Editorial: El mundo, en vilo

Editorial: El mundo, en vilo

Tendemos a olvidar la fragilidad humana, pero la idea detrás del terrorismo es recordárnosla.

15 de julio 2016 , 07:37 p.m.

Han sido dos años espeluznantes para Francia. El mundo se ha solidarizado con sus tragedias desde que sucedió la matanza en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, y ha sido claro que gran parte de la humanidad defiende la vida por encima de cualquier ideología y rechaza tajantemente el fundamentalismo, pero la compasión no ha conseguido sustituir el miedo ni la incertidumbre que se experimentan luego de escenas tan violentas, tan difíciles de digerir, tan reveladoras de lo peor de lo humano como la que se vivió este jueves 14 de julio en la noche en el paseo de los Ingleses, de la ciudad de Niza.

Luego de la celebración del día nacional de Francia, que no es solo la celebración de la revolución que transformó el mundo, sino el festejo de la unidad de los franceses, un camión conducido por un repartidor tunecino –al que sus vecinos describieron como un hombre irascible que no devolvía sus saludos– se fue a toda velocidad contra las personas desprevenidas que acababan de ser testigos de los fuegos artificiales. De ese modo, con una decisión que era maldad pura, el chofer fue capaz de asesinar a 84 seres humanos y de herir a 50 más, viejos, adultos y niños.

Las imágenes, que en estos tiempos llegan de inmediato y documentan el horror cuando ni siquiera ha terminado de pasar, prueban la desesperación y la angustia que vivieron miles de inocentes. Tendemos a olvidar la fragilidad humana, porque tenerla presente día a día paraliza a cualquiera, pero la idea detrás del terrorismo es recordárnosla, ponérnosla presente para que entremos en el juego del miedo y pidamos a los gobiernos de turno que declaren una guerra para protegernos.

El presidente francés, François Hollande, de inmediato manifestó que su país no se dejará intimidar, que no cejará en su empeño de combatir a las fuerzas terroristas del Estado Islámico en Siria e Irak, y se fue al lugar de los hechos para dejar en claro que Francia no ha sido derrotada. Los líderes del mundo repitieron no solo lo que se suele repetir en estos casos, sino lo que se debe repetir cuando se da en el mundo otro ejemplo de toda la maldad de la que es capaz el hombre. Quedó patente que no se puede caer en la trampa de pensar que los musulmanes son los enemigos, pero también que la religión de cualquier terrorista es el terrorismo, la violencia que no tiene justificación y que es el fracaso de la especie.

Es evidente que el inclemente Estado Islámico –cuya relación con este hecho no es clara– ha sido el resultado de las muchas guerras que se han librado en Oriente Próximo, y que buena parte de la solución es el respeto de las culturas y las religiones ajenas. También el rechazo a los fundamentalismos, que en últimas reducen a los otros a enemigos sin nombres ni apellidos, y el enfrentamiento contra los nacionalismos, que han servido de pretexto para tantas guerras devastadoras y parecerían estar tomando fuerza una vez más en ciertos países europeos. Pero esta solidaridad con las víctimas y este dolor humano que se despiertan en todo el mundo deben seguir sirviendo también para no perder de vista la necesidad de sociedades más equitativas y para redescubrir la vocación a la vida.

editorial@eltiempo.com

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