Pero antes de la repetición tienes que tener amor, y querer realmente hacer lo que vas a hacer. Después, entonces, sí la repetición. Porque para hacer esto tienes que tener pasión.

¿Cómo era su carácter entonces?
Yo era una terca. Siempre me volvía loca conmigo misma cuando hacía algo mal. Me alteraba probablemente más yo que Béla. Se trata más bien de desafiarte a ti mismo. Te dicen: “Apuesto a que no puedes hacer diez de estos”, y yo digo: “Apuesto a que puedo hacer quince”. Siempre fue intentar descubrirme a mí misma. Conocer cuáles son mis límites. Fue una competición conmigo misma, más que con los demás.

¿Por qué una competición con usted misma?
A mí también me gustaría saberlo. [Ríe.] No sé. Es una satisfacción llegar hasta ahí. Porque es algo en lo que tienes que trabajar, no es algo con lo que naciste. La gente hermosa nace hermosa. La gente de familia rica nace rica. Pero si mi madre era una campeona olímpica, no por eso yo seré campeona olímpica. Tengo que trabajar para conseguirlo. Y la idea del trabajo es estimulante. Tienes respeto por ello.

El entrenamiento

De los primeros años de entrenamiento de Nadia se dijo que Béla Károlyi usaba la violencia psicológica, que ella sufría por lo poco que la dejaban comer, que perdió su infancia, el tener amigos. Que era perfecta, sí, pero perfecta y triste: un robot. En una escena de la película sobre su vida Nadia (1984, dirigida por Alan Cook), después de perder su primer campeonato nacional el entrenador le dice que tiene que renunciar y volver a su patio de escuela a jugar.

¿Esa escena de la película es real, sucedió de verdad?
Hollywood… [dice ahora Nadia sobre todo eso, y ríe, como si esa sola palabra bastara para explicarlo]. No sé si eso pasó o no. No me acuerdo [y sonríe, sin darle más importancia].

Foto: AFP

Se habló mucho de la presión psicológica que ejercía Béla sobre sus alumnos. Hubo incluso gimnastas que entrenaron con él que…
…Que se quejaron. Sí, lo sé [interrumpe, y no deja concluir el “que lo acusaron de abofetearlas y golpearlas cuando eran niñas”]. Yo no puedo hablar por otros gimnastas. Béla era muy estricto y exigente, pero no abusivo. Siempre dice que él no sabía cuáles eran mis límites, que no sabía cuánto era capaz de hacer yo, que me entrenó por muchos años y nunca supo hasta dónde podía llegar. Para mí había una gran combinación, 50 y 50: la manera en la que él entrenaba y la manera en la que él exigía. Inspiraba el éxito. A algunos no les gustaba. Yo nunca me quejé porque yo era la clase de persona que decía: “Oh, yo puedo hacer esto, yo puedo hacer más de lo que me estás exigiendo hacer”. Pero no todos somos iguales. Siempre va a haber alguien que se queje. Y pueden hacer lo que quieran. A mí no me interesa.

¿Qué hizo en aquel tiempo que hoy no haría?
No sé si hubo algo que fue tan duro que no lo haría ahora. No sé, tengo que pensar… [Habla con naturalidad y simpleza, como el jogging negro que lleva puesto; recostada en una silla y con dos cruces de oro que le cuelgan del cuello]. Mmm… Haría todo si tuviera quince años otra vez. Creo que no hay nada desproporcionado como para decir: “No volvería nunca a hacer esto”. Cuando la gente me preguntaba: “¿No extrañas ser una niña normal?”, yo decía: “Normal es aburrido”.

El 10 perfecto

Sonó el teléfono en la oficina del Comité Olímpico Internacional, tiempo antes de los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976. Llamaban desde Swiss Timing, la compañía suiza que se encargaba de hacer los marcadores de las competencias, recordaba Daniel Baumat, en representación de Swiss Timing, en una entrevista con The Guardian antes de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Tenían una duda sobre los tableros para la gimnasia olímpica: ¿Tenían que hacerlos de tres dígitos (un entero y dos decimales) como hasta ahora, o los hacían de cuatro? ¿Era posible que alguien sacara 10,00? Del Comité respondieron:

–No, un diez no es posible.

Poco tiempo después, Nadia subía a la tarima de competición. Era el 18 de julio de 1976, el segundo día de los Olímpicos de Montreal, e iba a iniciar su rutina en barras asimétricas. Nada sabía ella de las empresas que construían los tableros de marcadores, ni de cuántos ojos la miraban. Nada sabía ella todavía de tantas cosas, porque tenía catorce años y vivía en un país en el que unos pocos elegían qué sabían los demás. Su mundo era una montaña, un centro de entrenamiento y carreteras que conducían a puntos en el mapa.

