¿Posconflicto o posacuerdo?

¿Posconflicto o posacuerdo?

Los conflictos del país no desaparecen por una firma; lo que cambia es la forma de abordarlos.

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19 de julio 2016 , 05:40 p.m.

Que no debemos hablar de posconflicto sino de posacuerdo, fue una de las verdades centrales que se dijeron esta semana en Medellín, en el primero de los cinco foros convocados por el Parque Explora y Proantioquia “con el propósito de formar una ciudadanía crítica, informada y deliberante que, además, contribuya desde su independencia al fortalecimiento de un lenguaje no confrontacional en Colombia”. Eduardo Pizarro Leongómez y Víctor Manuel Moncayo, relatores de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, fueron los expositores invitados.

Las razones para lo dicho son muy claras: los conflictos del país, de vieja data, no desaparecen por una firma; lo que cambia es la forma de abordarlos, ahora sin armas (por lo menos eso es lo que afirma el Gobierno), ahora con un lenguaje de paz y cambios estructurales, y con la acción propositiva de toda la sociedad. Eduardo Pizarro dice que este es el fin del ciclo guerrillero en América Latina y que eso de volver los jóvenes al monte no puede volver a pasar. Su tesis es: no se puede acudir al conflicto con violencia y no es cierto que ese comportamiento violento esté ligado a nuestra genética y cultura. Afirmarlo es condenarnos a lo mismo, cuando lo que debemos hacer es construir una nueva forma de relacionarnos en la diferencia. En otras palabras: borremos el chip.

Hasta ahí las cosas son claras y propositivas. Lo que no es tan evidente es la forma como se van a cambiar las causas estructurales del conflicto, como son la inequidad, el abandono de la población campesina, la corrupción del sistema político (hoy más corrupto que nunca), la economía mafiosa que genera más y más violencia. Es una verdad que son tan perversos los que han destruido al país con estos negocios sucios que lo permean todo, como los de cuello blanco y cercanos al poder, que hoy gozan de los miles de millones que les dejó la asesoría al Gobierno para que “hicieran el gran negocio de vender a Isagén”.

Pero como los problemas hay que abordarlos por partes y hay unos asuntos urgentes, hoy quiero llamar la atención sobre los niños que se han desmovilizado y los que se desmovilizarán. Seres a los que les he escuchado decir: “Llevamos la peor parte de esta guerra”. Se necesita un plan de choque para ellos. Muchos son analfabetas y todos tienen una escolaridad mínima. Durante siete años recibiendo niños desvinculados del conflicto en Antioquia, solo llegaron tres bachilleres a la Fundación Hogares Claret. En su gran mayoría, estos niños y niñas están desarraigados porque proceden de hogares sumidos en la pobreza y la tragedia, o no pueden volver a sus territorios por miedo a represalias. Ellos no pueden dar un salto al vacío del monte a la civilidad; hay que acogerlos en instituciones preparadas para darles una verdadera terapia del amor y para restaurarles sus derechos. ¿Quiere decir que estos seres son un problema?

Gabriel Mejía, presidente de la Fundación Hogares Claret, responde a esta pregunta a partir de sus vivencias: “Esos niños no son un problema para el país, sino una gran posibilidad. Si les mostramos un camino a partir de la educación, se pueden convertir en exponentes de una nueva línea de paz para Colombia. Han sido carne de cañón, conocen la guerra y saben por qué ella no puede volver a ser el camino. Si en estos años hemos logrado que algunos incluso lleguen a ser universitarios, es porque se puede, con el apoyo del Gobierno y la sociedad”.

Hasta allí lo que dice el padre Gabriel, palabras que comparto. Pero mi gran pregunta es: ¿está preparado el ICBF para la llegada de miles de niños del posacuerdo? ¿Están nuestras mentes abiertas para recibirlos? ¿Qué planes hay desde lo educativo? ¿Cómo nos estamos organizando los civiles para aportar económicamente, con becas, apoyo, compañía? Porque en los conflictos del país todos tenemos que ver.

Desde las alcaldías y gobernaciones, y desde la sociedad civil, hay que empezar a pensar qué haremos cuando se firmen esos acuerdos, para que rompamos el círculo cerrado de la violencia. Niños con mentes nuevas quizá serán los nuevos líderes que ayudarán a transformar a este país. No creo, qué pena me da, en los dirigentes “legales” de hoy, ni en los “ilegales” que, amparados en la inequidad, cometieron crímenes atroces; estoy de acuerdo en perdón para ellos, pero no en curules por derecho propio. Demos pasos hacia la paz, reales, aunque nos cuesten.


Sonia Gómez Gómez

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