El nuevo milenio y las tecnologías

El nuevo milenio y las tecnologías

El filósofo francés Paul Virilio afirma que el siglo XXI es la centuria de la velocidad absoluta.

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20 de julio 2016 , 07:26 p.m.

Nacido en París en 1932, Paul Virilio hizo estudios de arquitectura y se interesó por el urbanismo, por la filosofía y, de forma notable, por la fenomenología, como alumno de Maurice Merleau-Ponty.

Participó de las jornadas de la revolución de mayo del 68 en París, que introdujo cambios profundos en la educación media y universitaria en cuanto a la orientación y contenido de los estudios, la libertad de cátedra, la creación de las residencias estudiantiles mixtas y la conquista e igualdad de ciertos derechos y libertades en el amor, especialmente para la mujer, por el uso de la píldora, que le permitió ser dueña de su cuerpo. (Lea también: CLAVE 1968 PARIS, JORNADAS DE MAYO DEL 68)

Virilio es profesor y autor de libros, entre los que se destacan Velocidad y política (1977), Estética de la desaparición (1989), El arte del motor (1993), La velocidad de liberación (1995), Un paisaje de acontecimientos (1997), que tratan sobre la velocidad y los efectos y daños de las tecnologías.

A él se debe el término de ‘dromología’, del griego, que significa correr, y el cual Virilio asocia a la velocidad en la sociedad tecnológica.

Acerca de los temas del nuevo milenio, Paul Virilio fue entrevistado por Tiphaine Samoyault y Bertrand Leclair, miembros del comité de redacción de La Quinzaine littéraire, publicación fundada en 1966 por Maurice Nadeau y que reseña novelas, libros de historia literaria, de poesía, artes, filosofía, sicoanálisis, historia, teatro, cine y música, del mundo de la cultura y que este año celebra 50 años. La entrevista se llama ‘El bimilenarismo tecnológico’ y tiene que ver con las grandes interrogaciones y planteamientos de su obra.

Samoyault considera que el año 2000, el cual había despertado ciertos temores por el cambio del milenio, pasó sin que nada extraordinario hubiera ocurrido en el mundo y siguió su curso. Que el calendario nos hace tornar de un siglo al otro, de un milenio al otro, pero que no se lo puede retener porque se caería en la abstracción.

Para Virilio, los cambios de un periodo de transición y los temores de un examen del pensamiento deben ser objeto de una reflexión política para evitar que se conviertan en fantasmas.

Al preguntarle si ciertos discursos actuales ligados a las nuevas tecnologías son una forma de milenarismo, Virilio explica que la llegada de estas tecnologías, de internet especialmente, a partir de los años 90, ha dado lugar a la aparición de discursos utópicos: sobre el cerebro colectivo, el mundo de la comunicación perfecta, el ser simbiótico que superará las leyes y reglas. El muro del tiempo es la velocidad de la luz que ha revolucionado todo y creado una nueva cosmología.

La historia, que se hacía en el espacio-tiempo de las regiones, en crónicas y efemérides, ha dado paso al tiempo y a la velocidad absolutas, al tiempo de “la instantaneidad, de la ubicuidad y de la inmediatez”, al tiempo global y universal.

La mundialización “debe ser pensada primero como un efecto de la mundialización del tiempo, como el choque del tiempo real: el libro es el tiempo presente, en el cual va a escribirse la historia”.

Lucha contra la técnica

El poder de las tecnologías es el lugar de la historia actual por “su efecto multiplicador sobre el imaginario colectivo”, evidente en casos de gran repercusión mundial y de conocimiento instantáneo. La destrucción de las Torres Gemelas y de otros objetivos, del 11 de septiembre del 2001, en New York, cometidos por comandos de Al Qaeda, mediante el secuestro de aviones civiles que hicieron estrellar contra las Torres, es un ejemplo.

Otro ejemplo es la guerra de los países aliados, en 2003, contra Sadam Husein, encabezados por Estados Unidos, por la supuesta posesión de armas de destrucción masiva del régimen iraquí, guerra que fue militar y mediática, esto es, se conoció en tiempo real en todo el mundo.

