La utopía perseguida / Séptimo arte

La utopía perseguida / Séptimo arte

El cinéfilo cuenta con muchas opciones para acercarse, con oportunidad, al cine que quiere ver.

16 de julio 2016 , 08:01 p.m.

Jimmy’s Hall, el penúltimo filme de Ken Loach, llega a nuestras pantallas con dos años de atraso, como si los distribuidores de cine pensaran que el acceso a las películas es el mismo de hace cuarenta años, cuando se dependía exclusivamente de su voluntad y capricho, y había que agradecer que estrenaran un filme así fuera con un lustro de retraso. Ya no. Ya el cinéfilo cuenta con muchas opciones para acercarse, con oportunidad, al cine que quiere ver.

El bochorno que causa este estreno tardío es mayor en la medida en que sabemos que Loach no solo ya realizó otra cinta posterior a esta, sino que además con ella ganó la Palma de oro en Cannes este año. La película que deberíamos estar viendo es esa –I, Daniel Blake– y no la que dirigió antes.

Jimmy’s Hall se enmarca en un tema que ya este veterano director británico ha abordado antes como es el de la historia política de Irlanda en las primeras décadas del siglo XX. La premiada El viento que acaricia el prado (2006) nos situó durante la guerra de independencia contra los ingleses y la guerra civil subsiguiente, mientras Jimmy’s Hall ocurre en 1932 en un periodo de aparente calma, con un nuevo gobierno en el poder. Se trata de una biopic basada en la vida adulta de James Gralton (1886-1945), un irlandés comunista que emigró a Estados Unidos en los años veinte y que posteriormente, tras volver a Irlanda, se convertiría en el primer irlandés deportado de su propia patria.

Gralton había puesto en pie un salón comunal edificado en un terreno de su propiedad, pero al momento de irse a Norteamérica fue abandonado.

Al regresar lo convencen de volverlo a poner a funcionar, como una forma de dar entretenimiento y cultura a la comunidad, pese a suponer que será motivo de crítica y persecución.

Loach no oculta sus ideas de izquierda ni pretende ser objetivo en su descripción de la labor de Jimmy Gralton, al que vemos fundando un paraíso utópico donde la gente aprende canto, boxeo, baile y apreciación literaria, mientras afuera la Iglesia católica, los terratenientes y la derecha fascista lo ven como un enemigo peligroso al que hay que detener.

Tan maniquea postura termina por afectar la credibilidad del filme, reducido a un duelo entre un David y varios Goliats. Solo en el Antiguo Testamento esa lucha tuvo un buen final.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A
Especial para EL TIEMPO

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