El hombre del tanque

El hombre del tanque

La ciudadanía ha salvado la democracia en Turquía, y de paso a un presidente aturdido.

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19 de julio 2016 , 05:31 p.m.

Sin duda la imagen es la libertad frente a las cadenas de un tanque, la dignidad de un pueblo frente al tirano que quiere usurpar derechos y libertades, la imagen del valor y a la vez de la impotencia frente a las armas: desnudo, solo, sin más atributo que el ser mismo, la dignidad y la razón frente a la barbarie. Nos recuerda a 1989, a esa otra imagen icónica: la de un hombre plantado frente a una columna de tanques que es detenida por su gesto. Resiste en pie, mirando a los ojos de hierro y acero, deteniendo el vómito mortífero de la represión de un régimen implacable y dictatorial, que lo sigue siendo hoy en día pese al silencio de las democracias occidentales, rehenes de los intereses económicos y comerciales.

En Turquía la noche se hace larga. De nuevo los militares olvidan el papel que realmente deben tener en las sociedades modernas: la neutralidad política y la garantía de preservar el orden constitucional y la soberanía de un país. Ni más ni menos. Pero en este país, desde 1923 la bota marcial ha querido siempre dictar las reglas y velar por sus múltiples intereses y privilegios.

Han sido los ciudadanos quienes, pese a las mordazas que se imponen en medios de comunicación y redes sociales, se han echado a la calle. Los que han desafiado tanques y metralletas. Los que se han plantado a pecho descubierto frente a la violencia y la represión. Podrá gustarles más o menos la tendencia hacia la islamización que Erdogan lleva imponiendo en los últimos años, pero defienden por encima de todo la libertad de vivir, sin que los galones ni las estrellas les dicten a ellos y a sus hijos partituras y sentimientos. La ciudadanía ha salvado la democracia, y de paso a un presidente aturdido y desbordado por los acontecimientos.

Turquía no es un país cualquiera, por muchos vaivenes y portazos que la Unión Europea le haya propinado en las últimas décadas. Es la llave y la puerta entre Europa y Asia. Es el socio principal de la Otán en la zona más convulsa del mundo. Es frontera. Y los países frontera se sienten a la vez parte y frontera. Pero no le hagamos sentirse periferia ni marginal. Tampoco hay que negarle la razón ni compensarle con monedas de cambio para ser contención de la oleada de miles de refugiados, como en la actuación lamentable de Bruselas.

No dejemos a su suerte a Turquía. Por muchas culturas y noches rotas que hayan existido. La historia no es caprichosa. El Bósforo une, no separa culturas. Tampoco las superpone o prioriza. Turquía ha vivido una noche convulsa y violenta, llena de muertos; por eso hoy la palabra libertad vale más que nunca. Lleva el peso de mucha sangre inocente rota por los tanques y los aviones. Por la metralla indómita de generales y coroneles que se creen más allá del bien y del mal, y por encima de las reglas políticas y democráticas. El valor de la democracia y sus modelos no puede ser rehén de los tanques ni de los sables.

Desgraciadamente, ese país en su última centuria no ha conseguido el antídoto definitivo. Quizás con lo sucedido, todo cambie a partir de ahora. También la actitud de Occidente hacia Ankara. Un país tiene hoy un icono, una imagen. Un hombre tumbado arriesgando su vida ante la barbarie y la sinrazón de mesías que se creen salvadores.


Abel Veiga Copo

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