Todos mienten

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Se puede dar una paradoja: que Uribe, al irse por el no, le salve el plebiscito a Santos

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23 de julio 2016 , 06:44 p.m.

Todavía no existe un texto definitivo de los acuerdos entre el Gobierno y las Farc, que es justamente el tema sobre el que deben pronunciarse los colombianos en un plebiscito que aún no tiene fecha, pero la campaña por el sí y por el no ya comenzó. Poco importa cómo termine la negociación de ciertas costuras delicadas en la mesa de La Habana: al fin y al cabo, los bandos en contienda están dedicados a mentir y, en esa medida, lo que digan los acuerdos casi carece de trascendencia.

Miente el Gobierno cuando da por hecho que la firma de los acuerdos marcará el fin de la violencia, al predecir el presidente Juan Manuel Santos que el 20 de julio del año entrante será el primero en décadas que celebremos en paz. A quién engañan: con cerca de 100.000 hectáreas de coca sembradas en media docena de departamentos, el fin de la violencia está lejísimos.

Las utilidades que de ello obtendrán las bandas criminales existentes, las que surgirán de aquellos frentes de las Farc que no abandonen el narcotráfico y el Eln reverdecido, que controla el mar de coca del Catatumbo, les servirán para reclutar más tropa, comprar más armas y sembrar mucho más terror en esas zonas. Claro que la desmovilización de buena parte de las Farc es importante, pero no significa la paz.

Pero también miente la oposición uribista cuando asegura que Colombia ya cayó presa del comunismo y que estamos peor que Venezuela. ¿Acaso no vieron el paso de decenas de miles de vecinos hacia Cúcuta en busca de comida para comprar porque en su país no hay? Semejante desatino desafía la credibilidad de los electores, y el expresidente y su equipo deberían tenerlo en cuenta.

Los uribistas ponen las consecuencias del paro camionero –escasez de ciertos víveres en varias regiones– como ejemplo de que llegó el castrochavismo. Eso implica desconocer un hecho fundamental: uno de los motivos centrales de la protesta camionera era que el Gobierno, en cumplimiento de acuerdos comerciales internacionales que fueron firmados unos por Uribe y otros por Santos, se opuso a la tabla de fletes para que haya más competencia en el transporte de carga. Se trata de una medida de corte neoliberal, que es todo lo contrario del comunismo.

Mientras anuncia el inminente advenimiento de la paz, Santos llama a la unidad y hace gestos que apuntan a tenderle la mano al uribismo. La hipocresía de ello se mide en que, al mismo tiempo, su hijo Martín Santos –que ya hace carrera de delfín– insulta a Uribe tuit tras tuit, mientras el expresidente César Gaviria –nombrado por Santos como coordinador de la campaña por el sí– acusa al exmandatario de fascista y lo vincula con masacres. Bonita manera de tenderle la mano.

Gaviria busca provocarlo. Está convencido de que la batalla del plebiscito necesita que Uribe se juegue por el no de modo frontal porque, de lo contrario, la campaña será tan lánguida que correrá el riesgo de terminar en una baja votación en la que el sí ni siquiera consiga el vergonzoso umbral del 13 por ciento del censo electoral que el Congreso le puso y la Corte Constitucional avaló, en una muestra notable de pobreza democrática.

Y es casi seguro que Uribe se dejará provocar. Cuando un líder asume posturas radicales de manera constante, es inevitable que termine atrapado en ellas y que, aun en momentos en que quiera acudir a la moderación, no tenga cómo sin arriesgarse a lucir reblandecido. Si Uribe le camina al no, le subirá la temperatura a la campaña y eso quizás, por reacción de los antiuribistas, movilice por el sí a tantos votantes como necesita el Gobierno: 4,5 millones.

Se daría entonces la gran paradoja de que Uribe le salve el plebiscito a Santos. Nada de qué sorprenderse: en una campaña llena de mentiras, una paradoja, por muy grande que sea, es un pecado menor.

Mauricio Vargas
mvargaslina@hotmail.com

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