Editorial: La clase de Nairo Quintana

Editorial: La clase de Nairo Quintana

Llegar a la cima en su deporte, además de talento, dedicación y suerte, requiere mucha paciencia.

24 de julio 2016 , 08:43 p.m.

Fue al terminar la etapa 19 del Tour de Francia. Pero en Suiza, en el icónico Mont Blanc. Exhausto, demacrado, con el tanque de las energías vacío por el esfuerzo, sí, pero sobre todo por el consumo adicional que tiene lugar cuando una anomalía se instala en el organismo de un atleta de alto rendimiento, Nairo Quintana aseguró que tuvo que apelar a la clase no solo para preservar su ubicación privilegiada en la clasificación general del Tour de Francia, sino, incluso, para no desfallecer y abandonar.

Mermado, apaleado por, al parecer, una alergia que cortó el adecuado suministro de oxígeno a sus piernas, así se las arregló para subir ayer, en París, al podio de la más importante carrera por etapas del planeta. Un logro que, visto a través del lente de las circunstancias que vivió el pedalista de Cómbita la última semana, es hazaña; y su protagonista, un titán. Como también lo fueron los demás colombianos que se destacaron en la carrera, en particular Járlinson Pantano.

Clase tuvo también Quintana para ignorar a aquellos que, desde la cresta de la ola del fanatismo ciego, midieron su desempeño con el dudoso rasero de sus propias expectativas. El injusto y demoledor dictamen fue ampliamente difundido gracias a lo proclives que son las redes sociales a ser caja de resonancia de la insensatez, a veces aun haciendo ver lo que en realidad es el desvarío de unos pocos como el punto de vista de un sector mayoritario.

Este Tour no dejó el título con el que la afición soñó. Dejó, a cambio, una necesaria lección sobre la importancia de moderar los anhelos al tenor del respeto por la dureza de la prueba y el talento de los rivales.

Pero esta enseñanza, que no es la primera vez que a Colombia se le imparte, es para los demás. Quintana demostró desde el primer día tenerla clara. Así como tiene claro también que llegar a la cima en su deporte, además de talento, dedicación y suerte, requiere mucha paciencia. La misma que, entre la afición, hay que poner a salvo de las arremetidas de la ansiedad colectiva que acecha cada vez que la gloria se deja oler.

EDITORIAL

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