La pasión

La pasión

Debemos dejar de creer nuestras propias mentiras y opinar más con la cabeza y menos con el corazón.

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15 de julio 2016 , 06:12 p.m.

Por un lado, hay personas que menosprecian a Nairo Quintana por no ser líder sobrado del Tour, y por el otro, un ejército de gente que no aguanta una duda, un mal comentario, un chiste sobre el ciclista y sale a defenderlo, como si lo necesitara. Es intocable porque somos de extremos: al que protegemos un día lo acabamos al siguiente porque nos falló, y al no hacer lo que nosotros esperábamos de él, rompió nuestros sueños. La forma en que opinamos sobre Nairo demuestra lo pobres que somos de bolsillo, cabeza, logros e ídolos.

Y no pasa solo con él. Cuando se meten con algo que nos gusta, contraatacamos con furia. Haga dudar a alguien de lo que cree y, más allá del calibre o intención de su apunte, recibirá una andanada de insultos sin argumentos. Hace poco vi un partido de la Selección Colombia en un bar, y ante cada gol del equipo los asistentes no celebraban, sino que insultaban al rival, que, obvio, no los oía, pero igual había que humillarlo, como si el mundo les debiera algo y tuvieran que vengarse con lo primero que encuentran a la mano.

Viendo el juego, y oyendo luego los comentarios encontrados sobre Nairo Quintana, casi todos extremistas, pocos con reflexión, me quedó la idea de que no estamos preparados para la paz, que no tiene nada que ver con que el Gobierno firme un acuerdo con un grupo armado. Vean lo que pasó con la muerte de un torero la semana pasada. Varios salieron a celebrarlo, se declararon felices y hasta se lo restregaron a la esposa del torero. Esos que dicen respetar la vida de un animal terminaron despreciando la de una persona solo porque hace algo que a ellos no les gusta. Querer a un animal no tiene nada que ver con alegrarse por el fallecimiento de alguien. Eso no es amor ni es justicia, es odio y sed de venganza.

Los defensores de Quintana, que, insisto, son inútiles porque un pedazo de deportista como él puede defenderse solo, argumentan por ejemplo que no podemos opinar de lo que hace si nunca hemos pedaleado horas, con frío o con sol, mientras las piernas se quieren reventar. Es cierto que el ciclismo es un deporte durísimo, tanto como es falso eso de que no podemos hablar de él si nunca hemos usado una bicicleta. Claro que podemos, si desde la vida de Jesús hasta el ataque terrorista en Niza toda la vida hemos opinado de lo que no sabemos. Es nuestro derecho y también nuestra torpeza.

Vivimos opinando de política y no tenemos idea de lo que en ella ocurre. Afirmamos que tal o cual funcionario es corrupto, que se roba todo, pero si de verdad tuviéramos pistas de sus crímenes ya estaría preso. No sabemos qué pasa con nuestros políticos una vez cierran las puertas del Palacio de Justicia, de la Casa de Nariño, del Congreso, de la sede del partido, de las camionetas blindadas en las que andan, de los restaurantes carísimos donde hacen reuniones y almuerzan con nuestro dinero, el que reciben de sueldo y el que se llevan por derecha. Llegaron ahí con nuestros votos, están en teoría para servir al pueblo y aun así no tenemos idea, pero opinamos sobre ellos, ¿por qué no opinar sobre Nairo?

Nairo Quintana es el mejor ciclista de nuestra historia, uno de los mejores deportistas que ha dado el país y cuando se retire no le van a caber los títulos en la hoja de vida. Quizá no es tan bueno como creemos o no es aún su momento de mayor gloria. Tal vez Froome es de lejos el mejor, o de pronto se dopa y por eso da sopa y seco en la subida, en la bajada y en el plano. Ni idea. Lo que sí sé es que debemos dejar de creer nuestras propias mentiras y opinar más con la cabeza y menos con el corazón, que la pasión, así la hayan sabido explotar con fines publicitarios, no es buena. Te nubla y luego te acaba. Recuerden 1994, cuando íbamos a ser campeones mundiales de fútbol y terminamos organizando un funeral.

Adolfo Zableh Durán

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