¿Qué hacer con los refugiados y el terror que enfrenta Europa?

¿Qué hacer con los refugiados y el terror que enfrenta Europa?

El pensador esloveno Slavoj Zizek analiza en su nuevo libro este dilema del viejo continente.

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14 de julio 2016 , 07:41 p.m.

En su estudio clásico Sobre la muerte y los moribundos, Elisabeth Kübler-Ross postuló el famoso esquema de cinco fases para explicar nuestra reacción cuando nos comunican que sufrimos una enfermedad terminal: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Kübler-Ross aplicó esas fases a cualquier forma de pérdida personal catastrófica (quedarse sin trabajo, la muerte de un ser amado, el divorcio, la drogadicción) y también recalcó que no tienen por qué darse necesariamente en el mismo orden, ni los pacientes tampoco tienen por qué experimentar los cinco estadios. (Lea: Unicef propone usar el WhatsApp para identificar a refugiados)

En la Europa occidental de hoy, la reacción de las autoridades y de la opinión pública parece constar de una combinación parecida de reacciones dispares. Encontramos (cada vez menos) la negación: “No es tan grave, lo mejor es no hacer caso”. Encontramos la ira: “Los refugiados son una amenaza para nuestro modo de vida y, además, entre ellos se ocultan fundamentalistas musulmanes: ¡hay que detenerlos a cualquier precio!”. Encontramos la negociación:

“Muy bien, ¡establezcamos cuotas y apoyemos los campos de refugiados en sus países!”. Encontramos la depresión: “¡Estamos perdidos, Europa se está convirtiendo en Europastán!”. Lo que nos falta es la aceptación, que en este caso significaría un plan europeo coherente para enfrentarse al problema.

Los ataques terroristas del viernes 13 de noviembre del 2015 en París complicaron aún más las cosas. Sí, deberíamos condenarlos sin paliativos, pero... Nada de peros: habría que condenarlos radicalmente, sin atenuantes, para lo cual se necesita algo más que el simple espectáculo patético de la solidaridad de todos nosotros (la gente libre, democrática y civilizada) contra el criminal Monstruo Islamista.

Hay algo extraño en las solemnes declaraciones según las cuales estamos en guerra con el Estado Islámico (EI): todas las superpotencias del mundo contra una banda religiosa que controla una pequeña extensión de tierra, en su mayor parte desértica... Lo cual no significa que no debamos centrarnos en destruir el EI, sin condiciones, sin ningún pero.

El único pero es que deberíamos centrarnos de verdad en destruirlo, y para ello hace falta mucho más que patéticas declaraciones y llamamientos a la solidaridad de todas las fuerzas ‘civilizadas’ contra el demonizado enemigo fundamentalista. Lo que debemos evitar es embarcarnos en la típica letanía de la izquierda liberal de que “no se puede combatir el terror con el terror; la violencia solo engendra violencia”. Ha llegado el momento de empezar a plantear cuestiones desagradables: ¿cómo es posible que el EI exista, sobreviva? Todos sabemos que, a pesar de la condena formal y el rechazo generalizados, existen fuerzas y estados que en silencio no solo lo toleran, sino que lo ayudan.

Tal como señaló recientemente David Graeber: si Turquía hubiera establecido un bloqueo absoluto en los territorios del EI, igual que ha hecho en las zonas de Siria controladas por los kurdos, y hubiera mostrado la misma “negligencia benigna” hacia el PKK y las YPG que ha mostrado hacia el EI, este se hubiera derrumbado hace tiempo, y es probable que los atentados de París no hubieran ocurrido. Algo parecido sucede en otras partes de la región: Arabia Saudí, aliado clave de Estados Unidos, se alegra de que el EI combata al islam chiita, e incluso Israel se muestra sospechosamente tibio en su condena del EI, fruto de un cálculo oportunista (el EI combate a las fuerzas chiitas proiraníes, que Israel considera su principal enemigo).

