Tras el golpe, dudoso futuro de la Turquía democrática

Tras el golpe, dudoso futuro de la Turquía democrática

El gobierno de Erdogan ha tomado medidas represivas e ignorado criticas internacionales.

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24 de julio 2016 , 08:36 p.m.

En la madrugada del 15 de julio, Turquía cambió para siempre. El golpe de Estado fallido que realizó una parte de sus Fuerzas Armadas, conocido, según varios informes, por el Gobierno horas antes de que se desatara, abre la puerta a que el presidente Recep Tayyip Erdogan avance en su intención de convertir la democrática república laica en un régimen autoritario basado en una ideología islamo-nacionalista con tintes populistas.

El Gobierno turco reaccionó como una apisonadora en los días posteriores al golpe. Descabezó la cúpula de las Fuerzas Armadas deteniendo a un tercio de los generales y almirantes, envió a la calle a más de 50.000 empleados públicos y atacó a todos los sectores a los que considera que simpatizaban con el golpe: empleados de administración, la cúpula de las universidades, miles de policías y soldados, casi 3.000 jueces y fiscales. La purga se extiende a los medios de comunicación, con cierres y censura. (Lea también: Cinco preguntas para tratar de entender el Golpe de Estado en Turquía)

La condena internacional al golpe giró en pocos días a condenas contra esa masiva purga. Pero Erdogan no parece frenar: decretó el estado de emergencia, suspendió la aplicación de la Convención Europea de Derechos Fundamentales y anunció que probablemente reintroducirá la pena de muerte. La justicia contra los culpables del golpe parece tornar rápidamente en una venganza contra todo aquel que no sea un fiel seguidor del régimen.

El estado de emergencia y las purgas son la herramienta de Erdogan para eliminar de raíz la influencia de los gülenistas, los seguidos del clérigo musulmán Fethullah Gülen, exiliado desde finales de los años 90 en Estados Unidos, a quien culpa del golpe. O, en palabras del presidente turco: “Erradicar rápidamente a todos los miembros de la organización terrorista implicados” en el golpe. (Además: Turquía, un país marcado por los golpes de Estado)

“Era casi elegir entre la peste y el cólera”, contaba a EL TIEMPO en una cafetería de la comercial calle Istiklal un periodista de la versión turca de CNN. “Pero no tuvimos ninguna duda. Somos muy críticos con este Gobierno, pero lo eligió el pueblo y teníamos que condenar el golpe”, dice.

“El Gobierno va a ir por cualquier voz disidente, pero no me arrepiento de haberlo defendido el viernes”, agrega. Este periodista solo acepta hablar bajo anonimato porque lleva días recibiendo amenazas de muerte, a través de sus perfiles en las redes sociales y también en su celular. (También: Erdogan prometió 'erradicar el virus' de las instituciones turcas)

¿Deriva dictatorial?

Erdogan parece querer aprovechar el fallido golpe para cambiar radicalmente las instituciones turcas.
El escritor y politólogo turco Cengiz Aktar, profesor en Estambul y París y autor de varias obras sobre las relaciones de Turquía con Europa, explica a este diario que el golpe va a reforzar a Erdogan, “que intentará ahora conseguir lo que se le negaba porque su victoria electoral de noviembre no fue suficiente para dar estabilidad al país, envuelto en su guerra con los kurdos, la guerra civil siria, su ambigua relación con el islam radical –incluyendo al Estado Islámico–, y un aislamiento cada vez mayor en el mundo y en la región, así como relaciones cada vez más tensas con sus aliados occidentales”.

Este analista considera que la dictadura es un riesgo real. “Después del golpe fallido, Turquía ya no será democrática. La balanza política turca no se mueve desde hace tiempo entre democracia y dictadura, sino entre dos formas dictatoriales. El régimen se siente ahora reforzado para imponer constitucionalmente un sistema presidencialista fuerte a la rusa sin frenos ni contrapoderes. Y eso se lo ofrecieron los militares golpistas, independiente de sus motivaciones iniciales y sus intenciones finales”.

Más control

Las Fuerzas Armadas salen muy mal paradas del fallido intento de golpe, por las purgas y por la pérdida de credibilidad ante la población, lo que reforzará aún más el poder de Erdogan.

