Las mil batallas sociales del padre Fabio Estupiñán

Las mil batallas sociales del padre Fabio Estupiñán

Rescató niños y jóvenes de la guerra, y ayudó a los más vulnerables de Ciudad Bolívar y La Guajira.

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15 de julio 2016 , 08:24 p.m.

En sus 19 años de labor social y religiosa en diferentes regiones de Colombia, el sacerdote boyacense Fabio Estupiñán ha vivido de cerca el drama de las víctimas de la guerra y de la violencia en el país: los desplazados, los niños reclutados por la guerrilla y por bandas delincuenciales, los pequeños que no tienen qué comer y los despojados de sus tierras. También ha conocido el drama de cientos de adolescentes y jóvenes que terminaron privados de su libertad por cometer delitos.

Son 5.000 los niños y jóvenes beneficiados con la obra de este sacerdote, nacido en el municipio de Güicán, en el norte de Boyacá, y quien comenzó su carrera de religioso cuando apenas tenía 14 años. (Lea también: Los profesores que sembraron la paz en Jerusalén, en el sur de Bogotá)

A esa edad ingresó al Seminario Menor La Milagrosa, en la vecina población de Chita, y más adelante se vinculó a la orden religiosa de los Somascos, una congregación fundada por el santo italiano Jerónimo Emiliani en 1568 y presente en Colombia desde 1964. La misión principal de esta comunidad es la asistencia a los niños y jóvenes desamparados.

En diferentes etapas de su vida, Estupiñán se ha dedicado a una obra en especial. Y hoy, fruto de toda esa experiencia social –por la que ha llegado a estar amenazado de muerte– nació una fundación que lleva su nombre, en la localidad bogotana de Ciudad Bolívar: la Fundación Padre Fabio.

Hace ocho años, recuerda, llegó hasta este sector capitalino, uno de los más pobres de la ciudad, donde aterrizó después de dos años de labores en Ecuador. Tuvo que refugiarse en el país vecino después de recibir amenazas de muerte de la guerrilla y del grupo delincuencial ‘Águilas Negras’, debido a su trabajo con los niños desvinculados del conflicto armado.

Esa obra nació como una sociedad con el nombre de Amigos de San Jerónimo, con el apoyo de cerca de 60 empresarios de los sectores público y privado, además de organizaciones, fundaciones y personajes reconocidos del país.

“Esta sociedad, que ahora se convierte en fundación, se seguirá enfocando en ayudar a solucionar los problemas de educación, servicios básicos y seguridad alimentaria con los niños, jóvenes, adultos mayores y desplazados en situación de vulnerabilidad”, comenta el padre, de 48 años de edad, y explica que el campo de acción de la fundación no solo se limita a Ciudad Bolívar. También llega a La Guajira, donde viene haciendo presencia desde el 2015 en programas de seguridad alimentaria con 1.300 niños y jóvenes de Manaure, Uribia y Maicao.

De Ciudad Bolívar, dice, lo que más le preocupa, además de la pobreza, es que la mayoría de sus habitantes son desplazados por la violencia de diferentes regiones del país. Y, por tanto, viven desterrados y en muy malas condiciones.

“Y lo más preocupante de La Guajira es que muchos niños han muerto de hambre. Y no es solo por la falta de lluvia o por la extrema sequía, sino por la desigualdad y la corrupción a la que se enfrentan este y otros territorios del país”, agregó el religioso. (Además: Operativos de seguridad en Ciudad Bolívar llegarán a otras localidades)

Con toda la energía puesta en ambos rincones del país, hace un llamado a las personas y organizaciones que quieran vincularse a este apostolado social. Y evoca el pasado, no tan lejano, cuando se dedicaba a ayudar a los niños de la guerra y a los menores infractores.

‘Los niños de la guerra’

En 1997, tras terminar su formación en el seminario, fue enviado a Nariño para trabajar en la entonces cárcel de menores Santo Ángel, en Pasto. “Nunca me sentí preparado para ir a ese lugar, sabía que las condiciones a las que me enfrentaba eran difíciles. De hecho, me sentí frustrado porque ir allí significaba vivir y recibir cada a día a jóvenes drogadictos, viciosos e, incluso, asesinos”, evoca. Pero allí estuvo tres años y terminó convertido no solo en asesor espiritual sino en un amigo. “Esa experiencia impactó mi vida”, dice.

De Pasto partió para Roma, en 1999, donde estudió ciencias de la educación en la Pontificia Universidad Salesiana. En la capital italiana, además, fue confesor de jóvenes de la cárcel de menores la Casal del Marmo durante dos años.

Cuando regresó a Colombia, a finales del 2001, se radicó en Tunja y su misión era formar nuevos sacerdotes en el Centro Juvenil Emiliani (institución perteneciente a la Orden de los Somascos). Pero, estando allí, surgió una inesperada misión.

“Durante esa época, madres y padres empezaron a buscarme debido a la pérdida o desaparición de sus hijos, sobrinos o nietos, a quienes se habían llevado los grupos armados”, evoca. Estas personas venían del norte de Boyacá, de poblaciones como Güicán, La Uvita, Cubará o el Cocuy, lugares azotados fuertemente por la guerra.

Al conocer esas historias decidió conformar un hogar, en la capital boyacense, con el fin de proteger a niños y jóvenes en riesgo de ser reclutados por grupos armados ilegales. La llamó Casa Hijos de Güicá’, y allí llegó a proteger a 28 jóvenes, entre ellos al hermano de un temido líder guerrillero de la región.

Gracias a esa labor, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) lo buscó para que creara en Tunja tres hogares de ayuda para menores de edad desvinculados de la guerra. Fueron 100 niños y jóvenes los que recibieron su ayuda y de quienes escuchó las historias más dolorosas, tristes y aberrantes: la crueldad de cambiar los juguetes y los cuadernos por un fusil.

Entonces, en el 2007, tuvo que salir del país por las amenazas de la guerrilla y de grupos armados ilegales. Lo querían matar por haber acogido a los pequeños combatientes. Fue entonces cuando se fue a vivir a Ecuador.

“A estos niños, el conflicto armado les ha robado su infancia, su libertad, su vida. Y aunque es difícil, con apoyo pueden salir adelante y superar el pasado. Merecen una nueva oportunidad”, dice.

Aunque en esta nueva etapa de su vida está enfocado en la obra que desarrolla en Ciudad Bolívar y La Guajira, no descarta volver a trabajar con ellos.

“Estoy enfocado por ahora en esta población. En esos grupos, por supuesto, hay víctimas de la guerra y desvinculados, pero trabajaré con todos por igual”, puntualizó el sacerdote.

Quienes quieran ayudar

Los interesados en ser voluntarios o unirse a la labor del padre Fabio pueden entregar sus ayudas en la sede de Bogotá, calle 92 n.° 58-27, llamando al teléfono 3057845914 o haciendo donaciones en el Banco Colpatria, a la cuenta de ahorros 4602005730 a nombre de la Fundación Padre Fabio.

JENIFER BORDA
Para EL TIEMPO

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