Sexo con Esther/ El delicioso sexo de alto vuelo

Sexo con Esther/ El delicioso sexo de alto vuelo

Hacerlo en un avión privado no tiene ninguna gracia porque carece de adrenalina.

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16 de julio 2016 , 07:08 p.m.

Tener sexo en un avión en vuelo es una respuesta que, recurrentemente, aparece a la hora de preguntar por fantasías que involucren el departamento inferior del cuerpo, por igual en hombres y en mujeres.

Aunque, en lo personal, la idea me parece una más en el gigantesco espectro de posibilidades para el aquello fuera del catre, lo cierto es que algunas personas llegan, incluso, a fabricar historias falsas en la cuales se cuentan como protagonistas de un polvo aéreo, solo con la intención de que se les considere socios del Mile High Club, reconocimiento reservado solo para quienes se han dedicado al aquello en un avión de línea.

Y esto último es muy importante, según el riguroso estatuto de este club de la milla, porque hacerlo en un avión privado simplemente no tiene ninguna gracia, al parecer porque carece de la adrenalina que implica esquivar todos los riesgos y miradas que conlleva el sexo en un lugar público, confinado y además de una incomodidad suprema.

De ahí que, en estos tiempos que corren, no faltan quienes quieren explotar esta curiosidad y se las ingenien para ofrecer la posibilidad de tener faenas sexuales entre las nubes a cambio de unos pesos.

Ahora, si bien el hecho de que las faenas sexuales sean permitidas, acordadas y además pagadas le quitan el encanto que tiene el polvo en medio de una tracalada de pasajeros en clase económica, lo cierto es que los moteles del aire, parecen tomar vuelo.

De hecho, Flamingo Air, una empresa de vuelos charter de Cincinnati, ofrece por 495 dólares un viaje de una hora para que las parejas –en una cabina acondicionada– se puedan revolcar y buscar orgasmos entre las nubes.

El dueño de esta, como es natural, aclara, que el negocio está basado en el amor y no en el sexo puro y duro, tanto que para reafirmarlo dice que, como la mayoría de las reservas son hechas por mujeres, el precio incluye chocolates, champaña y una buena dosis de cojines.

“A ellas les gustan el romance y los detalles”, dice David McDonald.

Pues me parece que McDonald recurre al discurso romantiquero para disfrazar la esencia de su negocio. Nadie va a pagar casi 500 dólares para subirse a una avioneta a comer chocolates y a atisbar desde allá el horizonte. Para eso están los aviones corrientes. Flamingo Air clasifica en la modalidad de moteles con alas; al igual que en tierra, estos espacios están destinados al sexo puro y duro. Ahora: la champaña es bienvenida para brindar en caso de que el asunto haya sido apoteósico.

En fin, cada quien con lo suyo. Ni más faltaba que esto fuera censurable, por el contrario, todo lo que favorezca una sexualidad plena, vale la pena aplaudirla.

Insisto en que si el deseo es genuino y el otro está dispuesto a experimentar algo nuevo, pues se vale. El sexo ha de ser, ante todo, divertido y placentero.

A fórmulas como esta tendrían que animarse a recurrir esas parejas que se conocen en el catre desde hace años. No se me ocurre una forma más divertida de espantar la corrosiva monotonía. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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