Aktar explica que “Turquía no ha ‘desmilitarizado’ su sistema político para poner a la institución militar al servicio del Estado. Cuando llegó al poder, el AKP –el partido de Erdogan– utilizó hábilmente las precondiciones de la Unión Europea para limitar sustancialmente el peso político de los militares, ‘civilizar’ las instancias militares, pero nunca se atacó a su autonomía jurídica y financiera. Los militares no dan explicaciones de sus gastos, pero el régimen les permitió sus privilegios a cambio de su lealtad. Además, el AKP pudo poner en marcha un complejo militar-industrial en el que empresarios afines y militares trabajan juntos. Y el poder consiguió ‘islamizar’ a una gran parte de la escala de suboficiales. Quedan como oposición en las Fuerzas Armadas los gülenistas y los kemalistas, que ahora son el objetivo”.

Efectos internacionales

La geografía condena a Turquía a ser una pieza clave de estabilidad y seguridad de Oriente Próximo y Europa.
Miembro de la Otán, aspirante eterna a ingresar en la Unión Europea (UE), lo que pasa en Turquía inquieta a las cancillerías europeas –es su tapón para evitar la llegada masiva de refugiados–, pero también a Washington y Moscú.

Miran atentos el norte de África, Israel y Oriente Próximo. Su papel es clave en la guerra siria y debería serlo algún día en su solución.

Turquía quiso aprovechar la guerra siria para hacer caer al presidente sirio, Bashar al Asad, y a la vez golpear a los kurdos. Para eso apoyó a grupos islamistas. Pero alimentar a la bestia no le sirvió para evitar atentados en su suelo y Al Asad parece agarrado al sillón.

Las relaciones con Israel sí han mejorado en los últimos meses, pero todavía no con Egipto.

Washington también vigila porque Turquía es básica en su política para Medio Oriente, a pesar de que Erdogan acusa a Obama de financiar y armar a los kurdos y de que el secretario de Estado de EE. UU., John Kerry, recordara a Erdogan que en la Otán no caben dictaduras. (Lea también: Washington prohíbe vuelos desde Turquía a EE. UU.)

La deriva autoritaria turca no debería encontrar demasiadas críticas en Moscú. Tras derribar en noviembre del año pasado un cazabombardero ruso, Turquía ha hecho todo lo posible para restablecer las relaciones.

El golpe fallido podría mejorar la relación porque Erdogan podría intentar que el presidente ruso, Vladimir Putin, sea un apoyo externo sustitutivo del europeo y estadounidense.

Europa no sabe a qué palo agarrarse. La deriva autoritaria, la represión y las medidas que pueden tomarse tras declarar el estado de emergencia tensarán la relación, pero por ahora no ha habido críticas rotundas. Nadie en las principales cancillerías europeas ni en Bruselas quiere molestar demasiado a Erdogan.

El presidente turco tiene un botón que es una bomba nuclear política contra los europeos: si abre sus fronteras al paso de los refugiados los europeos verán la llegada de millones de desesperados.

Eduard Soler, analista del centro de estudios internacionales Cidob de Barcelona y especialista en relaciones UE-Turquía, explica que “hay elementos estructurales como las relaciones comerciales o el asunto de los refugiados que pueden actuar como un colchón que amortigüe el efecto de decisiones y acciones polémicas”.

Este analista considera que lo “más delicado es todo lo relativo al Estado de derecho, la separación de poderes, a cuán justos pueden ser los procesos”.

En manos de Erdogan

Erdogan pretende que el país abandone su ideología laica y republicana, el kemalismo, que heredó del fundador de la Turquía moderna, Mustafá Kemal Ataturk.

Para eso cuenta con la base de poder islamo-conservadora del AKP –que ha ganado elección tras elección desde 2002–, pero también con ultranacionalistas y con grupos salafistas que ven con buenos ojos que Turquía –como denunció el intervenido diario Zaman– arme al Estado Islámico como fuerza de choque contra el régimen sirio.

Un corresponsal extranjero en Estambul recordaba en un detallado perfil de Erdogan unas palabras del presidente turco pronunciadas en 1996: “La democracia es como un tranvía, cuando llegas a tu parada, te bajas”.

La islamización del país ya empezó. Esta semana, por primera vez en décadas, se llamó a la oración desde los minaretes de la deslumbrante Santa Sofía, una basílica-mezquita ortodoxa-musulmana convertida en museo.

El AKP fomenta que en las plazas se grite “Allahou Akbar” (Dios es grande) y ya se reportaron ataques contra las minorías, principalmente la aleví, una rama moderada del chiismo.

Y en las concentraciones pro-Erdogan de los últimos días se ve a la clase social que lo mantiene en el poder desde hace años –trabajadores poco cualificados, clase media emergente, islamistas conservadores– pero también a grupos ultranacionalistas.

IDAFE MARTÍN PÉREZ

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