El tesoro de 1.400 cámaras que guarda una familia en Bogotá

El tesoro de 1.400 cámaras que guarda una familia en Bogotá

Sus precios oscilan entre 30 y 4.000 dólares. Algunas se usaban para espionaje en la Guerra Fría.

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13 de julio 2016 , 08:57 p.m.

Vamos a meternos a una cueva de Morgan, pero en vez de oro encontraremos cámaras, tesoros que en su vida usted no ha visto.

Cierre los ojos y ponga en blanco su cabeza. ¿Listo? Ok, tocamos la puerta de un apartamento, en el vigésimo piso de un edificio, en pleno Centro Internacional de Bogotá. Nos abre Tulia (74 años), la viuda del coleccionista, que sería lo mismo que decir el Morgan de las cámaras.

Bogotana ella, muy cortés, invita a pasar. De entrada, el lugar rompe lo convencional: a la nevera no le cabe otro imán decorativo; en la sala y contra la pared, un mueble de varios compartimientos acoge decenas de máquinas de coser en miniatura, la mayoría funcionales y coloridas. En la pared contraria, una vitrina llena de pequeños relojes de mesa.

“Hace 35 años que mi esposo, Urias, empezó a coleccionar cámaras. Fuimos por muchos países consiguiéndolas”, revela Tulia, antes de dejar la escena y resguardarse en su habitación.

Como expositor del tesoro familiar se queda Edwin Peña (38 años), uno de los tres hermanos varones que conserva la tradición iniciada por el padre. A su espalda, mientras despacha un cafecito con pan, sobresale una colección de banderines: China, Tailandia, Rumania, México, Estados Unidos y un largo etcétera que podría llenar esta página completa: son los países donde Tulia y su marinero de sueños pusieron pie, en busca de los más extravagantes aparatos.

Cámara Panon (Japón). Foto: Archivo particular

El coleccionista Edwin Peña explica las características de sus cámaras más valiosas:

En consonancia con la saga paterna, Edwin y sus dos hermanos (José y Bill), también se las dan de trotamundos, sobre todo el primero, que ya tachó 32 países en su check list. Pero ojo, no se llame usted a engaños, que coleccionar estos aparatos todavía no les ha dado tanto como para pagar aviones, trenes, barcos, hospedajes, taxis, restaurantes y souvenires de recónditas latitudes.

Los Peña González son un clan de empresarios, comerciantes de papelerías en San Victorino y otros puntos de la ciudad que, más allá de la acumulación de riqueza, gozan con vivir la vida conociendo los ojos rasgados de los orientales, mostrándole la palma de la mano a una gitana rumana o degustando tacos picantes en el mismísimo D.F. mexicano. Así nos lo dirá más tarde la señora Tulia, que este año volverá a Bucarest a tomar baños térmicos medicinales. Y claro, a quitarle de las manos, con un buen regate, uno que otro lente fotográfico al anticuario o vendedor de turno.

Cámara Miracle- Sugaya (Japón). Foto: Archivo particular

Luces, cámara, pasión

Pero dónde está el baúl, el brillo, la nuez, los collares de perlas, el oro, mejor dicho, las cámaras, se preguntará el lector. Bien, a descubrirlas de una vez.

Edwin se levanta, camina hacia el pasillo de las habitaciones y al fondo de este se yergue una puerta. ¿Qué nos espera detrás? Gira el pomo de la misma, empuja y se revelan las paredes repletas de artefactos fotográficos: una suerte de estanterías, del suelo al cielo raso, inundan la mirada de tantas cámaras que muestran y de tan variopinto aspecto que las hay.

En el centro de la habitación, un armatoste de madera –cámara de gran formato de principios del siglo XX– parece un monolito que detiene el tiempo, así como las fotos congelan los momentos. En contraste, una vista rápida alcanza a notar un par de artefactos tan pequeños como una cajita de seda dental: “Las utilizaban durante la Guerra Fría para espionaje, como en las pelis de James Bond”, explica el coleccionista, y la muestra orgulloso.

Cámara Gemflex (Japón). Foto: Archivo particular

En plástico, en madera, en pasta, en acero, en blanco y en negro, en este sitio se ven tantas cámaras como la mente pueda imaginar. Y más, porque “en cierta manera la cámara es como el disco de vinilo, tiene una magia que nunca se pierde”.

En medio de la exposición, Tulia ingresa a ‘la cueva del tesoro’: “Él (Urias) decía que al final las quería vender para que nos fuéramos a conocer el resto del mundo. Pero mi Dios no le dio la oportunidad y bueno, ahora vamos a ponerles vidrio a los estantes para protegerlas. No se venden, por ahora”.

¿Minolta, Miranda, Majestic, Gevabox, Flexaret, Mamiya, Polaroid, Yashica e Imperial? Ufffff, claro que las encontramos, decenas de marcas, tantas que sus propietarios perdieron la cuenta de las reunidas. Desde 30 hasta 4.000 dólares, hay ejemplares que realmente valen un ‘ojo de la cara’.

Cámara Werra (Alemania). Foto: Archivo particular

Aunque disponen de un inventario, es más sencillo para ellos consultar en los vademecums del coleccionista, cinco libros (cuatro en tamaño enciclopédico y otro en miniatura) que explican cuánto se puede pedir o pagar por cada modelo alrededor del mundo: según el año, la marca, los accesorios, el país, la historia... Eran las brújulas que los guiaban cuando no había internet.

Cabe imaginar el destello luminoso que generaría disparar las 1.400 cámaras que integran esta colección: una supernova de flashes, porque cada una de ellas funciona, hasta la más antigua, una Brownie estadounidense de 1890.

Cámara Leika AF-4 (Alemania). Foto: Archivo particular

“En Rusia no nos iban a dejar salir con unas camaritas que compró mi esposo. Es que son bien jodidos con el patrimonio, pero él insistió hasta que cedieron”, reconstruye Tulia, mientras sale de la cueva con su hijo y se despide de los visitantes en la sala, mismo lugar donde reposa un portarretratos con la imagen de Urias, a los 17 años, a blanco y negro y con su primera cámara terciada al hombro.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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