Pies descalzos

Pies descalzos

Ay de nuestros ídolos si no nos dan gusto. Como si esa fuera su obligación; como si fuera tan fácil.

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20 de julio 2016 , 11:23 p.m.

Mi amigo Miguel Serrano, que es uno de los mayores poetas de Colombia y de la lengua española, me dijo un día, hace mucho, que de los ídolos hay que compadecerse, no envidiarlos. Tenerles más lástima que admiración porque la gente, todos nosotros, espera demasiado de ellos y al final los vuelve la encarnación expiatoria no solo de su felicidad sino también de sus frustraciones, de su furia y de su odio irracionales.

Sí: esas son las reglas del juego, así funciona el mundo. Y habrá quien diga que ese es el precio de la fama y que el destino de los ídolos consiste justo en disfrutar de ese privilegio que es la adoración de los demás, el reconocimiento con sus mieles y poderes, pero siempre con esa espada de Damocles encima: la del capricho del público, ese monstruo voraz, autoritario y malagradecido por naturaleza.

Así ha sido, así es, en todas partes; y así fue en todas las épocas: para confirmarlo basta abrir una revista o un periódico o un libro cualquiera de historia, en donde sea, y allí aparece siempre el mismo dilema: la adoración desmedida a los ídolos pero también la facilidad con que los idólatras, como en un sacrificio, hacen leña de su suerte. George Harrison decía que los Beatles fueron la excusa perfecta para que el mundo se enloqueciera.

“Ellos ponían los gritos, nosotros pusimos nuestro sistema nervioso”, decía el buen George. Y eso que por fortuna –bendito sea el Señor– no era colombiano, porque aquí los ídolos sí que la pasan mal, a merced de una turba que los celebra sin compasión en la victoria y en la fama, para luego someterlos a un infierno de exigencias, de reclamos, de aspiraciones insaciables, arbitrarias y cómodas que nunca terminan.

En un país, además, en el que por lo general quien logra algo lo hace a pesar de los otros, esquivando su envidia, su desprecio, sus burlas, su mezquindad. Eso por no hablar de lo que aquí significa sobrevivir a los políticos, a los bancos, a la EPS, al RUT y a la ampliación de la fotocopia de la cédula, a los absurdos requerimientos del Estado aun cuando no hace nada. No es así siempre, claro que no, pero muchas veces sí.

Toda victoria individual de un colombiano, victoria casi siempre solitaria y sufrida, se interpreta acá, de inmediato, como una gran conquista colectiva, como una reivindicación y un acto de justicia o aun de venganza para un pueblo que ha sufrido mucho y al que nunca (dice el mito) le toca nada; un pueblo con delirio de persecución, como decía hace poco Meluk, contra el que se ‘conjuran’ todos dizque para cerrarle el paso y no dejarlo ganar.

Quizás por eso en Colombia concentramos tanta energía, hasta fundirlos, hasta salarlos, en los ídolos que nos van apareciendo para su desgracia. Quizás también por eso acá suele haber un solo exponente de cada cosa: una sola cantante, un solo escritor, un solo pintor, un solo bailarín (el de la zumba), un solo futbolista, un solo ciclista, un solo mafioso, un solo loco. Y eso que ya no tenemos ‘papable’, gracias a Dios, el de la zumba.

Pero ay de nuestros ídolos si no nos dan gusto, si no nos llenan de gloria. Como si esa fuera su obligación; como si además fuera tan fácil. Entonces nos ensañamos con ellos, los acabamos sin piedad mientras pasa el nuevo bus de la victoria. Alguno vendrá, ¡que viva mientras dure y nos bajamos! El siguiente, por favor. A ver: golf, patinaje, ajedrez, astronomía. Eh, eh, epa Colombia epa.

¿Nairo? Ya no, ni ataca. ¿Gabo? Era mexicano. ¿Shakira? Habla argentino, o hablaba. ¿James? Quedó como Lady Tabares. Ahora estamos en Pantano, pobre de él.

Pobres los ídolos acá: siempre salen a deberle a este pueblo arrogante, negligente, oportunista, implacable y recochero.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN

catuloelperro@hotmail.com

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