La Cali de hoy: global y dividida

La Cali de hoy: global y dividida

Hoy, en el cumpleaños de Cali, el catedrático Boris Salzar, reflexiona sobre la ciudad

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25 de julio 2016 , 10:05 a.m.

 Casi nunca las celebraciones centenarias coinciden con eventos o cambios decisivos en la historia humana. Hablar pues de los 500 años de Cali puede resultar inútil: quizás 2036 sea un año tan anodino como cualquier otro. Es mejor hablar de la Cali de hoy y de lo que está cambiando muy rápido en una ciudad del interior que es la capital del Pacífico colombiano.

De la ciudad compacta de los años 1960, que integraba al viejo centro colonial con las urbanizaciones que se extendían hacia el sur, los barrios ricos del norte y los barrios obreros que ocupaban el oriente, y era atravesada por un río como dijo el poeta, ya no quedan ni el sueño ni el río ni el recuerdo.

Hoy es una región urbana con más de dos y medio millones de habitantes, que absorbe buena parte de la migración y el destierro del Pacífico y del Sur colombianos, sin centro porque tiene muchos centros, inmersa en el mundo global, no sólo a través de flujos financieros, sino de los flujos humanos que llegan todos los días a la ciudad buscando brisa, música, baile y cuerpos en acción.

Los jóvenes, y no tan jóvenes, europeos, norteamericanos y orientales que llegan a la ciudad no buscan ni museos ni historia, sólo un presente en el que pueda pasar cualquier cosa, tal como ocurría con los extranjeros que llegaban de paso a Fez o a Casablanca, a mediados del siglo pasado, y se quedaban allí para siempre, olvidados de la historia y sus avatares.

Al calor de la globalización, de las migraciones y el destierro, la cultura mestiza, imitadora de la cultura estadounidense del siglo pasado, fue sustituida por una cultura integrada alrededor de lo afro y caribeño. El evento masivo más importante de la ciudad ya no es la Feria de Cali sino el Festival Petronio Álvarez, que convoca centenas de miles de personas alrededor de unas músicas que hace unos treinta años no tenían ninguna influencia sobre la ciudad. La integración con la salsa de larga tradición local ha producido una mezcla potente y avasalladora que toma forma física en el baile que atraviesa la ciudad entera. Buscándolo, y siguiendo las pistas del voz a voz global, llegan gentes de todo el mundo.

Lo paradójico es que los jóvenes que llegan de fuera encuentran paz, sosiego y emoción en la misma ciudad en la que todos los años son asesinados, en promedio, medio millar de jóvenes, habitantes en su vasta mayoría de las comunas más pobres y excluidas de la ciudad.

Ellos, al igual al más de millón de personas que viven en el oriente y la ladera de la ciudad, no pertenecen a la misma ciudad global que crece a su lado, de la que están separados por una muralla de insuficiente conectividad social, mal transporte público, ausencia de oportunidades y exclusión pura y simple. Hacia el futuro, gobernantes, comunidades y elites tendrán que inventar algo para integrar a las dos ciudades que hoy mal conviven en la región urbana que Cali ha llegado a ser.

Hasta ahora ni el paternalismo de las elites ni el clientelismo populista ni la represión abierta han logrado disminuir la brecha que separa a las dos ciudades. El alcalde actual confía en que el emprendimiento y la creación de empleos en el oriente y en la ladera podrían cambiar el panorama. Si lo intenta hacer con los emprendimientos tradicionales no pasará nada. Tendría que aventurarse por la ruta inédita del cambio tecnológico y la innovación ligadas a la cultura en un mundo global.

Lo que implicaría realizar la mayor inversión educativa de la historia en los menos favorecidos. Algo imposible de realizar mientras las redes de corrupción que dominan al sector educativo público mantengan su imperio, y mientras las elites locales y el estado central sigan pensando en la educación con la misma tacañería y torpeza con la que siempre han manejado lo público.

De hecho, hoy mismo el nivel de los salarios y la probabilidad de conseguir empleo de los trabajadores ha comenzado a depender de su calificación y educación formal y continua. Mientras una fracción muy grande de nuestros jóvenes sólo tenga acceso a una educación limitada y de mala calidad, el trabajo informal, el crimen y la pobreza absoluta seguirán siendo las opciones predominantes.

El mal diseño financiero del sistema de transporte público MIO ha desencadenado un caótico proceso de privatización generalizada del transporte y la movilidad, con cientos de miles de automóviles y motocicletas y miles de moto-taxis y taxis piratas disputándose las calles, convirtiendo a Cali en el mejor ejemplo de lo que no debe ser la movilidad de una ciudad de su tamaño. Las nubes de motociclistas que aparecen en todas partes y no respetan las normas mínimas de tránsito han cambiado el paisaje urbano de la ciudad, haciéndola similar –guardadas las proporciones— a ciudades como Karachi, en Pakistán.

La solución es obvia: diseñar un sistema de transporte de masivo multimodal, que integre al MIO como uno de sus elementos. Hacerlo implicaría una inversión económica y una decisión política que no parecen claras en este momento.
Al mismo tiempo, el potencial más grande de crecimiento y transformación de la ciudad están el oriente y en la ladera. Si la ciudad y sus líderes logran movilizar la creatividad, la capacidad de trabajo y la diversidad contenida en sus comunas, integrándolas al conjunto de la ciudad, Cali podría tener un futuro como ciudad global. No basta con hacer grandes obras públicas. Hay que transformar el diseño de conjunto de la ciudad, integrando sus partes fundamentales, pensándola a partir de las señales y pistas que la ella misma nos da en su devenir espontáneo.

Hasta ahora el destino de la ciudad ha estado en manos de los grandes terratenientes urbanos, el gran capital urbanizador y los capitales del narcotráfico. Es hora de que regrese a manos de quienes viven en ella.

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