La ambigüedad humana

La ambigüedad humana

Jünger fue ambiguo. Cohabitaban en su alma compleja el animal de presa y el hombre cultivado.

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18 de julio 2016 , 06:51 p.m.

El hombre participó en las dos guerras que afligieron el siglo XX. Viajero insaciable, llevó una intensa vida social y escribió un grupo de novelas a veces intrincadas entre el realismo y la fantasía. Filósofo, antropólogo, memorialista, experimentó con el LSD junto con Albert Hoffman, Colón del cornezuelo de centeno, y coqueteó con el esoterismo y la astrología en los grupos de Gurdjieff, “el hombre más extraño del siglo”, como nombró Pawuels su biografía del armenio. A quien se atribuye una enorme influencia en la formación del arte y el pensamiento modernos en la pintura de Picasso y la literatura de Joyce y Pound, que alabó el verde de su sopa de cebolla. Todos somos culpables de lo que hacen todos. Escribió Jünger en 1965, pensando en Raskolnikov.

Algunos libros de Ernst Jünger son oscuros o a mí se me resisten. Me consuelo pensando que no tengo que entender a mi inocente edad todo lo que dice uno que vivió 103 años de guerras, expediciones temerarias y en antros de opiómanos eminentes. Nunca se privó del tabaco y el vino contra sus médicos, convencido de que vinimos a vivir y no a durar.

El último libro suyo que leí relata una travesía por el extremo Oriente detrás de un escarabajo del que está enamorado como Nabokov estaba enamorado de las mariposas. Jünger pertenece a la tradición de Goethe y Humboldt. Se asomó a los abismos del alma humana y a la estructura de los cristales, los árboles, las crisálidas. Merece figurar entre los genios de la especie. A pesar de sus opiniones sobre la guerra que llamó espectáculo grandioso, juego noble, experiencia mística. En el espíritu de unos tiempos herederos de Nietzsche y Spengler que valoraron un mítico talante de los arios contra la pacata mansedumbre del cristianismo y la utopía intestinal de los comunistas. Pero la guerra también asombró a Proust. Celeste Albaret evocó en su libro la poderosa impresión que le producían los bombardeos de París, aunque debiera volver a casa lleno de polvo.

Vegetariano por piedad, Jünger fue ambiguo: entre bandidos lo vio París en los clubes de los oficiales de Hitler politiqueando. Pero a veces los cambiaba por los cafés que frecuentaban Cocteau, Gide, Green y Céline para hablar de la poesía y la moral. Cohabitaban en su alma compleja el animal de presa y el hombre cultivado. Acuñó el término ‘siconauta’ para los usuarios de las drogas sicodélicas.

Partidario de una cosa alógica que llamó la revolución conservadora, se declaró enemigo del liberalismo y de los valores de la Revolución francesa con Carl Schmitt, y lo asqueó el antisemitismo nazi pero fue un nacionalista empedernido: la contradicción le impidió acceder al honor del Nobel. La fantasía de la patria.

Jünger es al tiempo una bestia temible y un clérigo amable, espiritualmente interesado en los insectos asiáticos y recogiendo flores en Indochina, Brasil y África para su jardín alemán. Después de cantar la orgía de mierda y sangre de las guerras que prolongaron sobre la civilización cristiana los delirios del honor del animal arcaico que narró Homero. Y que el nazismo quiso incorporar a las tradiciones de Alemania retorciendo la mitología y la historia griega, a veces bajo la guía del autista hipersensible que fue Hölderlin como hizo Heidegger, paradigma del pensador moderno indeciso entre el silencio místico y el canto de sirenas de la horda. Entre la justicia y el consenso plebiscitario.

Vuelto al catolicismo al fin de su vida, Jünger es uno de esos hombres que hacen significativa la historia humana. Es la prueba ácida de que el Mal incuba sombras en los bellos propósitos (no hay paraíso sin serpiente) y supone un hombre venidero con el valor para renunciar al chimpancé simpático y cruel que nos sirve de abuelo y de hirsuto fundamento. A Heidegger le escribió: hoy la teología solicita como una mujerzuela el estatus de ciencia y los filósofos aprenden de los fontaneros. Y previó un día cuando el crimen sea reducido a una estadística impune.


Eduardo Escobar

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