Editorial: Reconciliarse es posible

Editorial: Reconciliarse es posible

No debe el expresidente Uribe menospreciar la carta que el presidente Santos le ha enviado.

13 de julio 2016 , 07:45 p.m.

Es comprensible que la desconfianza sea el denominador cuando uno de dos líderes que acumulan ya un lustro de intercambio frecuente de dardos intenta una tregua. Pero no debe el expresidente Uribe menospreciar la carta conciliadora y reivindicadora que el presidente Juan Manuel Santos le ha enviado en el empeño de acercarlo a la paz que se ha pactado con las Farc.

Que un Presidente en ejercicio tome en serio a su más firme opositor, que el hombre que tiene el poder de su lado se trague su propio orgullo para llamar a la reconciliación al líder popular que no se ha ahorrado una sola frase en su contra no debería entenderse como una jugada astuta, sino como un enorme esfuerzo por superar un enfrentamiento irreflexivo que ha devuelto al país a los tiempos en los que el escritor Gabriel García Márquez concluyó que en Colombia no hay partidarios sino hinchas.

Dice el presidente Santos al expresidente Uribe que lo invita a trabajar juntos por la paz sin perder su independencia crítica, que ya lo hicieron cuando entre los dos consolidaron la llamada ‘seguridad democrática’, que “si hoy las Farc están en un proceso de paz que ha avanzado como ningún otro, listas a dejar las armas y reintegrarse a la sociedad, se debe en buena parte a esos reiterados y contundentes éxitos. Y se debe también a que retomé las conversaciones discretas para avanzar en una solución negociada que su gobierno comenzó”. Desmonta Santos, de paso, el mito de que con los acuerdos de paz el Estado está entregándosele a la guerrilla, y se ofrece a sentarse con Uribe para demostrarle que los dos han estado buscando la misma paz, que Colombia no está “claudicando ante el terrorismo”, sino sacudiéndose una historia que no la ha dejado pensar sino en términos de guerra.

Responde el expresidente Uribe al presidente Santos, en una breve declaración, que es demasiado tarde para invitarlo a participar; que, luego de tres años de negociaciones, “parecería inútil invitar a un diálogo para notificar lo resuelto”. “Ha sido dañino para la democracia que personas con notoriedad pública distraigan a los ciudadanos en el juego entre el insulto y el elogio, entre la acusación temeraria y la declaración magnánima”, dice para dejar en claro que no cree en las palabras de su sucesor en la Casa de Nariño. “Cuando el crimen es campeón, el perdón y la reconciliación corren el riesgo de no ser sinceros y la paz sin justicia corre el riesgo de no ser paz”, remata. Y queda la sensación de que no será nada sencillo que el expresidente recobre la confianza en el Presidente.

Debería hacerlo. Sería una lección de paz. Sería el mejor ejemplo de que hemos dejado atrás los tiempos en los que el diálogo era imposible. No es nada usual que la cabeza de un gobierno, que tiene tanto de su lado, se atreva a dar el primer paso hacia la reconciliación: un sensato e histórico llamado a construir la paz luego de que las Farc comiencen a hacer política sin armas y sea claro para todas las bandas ilegales que su tiempo ha terminado. Es el momento ideal para que, por encima de las animadversiones del pasado, el patriotismo del expresidente sirva a la consolidación del futuro colombiano. De un mejor futuro.

editorial@eltiempo.com

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