Con M de máquina

Con M de máquina

Hoy, casi nadie critica los engaños que hace el teleprompter a la llamada opinión pública.

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24 de julio 2016 , 08:50 p.m.

El discurso de Melania Trump, durante la reciente convención republicana en Estados Unidos, puso en evidencia por lo menos tres mentiras: primera, la del plagio, que pretendió presentar como propios dos fragmentos de un discurso ajeno, el de Michelle Obama en el 2008; segunda, una más común, la del teleprompter, que nos da la impresión de que el orador está improvisando y no leyendo; y tercera, una mentira legendaria, esa que oculta al libretista, autor original del discurso. Estas dos últimas mentiras son históricas y parecen aceptadas por las sociedades que deberían criticarlas.

La existencia del libretista o guionista, esencial en la construcción de ficción (teatral, televisiva y cinematográfica), ha sido trasladada, en casos como el de la mujer de Trump, a un discurso de la vida real, donde solo debería reinar la verdad. Por el contrario, hoy se considera normal que el orador parezca dueño de unas frases que no son suyas, sino de los libretistas o los equipos creativos, en los que pudo también participar o no el mismo orador, que luego lo interpretará.

Antes de su presentación, Melania Trump dijo haber escrito su discurso “con la menor ayuda posible”. Luego, un vocero de la campaña admitió que ella lo había preparado con un grupo de redactores, acudiendo así al argumento de otra mentira aceptada por la opinión pública: el libretista, que reinaba apenas en la ficción, actúa también con propiedad en la realidad, así como el orador es aceptado ahora como actor, intérprete de un discurso que, más allá de pertenecer al libretista, puede resultar de una mezcla de ideas y frases antiguas, contemporáneas, ajenas o propias para convencer con mayor eficacia a su audiencia.

Aceptado el discurso del libretista de ficción como texto de la realidad, se acoge también, en esa misma lógica, al teleprompter, como una tecnología que fortalece y garantiza la verosimilitud de cada interpretación de mensajes presentados oralmente como verdaderos, como si el discurso que la máquina transmite fuera siempre el resultado improvisado de la memoria, el talento y el estilo de quien habla.

Lo dice Rodrigo Borja en su Enciclopedia de la política: “Como todos los inventos de la revolución electrónica, el teleprompter está hecho para suplir las deficiencias intelectuales del ser humano. Torna inteligente al político, culto al iletrado, locuaz al que tiene dificultades de expresión, y al olvidadizo le da una memoria prodigiosa”.

Hoy, casi nadie critica los engaños que hace el teleprompter a la llamada opinión pública. Ni siquiera la opinión pública. Por el contrario, prosperan los cursos que se dictan a los poderosos sobre la manipulación “correcta” del aparato.

Con o sin teleprompter, cuando en la realidad, no en la ficción, una persona presenta como suyo el discurso de un libretista comete plagio, aunque haya sido acordado y pagado por él. Solo que ese plagio ha sido aceptado como normal por todas las partes, incluyendo las más damnificadas, unas audiencias que deberían exigir tan solo la verdad.

No entiende uno en cambio por qué estas audiencias aplauden casi siempre estos plagios como verdaderos. ¿Por las “bondades” de un discurso, así no sepan a quién pertenece? ¿Por las dotes histriónicas del orador? ¿Porque aplaudir o abuchear es casi lo único que pueden hacer? ¿Porque son conscientes de que se trata de un servicio pagado a un libretista, por lo tanto acordado y legitimado? ¿Porque ese discurso les dice lo que quieren oír? ¿Porque hay que adaptarse, aceptar y resignarse a la mentira para sobrevivir? ¿Por todo eso a la vez? Averígüelo, Vargas, no sé, con semiología o con sicoanálisis, jamás con una encuesta.

HERIBERTO FIORILLO

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