El carpintero que es uno de los lutieres más prestigiosos del país

El carpintero que es uno de los lutieres más prestigiosos del país

Pablo Rueda dijo no a la música y se dedicó a fabricar instrumentos para reconocidos artistas.

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17 de julio 2016 , 10:42 p.m.

El ruido de la ciudad se cuela por la ventana y se confunde con el sonido rasposo de la madera contra la lija. En el segundo piso, un coro mudo de tiples y bandolas colgados en la pared presencia atónito el trabajo de un artesano. El edificio esquinero, de ladrillos rojos descoloridos, domina el paso peatonal de la carrera 54 con 74 (de Bogotá) que da acceso a un parque. Allí se graduó como lutier Pablo Hernán Rueda, uno de los fabricantes de instrumentos más reconocidos del país.

Mediodía. El maestro apaga la lijadora y se sacude la camisa que alguna vez fue blanca. Tiene el pelo gris, lentes rectangulares y manos secas y nudosas. La falange distal (punta) del dedo corazón de la mano izquierda la perdió hace cuatro años al cortarla con la sierra circular que él mismo construyó.

Pablo sabe muy bien que hay un riesgo inevitable al trabajar la madera: el exceso de confianza es fatal y puede hacer que una tarea cientos de veces ejecutada termine en un percance si la mente está en otro lado. La incapacidad fue una difícil prueba: estuvo medio año en casa, lejos de sus herramientas. Al verlo abatido, Diego, el menor de sus tres hijos, decidió seguir más de cerca el oficio que por años ha sido sustento vital de los Rueda.

Cuando Diego apenas balbuceaba palabras, Pablo lo mantenía alejado de las máquinas y el aserrín por miedo a un accidente. Dieciocho años después, Diego reemplazó la máquina por una sierra nueva, profesional y segura, un gesto con el que pareció firmar su compromiso con el oficio paterno.

Pablo habla pausadamente. Bogotá ha sido su hogar casi toda la vida, pero suele regresar cada año a la casa familiar en La Palma (Cundinamarca). Allí, Ana Cleofe, su abuela, lo sentaba frente a la casa, a oír por el parlante la música que ponía el cura del pueblo todas las tardes. La canción más sonada era Tristezas del alma, o eso recuerda hoy, sesenta años más tarde.

Los domingos después de la misa, la abuela encendía su transistor y buscaba estaciones que programaran música colombiana. Ese es todo el bagaje musical que recuerda.

Ya adolescente, se prendó de esos objetos mágicos que producen sonidos: guitarras, tiples, requintos, bandolas. Un amor que empezó por casualidad.

***
El gestor de la historia fue un hombre llamado Ciro Alfonso Calvo, oriundo de Yacopí, quien viajó a la capital a buscarse la vida. Era hábil con las manos y consiguió trabajo como jornalero en Ferrocarriles Nacionales.

Desde niño cargó con su talento para tocar el tiple y la bandola. Con maña autodidacta, empezó a fabricar sus propios instrumentos. Los terminaba, ensayaba coplas inventadas y tocaba en la tienda para bañarse de aplausos.

Eran comunes las chicherías en las que se reunían los bogotanos de mitad de siglo, los de ruana y sombrero, a tocar pasillos y bambucos. La música era el vehículo para hacer amigos, conquistar amores y sanar desamores. Se dio cuenta de que quien hace de la música su pasaje al mundo tiene acceso a cualquier lugar. Y decidió abrir, a mediados de los 60, un taller de fabricación de tiples y bandolas en el barrio Centenario.

Un día de marzo de 1967 llegó a su casa un muchacho bajito y entrador: Pablo Rueda. El desconocido, hijo de su media hermana, le pidió trabajo. Le dijo que no tenía con qué pagarle y el joven propuso: “Deme para almorzar y le colaboro con lo que haya que hacer”. Empezó a hacer mandados, barría, recogía viruta y miraba de reojo el trabajo del tío.

Al ver que Ciro tenía tantos amigos, y que los instrumentos eran tan bonitos y sonaban tan bueno, se interesó en aprender. Su tío era un artesano muy pulido y si algo no quedaba bien, lo destruía y repetía todo el proceso.

Ciro Alfonso era un tipo “medio fregado”, pero Pablo le tenía más respeto que miedo. Entendía su trabajo como el terreno más elevado de la carpintería: hacía muebles que producían música.

