La cotidianidad del terror

La cotidianidad del terror

Los ataques terroristas no han cambiado el espíritu francés ni su 'joie de vivre'.

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18 de julio 2016 , 06:36 p.m.

El estado de ánimo en París está decaído después del tercer ataque terrorista en dieciocho meses, pero de ninguna manera los franceses se sienten derrotados. La masacre de inocentes en Niza del 14 de julio ha calado hondo en la mente de los franceses, que se preguntan si el Estado francés es capaz de defenderlos, al tiempo que redoblan su convicción de que hay que ganar esta guerra. Las sirenas de las patrullas que se oyen por toda la ciudad causan desasosiego, y el consuelo es pensar que están haciendo su trabajo. Las revisiones de bolsas y bolsillos antes de entrar a la catedral de Notre Dame o la torre Eiffel son molestas, pero no más que las interminables filas antes de entrar a un aeropuerto en Los Ángeles.

El estado de inquietud e incertidumbre que se siente en todo el mundo es la nueva realidad en la que vivimos, y de nada sirve argumentar, con razón, que los desastres naturales causan más daño que casi cualquier acto terrorista. La costumbre nos ha familiarizado con horrores de la naturaleza, huracanes, terremotos o tsunamis. También hemos convivido con incendios, inundaciones y sequías, pero estos son males que causan malestares periódicos, mortales a menudo, pero a fin de cuentas manejables. La enorme diferencia es que los ataques terroristas son cometidos por el hombre y contra el hombre en un acto de maldad deliberada.

De nada sirve entender que la probabilidad de que seamos víctimas de la violencia terrorista es sumamente baja. Se ha repetido hasta la saciedad que es más factible morir en un accidente de tráfico o de un ataque al corazón durmiendo en tu cama que por un atentado terrorista. Hoy, los analistas de riesgos han desarrollado un método de análisis, llamado 'micromort', que mide la probabilidad de morir una muerte no natural en un día aparentemente normal. Volar en avión es relativamente seguro, y el riesgo de morir es menos de 0,5 'micromorts', mientras que el riesgo de no sobrevivir una operación del corazón es altísimo, 16.000. El riesgo de morir en un atentado terrorista es semejante al de morir porque te cae un coco en la cabeza o porque caminas hacia atrás tomándote una selfi. Sin embargo, los atentados crean un problema serio y de difícil solución porque causan terror, un terror que afecta nuestro modo de vida.

Fuera de Irak, Siria o Afganistán, donde los atentados se suceden casi a diario, aunque nadie va de vacaciones a esos países, en Egipto, Turquía, Túnez o Marruecos los efectos de los atentados han sido catastróficos para el turismo y la migración. La falta de seguridad y de trabajo en estos países aumenta las corrientes migratorias a Europa, que a su vez provocan divisiones políticas entre quienes entienden el predicamento de los que buscan asilo y de quienes quieren conservar el carácter tradicional, cultural y racial de sus países.

En Francia hay además profundas divisiones políticas entre una izquierda enojada porque el Estado de bienestar y las reivindicaciones laborales que los sindicatos han ganado se están desmoronando; mientras que la centroderecha está enojada porque, según ellos, el país no avanza hacia el siglo 21 a la velocidad adecuada, y le reclama a la izquierda que haya hecho de la huelga el deporte nacional. Por otro lado, la ultraderecha culpa a los inmigrantes del malestar nacional y promete falsamente que con sus políticas Francia volverá a sus glorias imperiales no con un Napoleón revivido, sino con una mujer que es el alma gemela de Donald Trump por su carácter racista, autoritario y demagógicamente populista.

Cualquiera que sea el caso, para mí la Francia de hoy sigue siendo la misma que descubrí hace justo 50 años como la cuna de la civilización moderna y la inventora del 'joie de vivre'.

Sergio Muñoz Bata

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