Los piques de la muerte

Los piques de la muerte

Los piques ilegales han convertido a las avenidas de Bogotá en un riesgo para todos.

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23 de julio 2016 , 07:21 p.m.

Las intimidades de los piques ilegales en la ciudad, esto es, las competencias clandestinas que se llevan a cabo en avenidas principales, a altas horas de la noche o la madrugada, son poco conocidas. Se sabe que son convocadas por combos de muchachos a través de las redes sociales, con claves que solo ellos entienden y apoyados en las nuevas tecnologías, que, entre otras cosas, advierten de la presencia de las autoridades.

La avenida Ciudad de Cali, la Suba, la Boyacá, la autopista Norte figuran entre los escenarios más apetecidos por estos amigos del vértigo, la velocidad, la adrenalina y la irresponsabilidad. Sí, hay que decirlo sin ambages: los piques son una expresión de irresponsabilidad y peligro, tanto para quienes los practican como para peatones y otros conductores que se ven sorprendidos por vehículos o motocicletas adaptadas para la ejecución de tales peripecias.

Irónicamente, lo poco que se sabe de esta actividad ha corrido por cuenta de quienes han sido sus víctimas. Y aunque las revelaciones no sorprenden por cuanto ya se sospechaba que tales competencias suelen estar acompañadas de licor, rumba, apuestas y drogas, duele confirmar que en ellas se ven involucrados jóvenes que apenas inician el trasegar de sus vidas.

El último relato en ese sentido, aparecido en estas mismas páginas recientemente, causa dolor. Se trata de Miguel Ángel Ríos, 21 años. En su habitación, auscultado por un oso de peluche, el joven relató cómo en un pique en motocicleta perdió el control del aparato, salió volando por el aire y fue a dar contra la única piedra que había sobre el separador de la carrera 30.

Miguel Ángel tenía sueños. Era feliz. Gozaba de un empleo. Quería seguir estudiando. Pero la fiebre por las motos, la velocidad y la irresponsabilidad propia de los jóvenes le pasaron una dura cuenta de cobro: una invalidez prematura. Una dependencia absoluta. Y obligado a rehacer su vida al amparo de las nuevas circunstancias.

Se requiere valor para reconocer los errores, y eso fue lo que hizo Miguel Ángel. En una especie de reconvención consigo mismo, el muchacho contó que en los piques ilegales se desafía a la Policía, se memorizan retenes, se zigzaguea entre vehículos, se acelera de 20 a 40 en cuestión de segundos, se cazan apuestas y... se les miente a los padres. “A esa edad uno cree que se las sabe todas”, reconoce.

Lo que conmueve de historias como estas es que hay muchas más, camufladas en la ciudad, en la intimidad de una familia que hoy vive el drama de tener un hijo en condiciones lamentables por culpa de prácticas como los piques. O, peor aún, que no vivieron para contar su propio drama.

Las autoridades parecen haber perdido la batalla, mientras los vecinos que deben padecer las carreras clandestinas ya se resignaron a no reclamar más ante la falta de resultados, pese a que este año se han impuesto 340 comparendos y se han inmovilizado más de 200 vehículos.

Pero a juzgar por testimonios como el de Miguel Ángel o las denuncias que se conocen por prácticas similares en Cali, Medellín o Tunja, el fenómeno no desaparece. Y las autoridades se ven cada vez más maniatadas a la hora de controlar o prevenir el accionar de esta turba de conductores insensatos.

Se dirá que el de los piques es uno de esos fenómenos urbanos inherentes al devenir de las ciudades, casi que connatural a su propia evolución, así como la prostitución, las fiestas clandestinas o las llamadas zonas bizarras en donde tienen lugar prácticas innombrables y a las que solo acceden aquellos que saben a lo que van.

Y resulta más difícil combatirlas cuando, por las mismas razones, los piques ilegales se convierten en ícono de una nueva cultura del entretenimiento. Series de televisión, películas y hasta documentales elaborados por prestigiosos canales internacionales han convertido las carreras ilegales en realities que cautivan audiencias y mueven millones.

Da grima que quienes promueven carreras de este tipo prácticamente se apoderan por instantes de un pedazo de ciudad. Son ellos quienes cierran calles, impiden la movilidad, montan retenes de vigilancia y ponen en marcha elaboradas estrategias para proteger a compinches que no tienen sus papeles en regla. “Todos se creían los reyes de las vías”, recordó Miguel Ángel.

Es probable que estas líneas no conmuevan a quienes suelen batirse en estos duelos en los que la vida puede llegar a ser el precio máximo a pagar. Una manifestación más de esa vocación suicida que pareciera apoderarse de las personas en los escenarios más inesperados y a través de conductas inconcebibles, como los colados de TransMilenio o los que prefieren hacerle el quite al puente peatonal.

También es probable que quienes defienden este tipo de manifestaciones apelen a las mismas disculpas a las que apeló Miguel Ángel antes de aquel fatídico primero de febrero: “A esa edad uno cree que se las sabe todas”, repite,

Y no sucederá nada. “Si le pasó fue por huevón”, me parece estar oyendo que repite el irresponsable que se prepara para una competencia más, para sentir otra vez la adrenalina, el ímpetu, el deseo de quebrantar la ley, de retar a la autoridad, de sentirse, aunque sea por unos cuantos segundos, el mandamás de las calles.

A quienes están pensando así solo quiero invitarlos a que recuerden a la madre de Miguel Ángel, la mujer que tuvo que notificarle a su hijo que, a los 21 años, su vida no volvería a ser la misma. Fue ella la última en enterarse de las andanzas de su vástago y la primera en contemplarlo en el hospital, preguntándose una y otra vez a qué horas la vida los había puesto en semejante situación.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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