Si Ciro era diestro para tocar, Pablo ni se molestó en intentarlo. Le admiraba el talento y se propuso aprenderle, excepto la cosa bohemia. Muchas veces Ciro hacía un instrumento solo para ir a la tienda a tocar y tomarse un trago.
Pablo tuvo el chance de aprender con Darío Garzón (del famoso dueto Garzón y Collazos), cliente asiduo del tío, pero prefirió quedarse en el taller acumulando polvo y destreza. (Lea también: Una herencia de serenatas)

Pronto armó su primer instrumento. Era un tiple clásico con tapa de cedro por el que Ciro cobró 80 pesos, suma que Pablo jamás había visto. Era un trabajo que no parecía hecho por un principiante, y él recibió su salario de 2 pesos y medio. Veintidós años después, el tiple volvería a sus manos en un inesperado giro de clavija.

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Listones de madera, cuerdas y polvo convivían en el taller, testigos de la nula camaradería entre tío y sobrino. El carácter recio de Ciro fue minando la confianza de Pablo. La cosa aguantó por cuatro años y medio, hasta 1972.
En medio de la lenta pulida del diapasón de una bandola, el maestro echó del taller al pupilo; le dijo que se fuera porque no había aprendido nada. Herido en su orgullo, Pablo le juró que con el tiempo haría más y mejores instrumentos y que, cuando ese día llegara, Ciro se tragaría sus palabras. A partir de entonces, volverse lutier se le convirtió en un reto.

Pablo enviaba cartas cada mes a su casa en La Palma y cada semana a Luz Marina, su novia, para ponerlos al tanto. Después de rebuscarse el pan en diversos trabajos, dio con Gonzalo Morales a través de viejos clientes del taller. Morales tenía una fábrica mucho más tecnificada, donde armaba piezas uniformes que no dejaban mucho espacio al conocimiento adquirido en el pequeño taller de su tío.

En ese periodo la relación epistolar con ‘Luzma’ terminó en casamiento, a los 22 años de él y los escasos 17 de ella. Se la trajo a Bogotá en 1973 y se instalaron en el barrio 12 de Octubre, muy cerca del taller. Gonzalo murió y dejó a la deriva el negocio. Nadie se interesó y menos Pablo, que no le vio futuro. Salió sin plata, agotado y con la sensación de haber perdido tiempo y esfuerzo.

Pasaron meses. Uno de esos sábados fríos, mientras tomaba el tinto en la cafetería del barrio, Alberto Paredes entró buscándolo. Paredes, modisto y lutier, amigo y socio de Morales, y conocedor de su buena mano, le dijo: “Hermano, no se desperdicie, usted es muy bueno. Véngase conmigo al taller y póngase el sueldo que quiera”. Trabajó con él cuatro años, maduró su técnica y obtuvo más pericia. El dúo se alimentó mutuamente de ‘truquitos’ (porque secretos en esto no hay, según Pablo).

En 1989, Alberto quiso cerrar el taller por problemas de plata. Pablo, con las ganas renovadas y una familia creciendo, pidió que se lo arrendara. Así empezó su propio negocio. A través del voz a voz de amigos, músicos y profesores, fue creándose un nombre. Mandó a hacer tarjetas de presentación en la litografía del barrio: “Pablo Hernán Rueda, fabricante de instrumentos”.

En su taller, decidió combinar sus experiencias: no trabaja en serie como una fábrica, pero tampoco vive de encargos pues comprometen a la gente y la ‘embalan’ con un instrumento que al final se verán obligados a llevarse. Sabe que hay variables en la fabricación que no se pueden controlar para conseguir un sonido final y el resultado es subjetivo para cada músico.

Es un proceso sordo, y solo cuando el intérprete tiene el instrumento en sus manos, siente su peso, afina la tensión de las cuerdas y las uñas rasgan por primera vez, se sabe si músico y herramienta serán uno solo.

Si Pablo hace veinte tiples siguiendo el mismo patrón, es imposible que den el mismo sonido. Por el tipo de madera, por una lijada de más, incluso por el estado de ánimo: “Si estoy de mal genio, no hago instrumentos. Si algo me dio rabia, voy por mi tinto y vuelvo”. La madera está viva y pide respeto.

Hay que escoger tablones con vetas gemelas, maderas secas y sin nudos, dimensiones precisas y durezas adecuadas. En el taller reciben desde muebles antiguos hasta escombros maderables de demoliciones.

