Una tarde en una de las calles más peligrosas de Bogotá

Una tarde en una de las calles más peligrosas de Bogotá

Los mayores dramas son la explotación sexual de niños y la amenaza de 'paracos' contra travestis.

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23 de julio 2016 , 06:33 p.m.

Son las 4:30 de la tarde de un viernes frío en Bogotá. En cualquier momento puede desprenderse un fuerte aguacero de los nubarrones que cubren las calles del barrio Santa Fe, en el centro de la ciudad. Sin embargo, para quienes viven, comercian, se prostituyen, explotan sexualmente, trabajan o roban en la zona, eso es lo de menos. En estas calles nunca para la acción, el movimiento y el delito.

Entre la avenida Caracas y la carrera 16A y las calles 19 y 22 queda otro más de los grandes expendios de droga, venta de armas y explotación de menores de Bogotá. Ante los ojos de algunas patrullas de la Policía se realizan todo tipo de ilícitos, pero no pasa nada. Allí impera la ley del más fuerte o del ‘más avión’, como dicen las trabajadoras sexuales.

Hace un mes, cuando parte del problema del ‘Bronx’ migró a los andenes y casas del barrio Santa Fe, también aparecieron unos hombres que se hacen llamar ‘paracos’. Intimidan a buenos y malos haciéndose pasar por autodefensas, y hasta montaron ‘oficina de cobro’.

EL TIEMPO constató cómo, en una casa de tres pisos ubicada a algunos metros de la calle 22 con Caracas, se vende droga a cualquier hora y a cualquier cantidad de clientes. Alguien al otro lado de la puerta identifica de alguna manera a quién se le puede abrir y a quién no. Otros ya parecen ser clientes fijos porque llegan en lujosos automóviles y camionetas. Alguien los atiende directamente sin que tengan que bajarse del carro. (Además: En Colombia se consumen más drogas sintéticas que cocaína)

La noche ya casi llega y el movimiento en la calle aumenta. Los cuerpos de los travestis apenas están cubiertos por una malla transparente. Algunos tienen curvas y rostros de modelos, pero sus voces los delatan; a otros, las marcas de la calle y la vida hostil que llevan los hacen parecer agresivos. Tienen que serlo en esta zona, pero en verdad su fragilidad es tan grande que se equipara a las ganas de dejar su eterna esquina. Quieren irse de allí como sea, porque viven con miedo de terminar alguna noche con una cuchillada en el rostro o en la cárcel por defenderse.

“No he hecho nada, amiga. Me tocó comerme lo que tengo para la pieza porque estoy desde esta mañana con un tinto...”, alega Marycarmen mientras se acomoda la larga cabellera roja. No se nota que es una peluca amarrada muy bien a su corto cabello rubio y natural.

El asadero de la esquina de la calle 22 es el escampadero y el desvare de todos ellos, de todas ellas. Mary, como le dicen los de la cuadra, pide un cuarto de pollo y una gaseosa. Y tendrá que hacer lo imposible para recuperar esos 4.500 pesos, porque cada vez “los clientes son más esquivos y más pobres”, dicen ellas.

La realidad es que la ‘tarifa’ es lo más denigrante para un ser humano a cambio del ‘servicio’ que deben prestar. “Nadie paga más de 15.000 pesos por servicio. No importa si es un viejo sucio desagradable, o los muchachos que a veces vienen en carros –relata otro travesti–. ¡Y esos quince mil es con todo incluido!” Entonces, la pregunta es: ¿qué es todo incluido? Hubiera sido mejor no preguntar... (Vea también: Prostitución en cifras)

En medio de la sordidez que se vive en estas calles, se puede conseguir sexo oral desde 5 mil pesos, una ‘manoseada’ por la misma cifra, y de ahí en adelante lo que toque. “La necesidad tiene cara de perro”, agrega Marycarmen. Ha terminado de comer el pollo que fue su almuerzo, será su cena y, seguramente, el desayuno del siguiente día.

Pero eso, en realidad, es lo que menos les preocupa. Porque ahora la amenaza no es la falta de trabajo, sino quiénes se lo quieren controlar.

Llegan los ‘sayayines’

Aparecen en el fondo de la calle cuatro hombres, dos muy jóvenes y otros dos de unos 35 años; tienen la maldad ceñida en las facciones. Intimidan con tan solo pasar cerca. Es inevitable no sentir un profundo temor porque una cosa es verlos en televisión y otra tenerlos a menos de dos metros de distancia. Observan a todos sus interlocutores con rabia; entre ellos mismos no hay la más mínima expresión de camaradería.

Pasan continuamente por la calle, inspeccionan todo con la mirada, especialmente a las personas que no conocen. Y en las últimas semanas se han dedicado a hacerles la vida imposible a los travestis; a varios ya los han golpeado, les prohíben pararse en ciertas puertas y los han amenazado con ‘barrerlos’. ¿Por qué está pasando esto? “Solo nos dicen que es la orden de los ‘paracos’ ”, señala Mary.

Estos ‘paracos’, que dicen trabajar con las autodefensas gaitanistas, entraron para disputarse el microtráfico, la extorsión y el control territorial con la vieja banda de delincuencia organizada que controla gran parte del barrio. Es un clan familiar, pero nadie se atreve a dar siquiera los sobrenombres de sus integrantes. Lo cierto es que la semana pasada apareció el primer muerto, un hombre conocido como ‘Pipo’, a quien un sicario le propinó cinco tiros. Varios testimonios dan cuenta de que, además de sus desmanes, se encargaba de cobrar la cuota diaria de los alucinógenos que venden la noche anterior.

