'Si escribiera todo el día en mi casa, me volvería estúpido'

'Si escribiera todo el día en mi casa, me volvería estúpido'

Eduardo Sacheri habló con EL TIEMPO de fútbol, literatura y de su novela 'La noche de la Usina'.

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23 de julio 2016 , 06:27 p.m.

El fútbol es pasión. Y más. “En Argentina, no nos gusta el fútbol, como en otros países de América. Somos fútbol”, cuenta un profesor de historia de secundaria de un colegio de Buenos Aires, una de las 43 millones de personas en ese país que pueden afirmar, para bien o para mal, esa realidad.

Se trata de Eduardo Sacheri, que aún va a todos los partidos del Club Atlético Independiente con sus hijos. A ellos logró comprarles apartamentos gracias al Premio Alfaguara de Novela que ganó este año por su obra La noche de la Usina. (Además: Eduardo Sacheri ganó el premio Alfaguara)

Él no se quedó sin su parte: ya había financiado su casa con el premio Óscar a mejor película extranjera que ganó como coguionista por El secreto de sus ojos en el 2010. Mucho antes de los premios que pusieron su rostro ameno y su característica ‘pelada’ (calva) en la prensa internacional, Sacheri estudiaba y enseñaba historia.
Y escribía sobre fútbol; si bien los jugadores, los penales, los arcos y las faltas nunca habían poblado su mundo literario, y aunque nunca hubiera leído sobre él, el fútbol lo llevó al éxito mundial de su arte.

‘Todo se fue al carajo’

Fermín Perlassi, un reconocido exjugador de fútbol, es protagonista de la trama de la nueva novela de Sacheri. Este personaje ya había aparecido por primera vez en la novela Aráoz y la verdad (2008). (Lea también: 'Estoy condenado a que me conozcan por textos de fútbol': Sacheri)

Allí se gestó, también, el antagonista: Fortunato Manzi. “En esa historia, la de Aráoz, hay un ambiente de secretos que no se quieren ventilar”, cuenta el autor en diálogo con EL TIEMPO, “y en el trasfondo aparece la sombra de un comerciante corrupto y dañino, que es Manzi. Esa trama bastante secundaria de Aráoz y la verdad me hizo volver a revisar esa historia. Así surgió La noche de la Usina”.

En esta novela, Manzi causa la desgracia económica de siete hombres que buscaban invertir en la compra de una avícola abandonada para empezar un nuevo negocio.

El acto de horror que lleva la trama a la célebre ‘noche de la Usina’ (como se la recuerda en el mundo ficticio de la novela) sucede entre el 2000 y el 2002. Se trata de los fatales años que rodearon el corralito: la medida que durante el 2001 impidió que los ciudadanos retiraran por semana más de 250 pesos argentinos de sus depósitos bancarios, para así evitar la bancarrota del país. Hoy ese dinero equivale a menos de 50.000 pesos colombianos.

Sin embargo, este libro no regresa a ese punto de quiebre del país, olvidado por los quince años siguientes. “En los últimos dos o tres años el tema de la crisis del 2001 volvió mucho a niveles discursivos, ideológicos, volvió como imagen”, comenta Sacheri, sin una sola muletilla. “Desde el lado del kirchnerismo, se golpeaban el pecho diciendo:

‘Nosotros los sacamos de ese colapso’. Y los partidos de oposición decían: ‘Ojo, eh, que vamos a terminar como en el 2001’. El corralito fue un punto de quiebre, y es hoy un punto de memoria que dice: ‘Esta es nuestra peor pesadilla’”, añade.

Pero, sobre todo, La noche de la Usina trata de volver a esa sensación de una crisis inevitable que viviría el país, cuenta Sacheri. “Al principio de la novela no se habla de la crisis sino del año anterior, o dos años anteriores, sobre esta sensación de ‘callejón sin salida’ que por lo menos yo lo vivía muy así: ‘Esto se va al carajo, se va al carajo, se va al carajo… y se fue’”, dice, dejando de parpadear mientras cuenta su experiencia. Después, sonríe.

Los personajes de O’Connor, el pueblo ficticio donde ocurre la trama, también viven esa sensación de desastre inevitable. Contra viento y marea tratan de confiar en su apuesta de negocios. Sin embargo, la corrupción también sabe del limbo en el que quedaría la Argentina luego del corralito y decide tenderles la trampa a las víctimas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, claro.

Y es que este tipo de frases ha sido común en la lectura de esta publicación. Escenas de la novela incluyen enormes cantidades de dinero ocultas en bóvedas subterráneas; un episodio que los periodistas argentinos relacionan con el reciente caso del exsecretario de Obras Públicas de los Kirchner, José López.

En junio pasado se descubrió que López había ocultado 160 bultos de billetes con dólares, euros, yuanes y otras monedas (además de joyas) en el monasterio Nuestra Señora de Fátima, en las afueras de Buenos Aires. Allí solo viven dos mujeres, y una de ellas tiene 95 años. El caso fue lo que los diarios argentinos Clarín y La Nación llamaron “una detención cinematográfica”.

Y cada vez que Sacheri escucha esa comparación de La noche de la Usina con ese caso y cada vez que se descubre un avance en esa investigación, dice: “Qué bárbaro”. Y se ríe. No más.

Respetar el silencio

‘Una detención cinematográfica’ es justo lo que Sacheri necesita para convertir su novela en su próxima película de éxito, como sucedió con el filme El secreto de sus ojos, que está basada en su libro La pregunta de sus ojos (2005).