Virilio reconoce que trabaja sobre la parte oscura de la técnica, la clonación, el patentamiento de lo vivo, por ejemplo, que no ha sido estudiada suficientemente. Para explicar esta inquietud recurre a un detalle del cuadro La lucha de Jacob con el Ángel, de Eugène Delacroix. El cuadro representa un pasaje del Génesis, en el que Jacob, el patriarca bíblico, de regreso a Canaán, lucha cuerpo a cuerpo con el ángel, que puede ser la trasfiguración de un hombre o de un dios.

La lucha es fuerte, por la posición de Jacob y sus músculos tensos, mientras que el ángel se limita a contenerlo. Esta lucha es el gran símbolo de nuestro tiempo, porque Jacob combate contra su dios y lo hace para reafirmar la condición humana y no caer en la idolatría, como muchos mortales.

Rembrandt, Gustave Moreau, Paul Gauguin, con gran maestría y de acuerdo con el espíritu de cada época, se han ocupado del mismo tema, por su significado y trascendencia. En Rembrandt da la impresión de que la lucha ha terminado, y tanto Jacob como el ángel yacen pasivos. En Moreau, Jacob, muy joven, se esfuerza por coger algo, mientras que el ángel que está a su lado lo observa pasivamente. En Gauguin, unas mujeres a cierta distancia, meditativas, separadas por un árbol, observan la lucha en la que el ángel domina a Jacob.

Virilio afirma que debemos librar un combate igual contra la técnica, que es “nuestra alma”, y nos enceguece por su poder sugestivo y publicitario.

Un mundo que cambia

La fobia de Virilio por el espacio cerrado y su asma han determinado que él tenga cierta relación con “el aire, la extensión y la asfixia”.

El siglo XXI será el siglo de la velocidad absoluta; la extensión del mundo podrá ser fijada totalmente: dejará de ser universo y tendremos conciencia de su finitud absoluta o “ecología gris”.

La naturaleza perderá su grandeza por la “polución de las distancias”. “La ecología gris corresponde a esta conciencia de la finitud absoluta del globo”.

Cuando se le pregunta si la finitud del mundo significa el fin del mundo, responde que no como destrucción, sino como “retención” y “pérdida”.

El poder de la técnica significa progreso, pero también pérdida, invención y exclusión: el automóvil ha reemplazado a los caballos; el ascensor, a la escalera. El mundo de los objetos desplazados se destina al ocio, a lo superfluo.

El mundo real se convierte en un mundo reconfortante, lúdico, “inútil y lejano” que “opera por la ley del menor esfuerzo, superequipado para hombres constantemente reparados”.

La película Titanic, dice en Estética de la desaparición, permite vivir esa experiencia. Se percibe en la separación de la imagen y de la banda sonora, en las escenas en las que la música de la orquesta y el baile continúan a pesar de la inminencia de la catástrofe.

La muerte, como un accidente técnico, que en una guerra o en un accidente atómico han podido provocar el fin del mundo, y que en el Titanic se convierte en una experiencia colectiva: no puede ser pensada y toma el aspecto de algo absurdo e irreal.

Se interroga si la película es una metáfora del miedo al porvenir. Si el espectáculo de la muerte atrae a los espectadores, como para los decadentes romanos, las civilizaciones decaen.

Afirma que las catástrofes son técnicas y accidentes artificiales. Virilio cree que el iceberg y el Titanic son metáforas del siglo veinte “como siglo de accidentes artificiales en el que su grandeza es su monstruosidad”.

Virilio, pensador católico, compara la primera catástrofe nuclear con el pecado original; la primera como producto de la técnica y de las ciencias humanas, el segundo como inherente a la naturaleza humana. Y plantea la necesidad de pensar los accidentes que producimos.

Los accidentes artificiales del siglo veinte “estuvieron ligados al milenarismo, así como los accidentes naturales, la peste por ejemplo, se asociaron al primer milenio, enmarcados en una visión apocalíptica y religiosa”.

Aceleración del tiempo

La aceleración del espacio (mundo) hace que “la densidad de tiempo, de memoria, de duración, se diluya. La velocidad produce la vejez del mundo, un envejecimiento social, individual que favorece la usura y la aceleración de las relaciones”.