Y por lo general dejan la ‘fiada’, ya que a esa hora no han llegado los clientes, como bien lo saben. Tienen escrita en la mano o en una hoja la relación de los deudores.

Un grupo de estos delincuentes se iniciaron como ‘carritos’, mensajeros que entregan droga y la esconden cuando llegan los policías que no se han dejado corromper. Para ser ‘sayayín’ no basta con tener cara de malo ni saber matar.

Su feeling con los dueños del negocio debe estar a toda prueba. Esto incluye ser capaz de dejarse capturar para llegar a la cárcel La Modelo y allí ajustar el negocio dentro de la reclusión, porque uno de los expendios de droga que se mueve en el famoso centro carcelario también se coordina desde la casa del barrio Santa Fe.

La explotación de los niños

Pero tal vez lo más perverso que promueven y manejan estos hombres en la zona es la explotación sexual de niños.

Sobre la avenida Caracas está plenamente identificada la casa donde llevan a los menores y los entregan a los pedófilos (para ellos, buenos clientes). (También: Redes de explotación sexual de niños se tomaron tres zonas de Bogotá)

Indignación y rabia. Eso es lo que produce ver entrar a estos pequeños al lugar. Sus edades oscilan entre nueve y catorce años: entran casi que resignados a su suerte, pero seguramente pensando que cualquier peso que les den les sirve para el corte de pelo, una bicha (bazuco) o la comida del siguiente día. (Lea también: Relato de una madre que vio a su hijo transformado por la droga)

Algunos de estos niños también fueron paridos por la calle. Sus madres, víctimas de la drogadicción, vendieron su virginidad a cambio de unas cuantas papeletas de bazuco. Parece casi imposible poder salvarlos de ese infierno, porque también parece que a nadie le importan; solo a quienes los explotan y les sacan provecho.

Los ‘sayayines’ vigilan que los hombres entren y les paguen; luego ellos les darán una parte a los niños. También cuidan a los ‘clientes’ de los ladrones que habitan la zona, así como de los indigentes que llegaron desplazados del ‘Bronx’. Quien manda y coordina al grupo es Yeison, que recorre las calles en moto.

Él decide a quién se le cobra y a quién no, y dice que “la mercancía (prostitutas) de su zona no se toca”, por lo que prefiere ser cliente de un negocio vecino: la popular Piscina.

La corrupción en la esquina

Y lo que sigue siendo paradójico es la complicidad de algunos de los que tienen la misión de combatir estos delitos: los policías. Sobre las 6:30 de la tarde llega a la esquina de la calle 21 con 16 una patrulla motorizada. El parrillero tiene, extrañamente, una bufanda que le cubre el número del chaleco en la parte de atrás. Es imposible intentar sacar un celular para captar la imagen. Los ‘sayayines’ están al acecho.

La corrupción también se para en las esquinas, como las mujeres o los travestis. Muestra su mejor sonrisa y tiene muchos más clientes. Seguro no pasará hambre ni se venderá tan barato como ellas.

La Policía Metropolitana de Bogotá ha venido realizando un trabajo sigiloso para poder desmantelar estas redes; las de los uniformados corruptos y las que distribuyen, como mayoristas, la droga para el centro y norte de la capital. Pero todo es un proceso.

La calle se llena de oscuridad y es mejor buscar refugio nuevamente en el asadero. Los comensales son esta vez un grupo de jovencitas. Ninguna es mayor de edad.

Están acompañadas de tres adolescentes que tienen depiladas y tatuadas las cejas; es difícil entender su papel porque parecen sus novios, pero las dudas se despejan cuando se parquea un Renault Clío frente al restaurante. Uno de ellos exclama que llegó su ‘tío’, pide que lo patrocinen (le paguen su cuenta) y se sube al auto. El conductor lo besa en la boca y se van.

Cada cuadro es más deprimente que el anterior. Las jovencitas se cuentan cómo les fue con los clientes de la tarde, pero sus relatos dan cuenta de que ninguna alcanzó a juntar más de 20.000 pesos. Tendrán que regresar a la pieza que comparten en el barrio Los Laches sin con qué pagar el arriendo. Lo que les quedó es para pagar la cuota que ahora les cobran los ‘paracos’ por dejarlas trabajar en la zona.

Este es el día, el hora a hora de una de las centenares de calles de Bogotá donde el microtráfico, la corrupción y la explotación sexual hacen de las suyas frente a los ojos inmóviles de las autoridades, frente al insólito mutismo de la misma sociedad.

Alcaldía sigue con plan de acabar ollas

Este cuadrante del barrio Santa Fe, en el centro de Bogotá, es uno de los lugares (ollas) que están en la mira de la Administración Distrital. Lo cierto es que no hay la suficiente capacidad (ni policial ni judicial) para intervenirlas al mismo tiempo, pero se dará paulatinamente en los próximos meses.

El secretario de Seguridad de la Alcadía de Bogotá, Daniel Mejía, señaló que en este momento se mantiene el reacomodamiento de los grupos criminales de la ciudad tras el golpe en el ‘Bronx’. (Además: Toma de ollas en el centro de Bogota: ataque directo al microtráfico)

“Para llegar a todo el trabajo que se hizo en el Bronx, nos tomamos un tiempo y fue antecedido de otros golpes importantes. Ahora seguimos interviniendo de manera integral diferentes sitios. Lo hicimos en los alrededores del colegio Agustín Nieto Caballero y, esta semana, en la Estanzuela. Seguiremos en otros puntos”, agregó Mejía.

JINETH BEDOYA LIMA

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