Alguien tocará esa bandola hecha con la puerta de cedro abandonada después de pasar por las manos de un lutier. Debe unir las tapas con paciencia, dominar el formón que desbasta los bordes de las barras armónicas, las cuales dirigirán el sonido hacia la boca. Ejercer esa delicada fuerza al curvar la lámina rígida de la madera con el calor y la humedad adecuados para darle forma al aro del instrumento.

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En un día de 1994 entró al taller una cara conocida. La viuda de Darío Garzón llevaba un tiple en cedro con la roseta rota y las clavijas vencidas. Pablo examinó el instrumento y sin dudar le propuso darle un tiple nuevo en lugar de reparar el daño.

La mujer, extrañada, le explicó que ese tiple era un regalo de su difunto esposo, quien se lo había comprado a Ciro Calvo, y que no quería cambiarlo. “Mi señora, este tiple es el primero que hice. Mire mi nombre ahí adentro”, le dijo Pablo y le mostró una marca a lápiz en la cara interna. La viuda lo felicitó por la calidad del instrumento y aceptó el cambalache con cierta nostalgia.

En octubre de ese mismo año, vio a un hombre en la mitad del parque de la 54 con 74, en el barrio Jorge Eliécer Gaitán. Lo reconoció al instante. Se trataba de Ciro, su tío.

Impactado, se acercó. Habían pasado veinte años sin saber de él, pues Ciro era orgulloso. No sabía si decirle tío o don Ciro, ni si se había equivocado de barrio y era una coincidencia o lo estaba buscando. Le temblaban las piernas. Por fin, Ciro dijo: “Mijo... ¿será que nos damos un abrazo?”. Se abrazaron y lloraron. Ciro rompió el abrazo y le extendió la mano. “Vengo a reconocer que me superó de lejos y lo felicito. Lo que prometió lo cumplió: que iba a ser mejor que yo”. Pablo concluye: “Ese día me sentí lutier. Ese día recibí mi grado”.

Se tomaron las cervezas que nunca habían compartido, Ciro se emborrachó una vez más y Pablo, ebrio de orgullo, lo dejó dormir en su taller. Vivió dos años más y se convirtieron en grandes amigos. Pablo le conseguía material y le colaboraba en su pequeño taller del centro. Ese día las dudas se lijaron del todo.

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Para Pablo, ‘lutier es un nombre que se gana mediante el reconocimiento de los músicos, de un trabajo arduo y constante. A esta altura, tiene una colección incomparable de discos autografiados por muchos artistas, todos regalados. La mayoría de tiplistas tiene instrumentos Pablo Hernán: Óscar Santafé, Gustavo Adolfo Rengifo, Luis ‘El Negro’ Parra, Fáber Grajales...

‘Pablo Hernán’ es también el título de un bambuco que se ha vuelto popular en la academia. Es un solo de tiple de una alta dificultad técnica, y dicen que podría ser el examen final del último semestre. Es obra de Juan Pablo Hernández, compositor y gestor cultural, sobreviviente de la tragedia de Armero, a quien Pablo recibió en su casa después de que lo perdió todo.

El bambuco fue su forma inmortal de agradecerle. El lutier guarda las partituras como un tesoro. “Que un muchacho que está empezando o alguien ya consolidado diga que el que se dispone a interpretar es el mejor instrumento y que fue fabricado por Pablo Hernán Rueda da una satisfacción muy grande”. Asiste a cuanto festival de música lo invitan, y en cada lugar su esposa Luz reparte las nuevas tarjetas de presentación: “Pablo Hernán Rueda - Lutier”.

Es la hora del almuerzo, el polvo se ha aplacado sobre los muebles y el silencio ha vuelto. Un corredor mal iluminado conduce a una oficina adaptada como bodega y dormitorio. Todos los días Pablo extiende la hamaca en el cuarto, entre tiples apilados, instrumentos colgados en las paredes, retazos de madera, anchos tablones de muebles desechados y un arpa llanera que ocupa gran parte del espacio. Una vieja bandola hecha por el tío Ciro descansa contra la pared en perfecto estado. La siesta es innegociable a esa hora de la tarde.

Juan F. Almonacid*
Para EL TIEMPO
Crónica ganadora del segundo taller de crónica del Fondo de Cultura Económica.

 

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