La vejez abarca todo, el cuerpo se ha convertido en objeto de las tecnociencias; la polución del cuerpo del mundo implica su extensión al cuerpo del hombre. El fin no es mejorar sino “fabricar un hombre nuevo”, a la manera de Nietzsche, de su locura que es su grandeza.

La democracia real, a diferencia de la democracia virtual que la niega y la envejece, requiere un espacio de reflexión, de libre pensamiento y diálogo comunitario.

La atracción de lo lejano domina las dificultades de lo cercano y evita problemas. El peligro de esa tentación aparece cuando el ser, en virtud de la técnica de lo lejano, es impelido a la desaparición y se transforma en espectro, en ángel, por los límites intolerables de su cuerpo.

El progreso técnico, la proximidad de la velocidad absoluta, anunciada por Daniel Halévi, en 1947, va a cambiar aceleradamente la realidad histórica. La selección de la especie humana ya no es natural como en Darwin, sino artificial y sobrehumana.

La aceleración reduce el tiempo al mínimo de unidades, introduce la noción de nanoseconde (la milmillonésima parte de un segundo), opuesta al tiempo tradicional (del antes, durante y después), y elementos como la ubicuidad, instantaneidad e inmediatez, reservados a Dios, tendrán que ser pensados por el historiador, el individuo.

El trabajo de Virilio sobre la pérdida hace pensar en la esperanza, pero confiesa que no sabe escribirla porque no tendría sentido.

Su trabajo tiene afinidades con los que han desarrollado Marshall McLuhan, uno de los profetas del siglo XX, junto con Marx, Freud y Niezstche. Con MacLuhan, por su tesis de que el medio es el mensaje, y por su anticipación al desarrollo y revolución de los medios de comunicación.

Se lo asocia a Jean Baudrillard, analítico de la posmodernidad y del posestructuralismo, con Gilles Deleuze, pensador del gai savoir, de la cultura de la alegría, de la vida. Con Félix Guattari, psicoanalista, filósofo, creador del término “desterritorialización”, y coautor con Gillles Deleuze de El anti-Edipo, de Mil mesetas, libro capital que revela los hilos, los mecanismos de la máquina capitalista, que condiciona la relación del deseo con la realidad, el modo como “el deseo se introduce en el pensamiento, en el discurso, en la acción”.

Con François Lyotard, filósofo francés, destacado por su estudio crítico de la posmodernidad, para quien “el criterio actual de operatividad es tecnológico”.

A propósito de las nuevas tecnologías y los cambios revolucionarios que han producido, el filósofo francés Bernard Stiegler, nacido en 1952, en el primer tomo de su libro La técnica y el tiempo - El pecado de Epimeteo, dice que la técnica transforma el horizonte de toda posibilidad futura. (Además: Colombia entra en la era del Internet de las Cosas)

Que Occidente, desde Grecia, ha rechazado la técnica, es decir, lo exterior, el saber auxiliar, como objeto de pensamiento, porque ha creado un espacio interior en que ha desarrollado la filosofía, el saber pleno.

Que el hombre, un ser desorientado originalmente, tiene necesidad de la brújula, de la técnica, del espacio-tiempo inventados para su orientación.

Que la filosofía puede utilizar la escritura como técnica sin que esta pueda aportar “a la constitución de la verdad filosófica”. Para Stiegler, la técnica pertenece a lo humano, “no hay anthropos sin techné”.

Stiegler, como Virilio, se ocupa de la velocidad, que anula progresivamente la distancia entre los países; acelera la comunicación entre destinatarios de mensajes, permite el conocimiento mediático de los acontecimientos. El mundo así no es más mundo, aquí como en todas partes.

Y trata cuestiones como la derealization, es decir, la suspensión de las diferencias entre lo interno y lo externo, lo próximo y lo lejano, y la deterritorialisation de los vínculos con el territorio, con la patria.

Las diferencias étnicas son amenazadas por la universalidad sin raíz del lenguaje de la imagen. Por fin, afirma con convicción que estos conceptos son sinónimos.

Édgar Bastidas Urresty

Samaniego, Nariño, 1944. Licenciado en filosofía y letras, Universidad Nacional. Doctor en filosofía de la Universidad de París VIII Vincennes. Profesor titular y rector de la U. de Nariño. Ha publicado 22 libros. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia.

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