Editorial: Las leyes del posconflicto

Editorial: Las leyes del posconflicto

La paz consiste también en las reformas en distintos terrenos a las que aludió Santos.

20 de julio 2016 , 11:17 p.m.

Cuando se trata de un país en cuya historia abundan las coyunturas complejas, afirmar que su parlamento enfrentará un momento decisivo en el que le corresponde estar a la altura de las circunstancias y, sobre todo, de las expectativas de la ciudadanía es arriesgado.

Pero deja de serlo conforme se examinan los argumentos. Estos van desde el punto crucial en el que se encuentra el esfuerzo por poner fin a cerca de seis décadas de conflicto armado, y en el que el Congreso está llamado a desempeñar un papel protagónico, hasta la difícil coyuntura económica mundial y regional. Una tormenta que tal vez, y por fortuna en menor medida que en países vecinos, se hará sentir en el país. Y ya comienza a hacerlo.

De lo anterior dio buena cuenta el discurso pronunciado ayer por el presidente Juan Manuel Santos en el Capitolio. El mandatario fue claro en señalar el principal reto de esta legislatura: “Aprobar las leyes y reformas que se requieran para implementar los acuerdos de paz, reformas todas que son benéficas para Colombia, y que tendríamos que acometer tarde o temprano”.

Y es que al respecto hay que tener presente, y recordarlo cuantas veces haga falta, que la paz no es silenciar los fusiles. La paz consiste también en, y aquí son fundamentales buenas leyes, las reformas en distintos terrenos a las que aludió Santos.

De igual manera, el que el acto legislativo para la paz, aprobado en la pasada legislatura, establezca la modalidad de fast track para iniciativas que tengan que ver con la implementación de lo acordado en La Habana no le resta, ni mucho menos, trascendencia al papel de los congresistas. Que preservan, como debe ser, la facultad de ser contrapeso del Ejecutivo mediante el eventual veto a los proyectos que juzguen inconvenientes. Una responsabilidad necesaria y frente a la cual no podrán ser inferiores los legisladores, propiciando discusiones valiosas, debates amplios e informados, evitando medias verdades y mitos, como bien lo advirtió ayer el Presidente.

Sobre lo segundo, el enorme desafío de sacar airosa a nuestra economía de los vientos huracanados que ya se escuchan silbar se cristaliza en gran medida en la reforma tributaria que el Ejecutivo prepara. Despejando dudas al respecto, el primer mandatario fue claro en que tal proyecto será radicado este semestre, con el objetivo primordial de “generar ingresos fiscales que garanticen la sostenibilidad de las finanzas públicas y la continuidad de nuestros programas sociales”. También se refirió al loable propósito que esta tiene de lograr que el sistema impositivo del país sea más progresivo, equitativo y, asunto clave, simple y eficiente.

Así las cosas, ya con el sol a sus espaldas, este Congreso debe saber que le correspondió un punto de giro con escasos antecedentes en el relato de nuestra vida republicana. Tal realidad no obliga, ni más faltaba, al unanimismo. Pero sí implica ser conscientes de que la historia será más severa con aquellos que, entre otros motivos, por la falta de rigor al ejercer su función o por sus cálculos electorales de corto plazo, terminen como actores secundarios nada menos que del episodio que definirá en buena medida el tipo de país que encontrarán las generaciones venideras.

EDITORIAL

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