El acuerdo sobre los refugiados alcanzado por la Unión Europea y Turquía, que se anunció al final de noviembre del 2015 –Turquía pondrá freno al flujo de refugiados hacia Europa a cambio de una generosa ayuda económica, que de entrada será de 3.000 millones de euros–, es un gesto vergonzosamente desagradable, una auténtica catástrofe ética y política. ¿Así es como va a llevarse la “guerra contra el terror”, sucumbiendo al chantaje turco y recompensando a uno de los principales culpables de la expansión del EI en Siria? (Lea también: Las razones por las que el terrorismo se ensaña con Turquía)

Este confuso contexto deja bien claro que la “guerra total” contra el EI no se debería tomar en serio: los grandes guerreros no van a por todas. Nos hallamos en medio de un choque de civilizaciones (el Occidente cristiano contra el islam radicalizado), pero de hecho los choques ocurren dentro de cada civilización: en el espacio cristiano tenemos a Estados Unidos y Europa occidental contra Rusia; en el espacio musulmán tenemos a los sunitas contra los chiitas. La monstruosidad del EI sirve como fetiche para encubrir todas estas luchas, en las que cada bando finge combatirlo para golpear a su auténtico enemigo.

Lo primero que deberíamos destacar en un análisis más serio que vaya más allá de los clichés sobre la “guerra contra el terror” es que los ataques de París fueron una perturbación momentánea y brutal de la vida cotidiana. (Los lugares atacados no representan instituciones militares ni políticas, sino la cultura popular cotidiana: restaurantes, salas de concierto...) Pensemos en la existencia diaria en el Congo, Afganistán, Siria, Iraq, Líbano...: ¿dónde está la indignada solidaridad internacional cuando centenares de personas mueren allí? Deberíamos recordar ahora que vivimos en una ‘cúpula’ en la que la violencia terrorista es una amenaza que estalla de manera esporádica, en contraste con países donde (con la participación o la complicidad de Occidente) la vida cotidiana consiste en un terror y una brutalidad permanentes.

En su obra En el mundo interior del capital, Peter Sloterdijk demuestra cómo, en la globalización actual, el sistema mundial completó su desarrollo y, en cuanto que sistema capitalista, acabó determinando todas las condiciones de vida. El primer signo de esta evolución fue el Crystal Palace de Londres, la sede de la primera exposición universal en 1851: reflejó la inevitable exclusividad de la globalización en cuanto que construcción y expansión de un mundo interior cuyos límites son invisibles, aunque prácticamente insalvables desde fuera, y que está habitado por los 1.500 millones de ganadores de la globalización; esperando en la puerta encontramos a un número de personas tres veces mayor. En consecuencia, “el espacio interior del mundo del capital no es un ágora ni una feria de ventas al aire libre, sino un invernadero que ha arrastrado hacia adentro todo lo que antes era exterior”.

Este interior, construido sobre los excesos capitalistas, lo determina todo: “El hecho primordial de la Edad Moderna no es que la Tierra gire en torno al Sol, sino que el dinero lo haga en torno a la Tierra”. Tras el proceso que transformó el mundo en global, “la vida social solo podía desarrollarse en un interieur ampliado, en un espacio ordenado domésticamente y climatizado artificialmente”. Cuando manda el capitalismo cultural, se reprimen todas las revueltas que modelan el mundo: “Bajo tales condiciones, ya no podrían suceder acontecimientos históricos, en todo caso accidentes domésticos”.

Sloterdijk señaló correctamente que la globalización capitalista no representa tan solo apertura y conquista, sino también un mundo encerrado en sí mismo que separa el interior de su exterior. Los dos aspectos son inseparables: el alcance global del capitalismo se fundamenta en la manera en que introduce una división radical de clases en todo el mundo, separando a los que están protegidos por la esfera de los que quedan fuera de su cobertura.

Los ataques terroristas del 13 de noviembre en París, así como el flujo de refugiados, nos recuerdan por un momento el mundo violento que queda afuera de nuestra Cúpula, un mundo que, para nosotros, los que estamos adentro, aparece sobre todo en reportajes televisivos acerca de lejanos países violentos que no forman parte de nuestra realidad. Por eso es nuestro deber ser plenamente conscientes de la violencia brutal que impera fuera de nuestra Cúpula, no solo religiosa, étnica y política, sino también sexual. En su extraordinario análisis del juicio del atleta sudafricano Oscar Pistorius, Jacqueline Rose señaló que el asesinato de su novia, Reeva Steenkamp, ha de leerse en el complejo contexto del miedo del hombre blanco a la violencia negra, así como también dentro del contexto de la terrible y generalizada violencia contra las mujeres: “En Sudáfrica, cada cuatro minutos se denuncia la violación de una mujer o una chica, a menudo adolescente, y a veces incluso una niña, y cada ocho horas una mujer es asesinada por su pareja. En Sudáfrica ese fenómeno se ha bautizado como ‘feminicidio íntimo’, o, como la periodista y escritora de novelas policiacas Margie Orford denomina al asesinato reiterado de mujeres por todo el país, ‘feminicidio en serie’”.

