Una ciudad mutante y pluricultural

Una ciudad mutante y pluricultural

La revolución silenciosa, urbana y popular, explotó con parques llenos de bailarines y deportistas

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24 de julio 2016 , 06:31 p.m.

Es sorprendente reconocer lo mutante que es Cali, a pesar de ser tropical mestizo-mulata. En esa primer década estaba muy distante de que sus seres fueran libres, extrovertidos y arriesgados, todo servido a la apariencia. La rumba perdía su fuerza, las mujeres ya no soltaban su pelo para ponerlo a volar, esa extraña mezcla de elegancia y locura que tanto enmudecía al mundo escaseaba con la llegada de otra moda, a veces una que otra lesbiana libertaria movía sus pelos, mientras se retorcía o una negra con sus movimientos sensuales, pero en proceso de recatamiento.

La desesperanza posmoderna adormecía hasta los pies; se inició en la mente y ya se iba apoderando del cuerpo, ¿peor no podía ser? La rumba parsimonia, la rumba individual con pasos repetitivos, aquí allá, que tin que tan.

Por esos años esta extrovertida mujer-urbe tenía sus valles y picos de exigencia intelectual y sobre todo corporal, como todas las ciudades. La diferencia es que el cuerpo siempre ha sido la estética sobresaliente de sus habitantes, sobre todo en materia individual hasta aquel evento que conquistó todas las capas sociales: La revolución silenciosa, la urbana y popular.

Explotó desde que los parques se empezaron a llenar de gente bailando salsa velozmente todas las noches, desde que los cerros tutelares y los ecoparques de la zona rural se cargaron de deportistas que salían trotando desde sus casas y llegaban a hacer yoga y regar las áreas reforestadas.

Desde que los jóvenes de la periferia urbana empezaron a llenar las plazoletas de las estaciones del masivo y se volvieron parte del nuevo relato de los barrios de las 22 comunas, de negros que habiendo nacido junto al río se movían como un pescao con sus rimas, de indios que soplaban como los vientos que los habían levantado en los miradores que se construyeron en todos los barrios de ladera para rescatar la altura a la que estaban destinados y para observar el horizonte por el que luchaban.

Las plazas centrales que nacieron desde los núcleos populares se convirtieron en los escenarios donde se recitaba poesía, pero también se hacía bradance y se hacía parkour por los muros públicos que estaban grafiteados por artistas locales, de las casas salían marimbas y claves. El mito de una ciudad para sus habitantes, una ciudad calle, una ciudad río, rodeada de bosques, una ciudad región que se recorría en tren de cercanías, viajó con las aves estacionarias diciendo; allí hay roce, hay conflicto, y con eso se crea.

El encuentro en el espacio público con los negros, los raros, los feos, los que llegaron de la guerra sin saber decir, ni saber ser ha sido el conflicto ideal para que esta exótica ciudad en la explosión de todas sus realidades creara. A partir de ahí la empezaron a llamar la capital pluricultural de América Latina, la mutante, y sobre todo el tejido de los del sur. 

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