Parada en el borde de la colchoneta, con su metro y medio de altura, su cola de caballo y la frente tapada por un flequillo, respiró hondo y miró el piso un segundo, el tiempo necesario para atravesarlo todo: cámaras, caras, la palabra “Rumania” en las pantallas. Miró las barras y otra vez el piso, rápido, tictac, y salió. Despegó como en sus sueños.

Y ahí estaba en las asimétricas; las caderas mínimas que eran péndulo y bisagra. El silencio absoluto en las gradas. Volaba.

Ahí estaba. De rama en rama, y el silencio se quebraba en “¡ahhh!” y en “¡ohhh!” en las gradas.

Diecinueve segundos para siempre.

Y entonces voló. Las piernas atrás, el pecho vertical, las alas desplegadas en lo alto en una salida a la que se le pondría su nombre. Otra vez la colchoneta, otra vez la vuelta a este mundo. Nadia saludó con los brazos en alto y una sonrisa de dientes blancos, sonrisa de niña. Y bajó de la tarima de competición. Se acercó al marcador y, cuando lo vio, su cara se transformó en abreviatura del miedo, mientras desde las gradas bajaba un manto negro de “ooouuuuu”.

–¿Qué es esto? –se preguntó.

El tablero marcaba 1,00.

–Tan mal no lo hice –se dijo–. No me salió como en los entrenamientos, pero tampoco lo hice tan mal. No como para un uno.

Y entonces vio a Béla haciéndole una seña a la distancia: las manos en alto, las palmas adelante. “Espera, espera”.

Y así, desde esa distancia, sola y de pie, niña, asintió. Y vocalizó: Bine, bine (bien, bien) hacia su entrenador.

Foto: AFP

Béla corrió hasta el jurado a protestar. Él lo había visto. Todos lo habían visto. Entonces, ¿qué pasaba? Pero se detuvo antes de llegar porque los altoparlantes gritaron una frase que se calcó como un eco en los años:

–Damas y caballeros, por primera vez en la historia de los Juegos Olímpicos… ¡Un 10 perfecto!

Los tableros no estaban preparados. El público del mundo no estaba preparado. La aplaudieron de pie y ella volvió a subir a la tarima. Levantó los brazos. Entonces pensó que su madre la estaba viendo desde Rumania. Que toda su familia la estaba viendo. Y sonrió. Sonrisa de dientes blancos. Sonrisa de niña.

Nadia, desde muy chica llevaba una libreta en la que cada día escribía lo que debía mejorar. ¿Cuál fue la nota que más se repitió en esa libreta?
“La posición perfecta del cuerpo”.

¿Qué es la perfección?
[Piensa un momento]. Es nunca dejar de intentar ser el mejor. Eso en gimnasia. En la vida es… Es cada vez que te esfuerzas por hacer algo que tú crees que es lo mejor. Eso se llama perfección para mí. [Hace silencio. Un momento. Otro]. No sé si fui perfecta. No quiero ser perfecta. Es mucha presión.

Esa presión

En Montreal obtuvo siete “10 perfectos” y tres medallas de oro. Su belleza se esparció como el polen. En todo el mundo, niñas y adolescentes empezaron a imitarla en veredas, en gimnasios, en sus propios dormitorios. “She’s perfect” publicó en portada la revista Time. Y Newsweek remató: “Ha nacido una estrella”. Se volvió ícono para la gente de su país y el dictador comunista Nicolae Ceaușescu imprimió postales con su cara.

Pero de pronto, en lo más alto de todo, algo se quebró como la rama de un árbol. Ceaușescu la nombró Héroe del Trabajo Socialista y le dio la Medalla de Oro de la Hoz y el Martillo, una medalla por la que nunca había competido. Entonces, su triunfo se volvió su condena.

Tenía catorce años y era un héroe nacional. Héroe de una causa que desconocía. Tenía catorce años cuando los perseguidores de su sueño la alcanzaron. Nadie le explicó lo que estaba pasando: Por qué una dictadura. Por qué era héroe nacional. Por qué los héroes no eran como se suponía que fueran, personas a las que se admiraba y respetaba, sino que eran perseguidos, presionados y vigilados. Y por qué, al mismo tiempo que se los encerraba, se los presionaba para que siguieran abriendo las alas.

Foto: AFP

¿Qué clase de héroes eran los héroes? Tenía catorce años y nadie le explicó. Y al año siguiente se cortó el pelo y le cambió la mirada: dos tajos severos, desconfiados. La Federación Rumana de Gimnasia ordenó la separación de Béla y Nadia. La transfirieron a un centro de entrenamiento de Bucarest, la capital, tres horas al sur en coche desde la granja de su abuela. Fue después del Campeonato Europeo de 1977 en Praga, en el que Nadia obtuvo oro a nivel individual, pero el equipo rumano perdió.