Además, “el cine no tiene esa faceta solitaria (de los escritores de libros)”, cuenta Sacheri sobre su experiencia como coguionista de la película. “Cuando un escritor se mete a guionista, es importante que sepa esto: es un trabajo colectivo. En eso, el cine es una lección de humildad. Cuando lo volvés colectivo, tenés que aceptar otras voces en el trabajo”, explica en tono de advertencia.

Aun así, la labor solitaria de Sacheri dio un elemento clave que parecería ayudar a establecer estas adaptaciones: destacar los diálogos de sus personajes, que son los conductores de la historia en esta novela. En sus palabras, quiere “dejar que Fulano hable a ver si con lo que Fulano dice podemos empezar a conocer”.

“Pero –añade, pensativo– Fulano habla sin la solemnidad del pensamiento”. Y continúa explicando: “Mirá: cuando vos construís desde lo que un personaje piensa o siente, en general, lo hacés desde otra complejidad diferente a la del diálogo cotidiano, que es simple y directa. Pero si yo me tomo el trabajo previo de tratar de traspasar lo que vos pensás, lo que vos sentís, a esa cosa muy llana que tiene lo que uno dice, creo que está bueno que la literatura trate de tomarse el trabajo de respetar esos silencios, esa simpleza del habla cotidiana”, puntualiza.

En otras palabras, Sacheri agrega: “A vos te pueden pasar un montón de cosas, y te pregunto cómo estás y lo primero que me vas a decir es: ‘Bien’”.

Aunque nos sintamos de otra manera, más compleja, casi imposible de expresar: si queremos narrar esos sentimientos, “eso vendrá de a poco, y vendrá parcialmente (…) y habrá un montón de silencios en lo que vos me digas a mí. Hay pudores, hay hasta desconocimientos propios, hay cosas de las que uno no habla porque no encuentra las palabras para decirlas. Entonces me parece importante que en los diálogos de los libros tratemos de reproducir esa imposibilidad del lenguaje de expresar todo lo que nos pasa”.

Otra manera de explicarlo, a lo Sacheri: “Si vos me desnudás tu alma, no te creo”.

Los perdedores

La noche de la Usina no es una novela sobre una de las pasiones más encarnadas de Eduardo Sacheri: el fútbol. Sin embargo, los comienzos del escritor como un autor reconocido en Argentina se dieron precisamente ahí, en ese deporte. (Además: Eduardo Sacheri, un hincha con todas sus letras)

En América, el fútbol genera bulla y celebración, más que silencios. Pero en su país es una seña de identidad, como explicó el mismo escritor: “¿De qué nos enorgullecemos los argentinos? Por detrás de nuestra soberbia superficial (famosa a nivel internacional), y yendo al fondo de nuestra propia inseguridad, nos enorgullecemos de cómo jugamos al fútbol”.

De ahí que, por ejemplo, después de 30 años del célebre gol de Maradona a la selección inglesa en el Mundial de 1986 –la conocida ‘mano de Dios’–, todavía se siga considerando una forma de revancha frente a la pérdida de las islas Malvinas ante los ingleses en 1982.

De hecho, el primer cuento que Sacheri dio a conocer al público, Me van a tener que disculpar (1996), habla de ese agradecimiento que un país siente por ese héroe patriótico, ese Maradona ‘redentor’ de la Argentina.

El cuento se difundió no por el papel, sino por la radio. Fue el locutor Alejandro Apo quien leyó al aire ese texto por primera vez en el 96. Generó algo en la gente que hizo que volviera a enviar más relatos, a construirse un nombre dentro de los cuentos futboleros.

“En mi país tenemos dos tradiciones: una escandalosamente futbolera y la otra escandalosamente cuentera”, explica. “Con nombres como Cortázar, Borges y Horacio Quiroga, eso no se puede ignorar”.

Sin embargo, no se trata de dos tradiciones alejadas que se juntan por pertenecer al mismo país. Para Sacheri, tanto el fútbol como la literatura tienen una similitud: son juegos.

“La característica de los juegos es que muestran de forma explícita cómo nos comportamos las personas en situaciones no cotidianas”, explica el escritor. “Yo siempre discrepo con esa típica descripción argentina de ‘este tipo cuando juega al fútbol, se transforma’. No estoy de acuerdo. Uno se exhibe. Y pasa lo mismo en la literatura: te exhibes, muestra otras facetas tuyas”.

Y además, buscar y encontrar héroes en el fútbol y en la vida en general parece una necesidad para la gente, piensa Sacheri.

Lo ve día a día en su trabajo como docente y lector de libros de historia. “Quienes buscan leer historia más allá de la academia aún siguen comprando textos con enfoques muy clásicos: la historia que se les cuenta está enfocada en próceres, en grandes figuras prometeicas”, las llama él. “No sé si eso pasa porque los divulgadores tienen ese enfoque o porque la matriz del mercado lo exige”, aclara.

La noche de la Usina fue el tercer intento de Sacheri de ganar el Premio Alfaguara, pero esa ambición tampoco lo ha convencido de depender de la escritura de libros para vivir. “Enseñar historia en el secundario enriquece mi vida”, puntualiza. Y concluye, convencido: “Si estuviera todo el día escribiendo en mi casa y en ámbitos como este, charlando de mi obra… me convertiría rápidamente en un tipo bastante estúpido”.

María Eugenia Lombardo
Escuela de periodismo EL TIEMPO

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