En ningún momento deberíamos minimizar este fenómeno por considerarlo algo marginal: desde el grupo islamista radical Boko Haram y Robert Mugabe, el presidente de Zimbabue, hasta Putin, la crítica anticolonialista de Occidente se presenta cada vez más como el rechazo de la confusión ‘sexual’ occidental y como la exigencia de que regresemos a la jerarquía sexual tradicional (...).

Pero también deberíamos negarnos tajantemente a extraer la conclusión de que los izquierdistas occidentales deberían llevar a cabo una ‘renuncia estratégica’ y tolerar en silencio la ‘costumbre’ de humillar a las mujeres y a los gais en nombre de una lucha antiimperialista ‘superior’.

¿Qué hacer, entonces, con los cientos de miles de personas desesperadas que aguardan en el norte de África o en las costas de Siria, que huyen de la guerra y el hambre e intentan cruzar el mar y encontrar refugio en Europa? Nos encontramos aquí con dos respuestas principales que representan las dos versiones del chantaje ideológico cuyo objetivo es conseguir que nosotros, los destinatarios, nos sintamos irremisiblemente culpables. Los liberales de izquierda expresan su indignación ante el hecho de que Europa permita que miles de personas se ahoguen en el Mediterráneo: suplican que Europa muestre su solidaridad abriendo las puertas de par en par. Los populistas antiinmigración afirman que deberíamos proteger nuestro modo de vida y dejar que los africanos y árabes solucionen sus problemas solos. Ambas soluciones son malas, pero ¿cuál es la peor? Parafraseando a Stalin, las dos son las peores. (Además: Hoteles para refugiados, la alternativa digna al hacinamiento)

Los mayores hipócritas son aquellos que defienden abrir las fronteras: en su interior saben perfectamente que eso nunca ocurrirá, pues impulsaría una revuelta populista instantánea en Europa. Van de almas bellas que se sienten superiores al mundo corrupto mientras en secreto participan en él: necesitan este mundo corrupto, pues es el único terreno en el que pueden ejercer su superioridad moral. El motivo por el que apelan a nuestra empatía hacia los pobres refugiados que huyen a Europa lo formuló hace un siglo Oscar Wilde en las líneas iniciales de su obra El alma del hombre bajo el socialismo, donde señaló que “en el hombre resulta mucho más fácil suscitar emociones que inteligencia”.

“(Los hombres) se encuentran rodeados de una horrenda pobreza, de una atroz fealdad y de una repulsiva miseria. Es inevitable que se dejen conmover por todo eso. En consecuencia, no es de extrañar que los hombres, con unas intenciones admirables pero erróneas, se dediquen muy seriamente, y también muy sentimentalmente, a la tarea de remediar los males que ven a su alrededor. Pero sus remedios no curan la enfermedad: lo único que hacen es prolongarla. En realidad, puede decirse que sus remedios forman parte integrante de la enfermedad. Por ejemplo, intentan solventar el problema de la pobreza manteniendo vivos a los pobres; o, si no, tal como mantiene cierta escuela avanzada, divirtiendo a los pobres. Pero esto no es ninguna solución: tan solo sirve para agravar el problema.

El único objetivo justo ha de ser construir la sociedad sobre una base tal que la pobreza sea imposible. Y lo cierto es que las virtudes altruistas han impedido la consecución de esa meta”.

Con respecto a los refugiados, esto significa que nuestro objetivo justo debería ser intentar reconstruir la sociedad global de tal modo que los refugiados ya no se vieran obligados a vagar por el mundo. Utópica como puede parecer, esta solución a gran escala es la única realista, y la exhibición de virtudes altruistas nos impide, en última instancia, lograr ese objetivo. Cuanto más tratemos a los refugiados como objeto de ayuda humanitaria, y permitamos que la situación que los obligó a dejar sus países se imponga, más vendrán a Europa, hasta que las tensiones se pongan al rojo vivo, no solo en los países de origen de los refugiados sino también aquí. Así pues, frente a este doble chantaje, volvemos a la gran pregunta leninista: ¿qué hacer?

Acerca del autor

Slavoj ¿i¿ek (Liubliana, Eslovenia, 1949) estudió filosofía en la Universidad de Liubliana y psicoanálisis en la Universidad de París. Es investigador del Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana y profesor en la European Graduate School.

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