Nadia empezó a crecer y a engordar: su cuerpo se desarrollaba al mismo tiempo que comía cosas que hasta ese momento tenía prohibidas. Aumentó casi nueve kilos. Y cuando logró perder la mitad, la prensa la describió como “terriblemente demacrada”. Periódicos del mundo hablaron de dietas severas y peligrosas, de un intento de suicidio –que ella negó– y de que su carrera estaba terminada cuando se cayó de las barras asimétricas en un campeonato mundial, a pesar de que ganó los campeonatos europeos tres veces consecutivas.

Para los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, los resultados del jurado fueron discusiones, protestas, recálculo de puntuaciones en vivo, marcadores que cambiaban delante de los ojos del espectador y distintas versiones de lo ocurrido. Nadia no obtuvo ningún “10 perfecto” y salió segunda por detrás de la soviética Yelena Davidova. Se lo consideró una derrota, a pesar de las dos medallas de oro y las dos de plata que ganó.

Foto: AFP

 

Un año después de Moscú, en 1981, se retiró de las competencias. Fue luego del Campeonato Mundial Universitario, en el que obtuvo cinco veces el oro. De ahí en más se presentaría solo en amistosos y exhibiciones (y en 1984 también dejaría eso y empezaría a entrenar a jóvenes gimnastas rumanos). En 1981, con diecinueve años, hizo una gira de exhibición por Estados Unidos con Béla y Marta por la que el gobierno de Ceaușescu recibió 250.000 dólares, de los cuales mil fueron a Nadia. Durante la gira, el 30 de marzo, en Nueva York, mientras en Washington disparaban y herían a Ronald Reagan, Nadia entraba a la habitación de hotel de sus exentrenadores y la encontraba vacía.

Se habían ido. Se habían ido durante la noche escapándose de la Securitate –la policía secreta que viajaba con ellos disfrazada de periodistas y acompañantes– y se habían escondido en el apartamento de un amigo neoyorquino para pedir asilo político después. Habían desertado. Habían dejado atrás sus carreras, su país, sus vidas, y también habían dejado atrás a Nadia, que miraba de pie la habitación.

A partir de ese momento, al regresar a Rumania, los controles sobre ella se hicieron mucho más severos. Empezaron a seguirla, a revisar su correspondencia, sus llamadas telefónicas y a prohibirle salir del país. El régimen no podía (no quería) permitirse perderla a ella también. A Nadia, que era símbolo socialista y fuente de ingresos. A Nadia, que en ruso significa “esperanza”.

Sé que no le gusta hablar de esa época…
Y no lo haré. No lo haré.

Bien. Entonces dígame qué aprendió de ese período.
No estaba yo sola en esa situación; había un país entero. Cuando vives en un sistema comunista tienes que ser muy cuidadoso. Se decía en Rumania que no podías confiar ni en tu sombra. Así que tienes que ser muy cuidadoso y tienes una función en el país como todos los demás. Si no te gusta… vete. La habilidad que desarrollé en esa época fue la de sobrevivir de muchas maneras diferentes. Había un aprendizaje para mí, como lo había para cualquier otro.

Fue un período malo...
No es malo. Difícil tal vez, pero no malo. Porque lo malo es malo y punto. En cambio, lo difícil está bien, porque si no vas a lo difícil nunca vas a sentir la diferencia con lo bueno.

Pero vivió cosas difíciles.
¿Sabes? La gente presta atención a mi vida porque soy quien soy, pero yo escuché y leí muchas historias de gente común que ha hecho cosas increíbles y nadie habla de ellos. ¿La gente piensa que lo que yo hice fue duro? No está ni cerca de eso.

Pero fue seguida, controlada…
Sí, fui controlada, seguida, escuchada. Yo y unos pocos más. No era la única. La gente cree que… [Se interrumpe: se dijo que en ese período fue golpeada y maltratada, pero no quiere ni mencionarlo]. No tuve a nadie que me golpeara o abusara de mí. La gente dice a veces que fue por eso por lo que me fui, pero eso no es verdad.

¿No es verdad?
¡Nooo! Nunca fue verdad. Yo no sé por qué la gente hace esto. Yo no voy a volver atrás y decir “esto no fue así”, “esto no fue así” y “esto no fue así”. Nadie me hizo nada físicamente. Punto. Yo no sé qué cocinaron los medios de comunicación, o lo que sea… Me fui porque quería libertad. Estaba siendo seguida, no podía hacer lo que quería hacer, y entonces tuve suficiente y decidí irme [hace una pausa]. No es complicado.

¿Cómo es entonces?
Yo siempre sigo algo que se llama “intuición del momento”. Siempre he pensado que cuando te encuentras frente a una decisión, la primera opción a la que va tu cabeza debería ser la mejor. Porque después dudas de ti mismo y empieza la indecisión. He tenido que tomar decisiones bajo presión, en el momento. No tenía tiempo de pensar mucho. Cuando decidí dejar Rumania tuve el timing, tuve la intuición. Quise hacerlo. No esperé un momento más. Y simplemente lo hice. Eso es todo.

