Una historia de mujeres

Una historia de mujeres

En un pequeño rincón del mundo, cientos de mujeres mostraron su heroísmo para superar la adversidad.

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21 de julio 2016 , 04:45 p.m.

No se trata de una historia de mujeres famosas que captan la atención mediática, que brillan en las pantallas grande o chica, ni de cantantes de irresistibles caderas y celebridad universal, ni de candidatas presidenciales que han ocupado los cargos más importantes de sus países ni de damas de hierro. Esta es una historia de mujeres perdidas que se encontraron a sí mismas, y de otras que las ayudaron a encontrarse. No son mujeres que aparecen en los medios para deslumbrar a los lectores, a los oyentes o a los televidentes, pero son más valiosas porque dan un ejemplo silencioso de cómo, por su esfuerzo acerado, se abrieron un lugar en un pequeñísimo rincón del mundo y demostraron el heroísmo de la mujer para superar la adversidad, contra toda esperanza y contra toda indiferencia.

La historia la cuenta Andrés Olivos Lombana en su libro 'Coomiquelina y Juan José Rondón. Obras evangelizadoras de las religiosas Adoratrices'. ¿Qué tendrá que ver el héroe del Pantano de Vargas, el que dio aquella carga crepuscular y gloriosa ese 25 de julio de 1819, con las religiosas Adoratrices y con el extraño nombre de Coomiquelina?

En la década de los ochenta del siglo pasado, el sacerdote Saturnino Sepúlveda, emulando el ejemplo del padre Rafael García Herreros, se consagró a la tarea de conseguir, por medio de la autogestión, viviendas dignas para familias en la indigencia. Vinculado en la década de los setenta a las asociaciones de usuarios campesinos, y partícipe después “en las luchas sindicales y de barrios populares en Bogotá”, el padre Sepúlveda funda las Empresas Comunitarias Integrales, “un modelo de autogestión comunitaria con destechados en doce barrios populares de Bogotá y Girardot”.

Una de las situaciones que más preocupa al padre Sepúlveda es la de las mujeres desplazadas de sus lugares de origen por la violencia, que no encuentran en los centros urbanos otro medio de subsistencia que la prostitución. Muchas de ellas son cabezas de familia y viven en piezas o inquilinatos, en pésimas condiciones. Entre los más de veinte libros que escribe el padre Saturnino Sepúlveda, uno de ellos contiene análisis explosivos sobre el fenómeno de la prostitución, y se titula 'La prostitución en Colombia: una quiebra de las estructuras sociales'. En 1983, el padre Sepúlveda se propone organizar un barrio comunero en el extremo sur de Bogotá, hacia la calle 87B sur con carrera 15 este, del que serían principales beneficiarias mujeres explotadas sexualmente, y en la práctica desposeídas de sus derechos ciudadanos. El proyecto es bautizado con el nombre de Juan José Rondón. La idea del sacerdote es que las casas, construidas por autogestión, sean escrituradas como propiedad de la comunidad y no de quien las habita. Como “una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando”, la intención socialista del padre Sepúlveda es rechazada por los primeros habitantes, que quieren ser los dueños de su predio. El choque de trenes genera una crisis y echa por tierra el proyecto del padre Saturnino. Para evitar un desastre, el sacerdote acude a las madres Adoratrices, les cede los lotes que había adquirido, y les encomienda el barrio, no sin pedirle a Juan José Rondón “coronel, salve usted la comunidad”. De eso se encargarían las Adoratrices.

Comienzan por reagrupar a las mujeres que llegaron al barrio con el propósito de asentarse allí y las vinculan a su Programa de Promoción Integral de la Mujer (PPMI). De dicho programa salen preparadas veinte mujeres que en 1986 forman el Grupo Femenino Miquelina (GFM), una organización precooperativa. Las veinte mujeres, con el respaldo indoblegable de las Adoratrices, se dedican en los siguientes cuatro años a luchar por la dotación de servicios públicos para el barrio Juan José Rondón, una tarea de mujeres titanes que, sin embargo, estuvo a punto de fracturarse en 1989, cuando una arquitecta cuyos servicios contrató el GFM para la construcción de un pequeño acueducto, incumplió el contrato y desapareció con el dinero que le anticiparon.

Se sobrepusieron al golpe, movidas por el amor y la fe con que las motivaban las Adoratrices, y siguieron adelante. En 1991, el GFM se convirtió en la Cooperativa Multiactiva Miquelina, Coomiquelina, que adoptó las consignas de la fundadora de las Adoratrices, Santa María Micaela: “Si los otros te dan la espalda, nosotras te daremos la mano” y “La paz es el mayor bien de la vida”. Este sábado 23 de julio, la Cooperativa Miquelina cumplirá veinticinco años prodigiosos “trabajando por mejores condiciones de vida de las mujeres y sus familias”.

Coomiquelina ha sido el factor axial de la transformación (milagrosa como la conversión de una derrota segura en una victoria patriota contundente en el pantano de Vargas) del barrio Juan José Rondón en una comunidad que certifica la voluntad renovadora, progresista y verdaderamente democrática de nuestras mujeres. Basta un ejemplo, de los muchos que cita el libro de Olivos Lombana: en la última década de su labor (2005-2015) la Cooperativa Multiactiva Miquelina otorgó cinco mil seiscientos veintiséis créditos, para vivienda principalmente, mejoras locativas, libre inversión, salud, educación, calamidad doméstica y seguro funerario, por un monto de cuatro mil ciento noventa y nueve millones. A la Cooperativa se agrega la Fundación Creaciones Miquelina, promotora de talleres de capacitación, creación de microempresas y famiempresas, y fuentes de trabajo.

En la presentación del libro de Andrés Olivos, del cual esta nota es un resumen muy apretado, dice la hermana Esther Castaño Mejía: “En estos momentos sentimos la satisfacción de haber logrado en ambos frentes [la Cooperativa Miquelina y el barrio Juan José Rondón] algo que al iniciar no nos hubiéramos imaginado, y que de verdad en el barrio Juan José Rondón se logró desde colocar la primera piedra, hasta organizar a 130 socias de la cooperativa en sus respectivas casas, de una manera confortable; propiedad que han adquirido con su lucha diaria y con el trabajo honrado, digno y de futuro para sus hijos. Además la construcción de un jardín infantil y restaurante escolar, para complementar la ayuda a las madres…”.

Una historia de mujeres emocionante y aleccionadora, que le habría hecho pensar a Juan José Rondón cuando al frente de sus lanceros cargaba contra los duros soldados españoles: “Esta batalla la ganaremos para ellas, para las mujeres de nuestra patria”. Y ellas, en el barrio Juan José Rondón, han ganado su propia batalla.


Enrique Santos Molano

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