Turquía: la amenaza sigue

Turquía: la amenaza sigue

La labor de la comunidad internacional, de la sociedad civil, entre otros, no terminó el sábado.

17 de julio 2016 , 11:05 p.m.

Si la preocupación de la comunidad internacional el viernes en la noche era por la amenaza que para la democracia turca suponía el golpe de Estado en curso, hoy es por qué tan maltrecha resultará esta tras la virulenta manera como el régimen de Recep Tayyip Erdogan la ha emprendido contra todo aquel sospechoso de haber participado en la iniciativa.

Para la historia ya quedaron los sucesos de los últimos días. Los cronistas dirán que un sector del Ejército –tradicional guardián de la laicidad desde tiempos de Ataturk–, inconforme con el marcado islamismo de Erdogan y con el giro que este le ha dado a su gobierno rumbo al totalitarismo, intentó deponerlo utilizando una metodología que en otras ocasiones funcionó en su país, pero que esta vez se encontró de frente con nuevas realidades. Aquellas de la tecnología, sí, pero sobre todo de una cultura política mucho más robusta, con un compromiso sólido –quedó muy claro el viernes– con la democracia, más allá de las tensiones y fracturas que en ella puedan existir (y sí que existen).

Y fracasaron. Buena noticia, no obstante el dolor por la muerte de 290 personas, muchas de ellas militares golpistas. Al tiempo que lamentó el derramamiento de sangre, la comunidad internacional mostró satisfacción por el hecho de que en esta nación, crucial en este momento para el ajedrez geopolítico –sin el concurso de Turquía es muy difícil una derrota militar de ISIS–, se mantuviera en el poder el líder por el que votó la gente.

Una satisfacción que rápidamente hizo el tránsito a prevención. Y es que por más reprochable que sea una intentona como la del viernes, esta no justifica una respuesta por fuera de la legalidad e incluso de los derechos fundamentales de las personas. Ya son 839 militares en los calabozos, y 426 jueces y magistrados están tras las rejas; 2.475 magistrados y fiscales han sido suspendidos de sus cargos. El mismo Erdogan ha abogado por el regreso de la pena de muerte.

Paradójico, tal vez, pero es claro a estas alturas que la labor de la comunidad internacional, de la sociedad civil en dicho país, entre otros, no terminó el sábado en la madrugada. Debe seguir, para evitar que la democracia turca quede reducida a su mínima expresión.

EDITORIAL

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