La libertad

Se fue a los veintiocho años, una noche fría de otoño de 1989, semanas después de la caída del Muro de Berlín. Caminó por seis horas en dirección noroeste, con otros cinco desconocidos que se fugaban con ella. Atravesó bosques, lagos semicongelados, el viento, el olor del verde, el frío, el ruido de ramas que se quebraban. Onesti se alejaba. La granja de la abuela se alejaba. Pero no dudó. Y en la mañana del 29 de noviembre llegó a la frontera con Hungría y la atravesó. Del otro lado la esperaba Constantin Panait, un rumano que conocía, que organizó su salida y que la llevó a Austria y, de ahí, a Estados Unidos, donde él vivía. Pediría asilo político. Como en sus sueños, despegó, dejando a sus perseguidores detrás.

Foto: AFP

“He dejado atrás un confortable apartamento, un coche y una seguridad financiera —declaró ese mismo día a la agencia de noticias AFP—, pero no hay nada que valga más que la libertad”.

En Estados Unidos, Panait le prometió que la ayudaría. Se volvió agente, intérprete y decisor. Nadia hizo presentaciones y publicidad para líneas de ropa, vestidos de novia, equipos aeróbicos. Pero, casi sin darse cuenta, el sueño volvió a cambiar. Panait estaba aprovechando su nombre para hacer dinero, las certezas se le desbarataron y decidió irse nuevamente.

Vivió en Canadá un tiempo, con Alexandru Stefu, un entrenador rumano de rugby que conocía, y con su familia, hasta 1991, cuando Stefu murió. Entonces la llamaron de Oklahoma. Bart Conner, un gimnasta estadounidense que había conocido en competencias, campeonatos y presentaciones, la invitaba a unirse a él y a su exentrenador, agente y amigo, Paul Ziert. Bart, ya retirado, tenía una escuela de gimnasia en Norman y podían trabajar juntos. Norman era un lugar tranquilo para vivir.

Son las últimas horas de la tarde. Mientras hablamos, entra Bart, su esposo. Rubio, metro sesenta y ocho, sonríe y saluda. Bart fue campeón norteamericano, campeón olímpico y campeón mundial. Nadia y Bart se miran. Él la saluda: “Hi, mummy”, y la espera a unos metros.

¿Este entorno tranquilo fue importante para empezar otra vez?
Te diré qué es lo importante. Lo importante es la gente que está a tu alrededor. Eso es lo que cuenta. Porque si alrededor tuyo tienes gente que te hace sentir en casa y segura, no importa que estés en medio del bosque. Se trata solo de quiénes están a tu alrededor. Es esa burbuja lo que importa. Siempre tuve esa burbuja de gente linda, mi familia, unos pocos amigos: es por eso por lo que sobreviví.

¿Hubo algún proceso interior en su camino hasta aquí?
Es difícil para cualquiera empezar una vida en un lugar diferente. Para mí fue diez veces más duro porque la gente sabía quién era y juzgaba cada movimiento que hacía. Sentía que tenía que explicarlo todo. Pero después me di cuenta de que esta es mi vida y de que tengo que estar concentrada en lo que hago, en lugar de estar respondiendo todo el tiempo a los demás. Aquí empecé una vida diferente.

Nadia, ¿cómo es usted hoy?
Soy una persona normal. Tal vez en gimnasia hice algo que la gente no se esperaba que hiciera. Pero, por otro lado, hago cosas normales. Me gusta cocinar, hago las compras, hago todo. Juego, río, voy al teatro, lo mismo que cualquier otro. Tal vez cuando voy por la calle la gente susurra mi nombre, pero eso es todo. No hay nada espectacular acerca de mí.

Dijo que siempre funciona con metas: ¿cuál es su meta hoy?
Mi hijo es mi meta. No hay nada más importante que él.

Nadia se va con Bart a buscar a Dylan en el colegio. La miro irse y, viéndola así, pienso que finalmente lo encontró. Después de Rumania, de controles y huidas en la noche, de caídas y desencantos, por fin encontró eso que persiguió toda su vida, esa “sensación de libertad embriagadora” de su infancia. Y pienso también que la encontró en las cosas simples de la vida cotidiana: en caminar por Norman, en recoger a Dylan del colegio, en elegir el silencio, en reír…

Este texto corresponde a un extracto del perfil “Nadia Comaneci: los pies de los Cárpatos”, publicado en el libro Contra viento y marea: historias de conquistas imposibles (Aguilar, 2013).

ANA LAURA LISSARDY
FOTOS: AFP
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 54 - JULIO 2016

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