Un viaje al pasado a la ciudad que se perdió con el Bogotazo

Un viaje al pasado a la ciudad que se perdió con el Bogotazo

Retrato histórico, social y urbanístico de cómo y por qué murió la vieja Bogotá en abril de 1948.

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12 de julio 2016 , 09:55 p.m.

La Bogotá de hoy nada tiene que ver con la de entonces, aquella donde transcurrió mi infancia. Con sus tranvías, sus hombres correctamente vestidos de oscuro y la austera fachada del hotel Granada a un costado del parque Santander, con las fuentes de la plaza de Bolívar y las viejas casas de balcón y aleros de la calle Real, el centro de Bogotá tenía una caricatural dignidad de ciudad de provincia europea. Las opuestas jerarquías sociales se expresaban en el paisaje urbano. El norte era clase alta; el centro, clase media; el sur, popular; todo de una manera rigurosamente delimitada.

De un modo o de otro, nuestras familias venían de provincia, salvo las de ellos, los bogotanos de verdad. Como en Francia un castillo pertenece a una familia desde tiempos inmemoriales, por el peso de la tradición, Bogotá pertenecía a apellidos tales como Holguín, Pombo, Urrutia, Nieto, Calderón, Carrizosa, Sanz de Santamaría, Uribe, Umaña, Caro, Caballero, Soto, Salazar, Vargas, Piedrahíta, Kopp, De Brigard y otros que fueron siempre la crema de su vida social. (Vea aquí: Las 25 imágenes que usted debe ver sobre el 'Bogotazo')

En esta ciudad de familias tan arraigadas, los que llegábamos de otras partes, todavía con el polvo de la carretera en las solapas, no podíamos ser sino advenedizos. Los bogotanos de pura cepa no se parecían a nadie en el país, salvo a ellos mismos y quizás a ciertos elegantes ingleses que uno veía en las películas. Rosada, saludable, su tez parecía encendida por el buen whisky o por el aire vivo de la sabana donde tenían las casas de hacienda y mayordomos a los cuales sus padres les habían dado órdenes desde la altura de un caballo. Sus canas, cuando envejecían, no tenían, como las de nuestros abuelos de los páramos, el fatigado color ceniza, sino vigorosos reflejos de plata. Respiraban clase y prosperidad.

Una atmósfera británica

Vestían ellos admirablemente con trajes cortados en Londres, cuyas solapas se entorchaban con elegancia, en vez de verse aplastadas y brillantes. Usaban sombreros Look, corbatas Trembled y paraguas Briggs, comprados donde los Pombo, los Vargas o los Ricaurte. Calzaban zapatos fabricados sobre medidas en Londres; zapatos que brillaban como espejos y olían a cuero nuevo, hechos para pisar las espesas alfombras del Jockey Club o del Gun Club, y con algún crepúsculo la grama del Country Club los sábados o los domingos.

No ocuparon ellos por mucho tiempo las casas de ladrillo que en un momento dado alzaron sus altos pórticos y sus mansardas en las inmediaciones del parque Nacional o en el barrio de la Magdalena, pues apenas fue urbanizada la hacienda de don Pepe Sierra, edificaron casas en un estilo más moderno en La Cabrera y El Chicó. Ventanas amplias miraban a jardines muy verdes de grama bien cepillada, y en los jardines se alzaban árboles muy altos.

Los perros que acudían ladrando cuando uno llamaba a la puerta no eran los viles y bastardos que ladraban a los autos en nuestras carreteras de provincia, sino animales de raza, dignos de figurar en un grabado inglés. Dentro había también una atmósfera a la vez británica y otoñal. Ardían leños en una chimenea. Galgos y figuras de la Inglaterra victoriana en porcelana de Royal Dolton o Weedgood adornaban mesas y repisas. Hasta el aire del crepúsculo parecía trémulo e inglés a la hora de tomar el té o de servirse un primer whisky. (Además: Bogotá, bajo dos lentes que reflejan los cambios de la ciudad)

Todo lo de ellos era distinto a lo nuestro. Si sus casas eran claras y abiertas en el verde tierno de los jardines, las de todos los provincianos que venían a establecerse en Bogotá (primero por centenares, luego por miles y después por cientos de miles), en el centro o Chapinero, eran oscuras y húmedas. Ellos tenían rosas abriéndose en floreros de cristal tallado; nosotros, humildes tiestos de geranio. Ellos, en sus apartados barrios del norte, parecían tener el sol; nosotros, la lluvia gorgoteando en las canales de un patio. Ellos tenían domingos de viento y luz bajo los parasoles del Country Club y Los Lagartos; nosotros, la misa en la Veracruz, el matiné en el Apolo y de nuevo, a la salida, la lluvia desgajándose desde Monserrate. El color también era suyo. Estaba en sus ropas, en la vanidosa y feliz alianza de tabaco, del beige y del verde, del gris perla y del azul, del azul y el vino tinto, del violeta o el amarillo. En cambio, nuestras familias venidas de provincia seguían aferradas a los funerales paños oscuros que nos dejaron los notarios de Castilla.

Esas fascinantes mujeres de la sociedad bogotana en nada se parecían a las señoras de sastre negro y cartera de charol que componían nuestro paisaje femenino. En realidad, lo único semejante a esas bogotanas jóvenes de los años cuarenta eran algunas actrices de cine. Tenían algo de Gene Tierney o de Vivien Leigh en los ojos, en las pestañas, en el delicado trazo de la boca y de la nariz. Usaban entonces bucles altos, zapatos de plataforma y unos sastres de hombreras enfáticas, y se enamoraban de Tyrone Power, de Robert Taylor y de Clark Gable como sus madres se habían enamorado de Valentino y de Gardel. Sus amores de la realidad, con muchachos bogotanos también de apellidos resplandecientes, se vivían en la atmósfera sentimental de los últimos tangos y de los grandes boleros de Agustín Lara y Elvira Ríos. “Mujer, si puedes tú con Dios hablar...”, tocaban las orquestas en el hotel Granada y en La Reina, un cabaret de moda.

Como éramos niños aún, nunca fuimos a La Reina, pero algo nos decía que en las penumbras de aquel cabaré y con la música de aquellos boleros se tejían y destejían amores y ardía de pronto, en la sociedad bogotana, algún escándalo: fulana había sido sorprendida besándose con el marido de la otra; o alguien le estaba poniendo los cuernos.

Resultaban sin remedio inquietantes las muchachas que se hubiesen educado en París antes de la guerra. Eran demasiado libres, susurraban con reprobación de las señoras. Ponían nerviosos a sus maridos, diciendo cosas atrevidas. O bailaban muy pegadas. Parecían francesas.

Ante la blindada virtud de las muchachas bien, aquellos bogotanos vivían las aventuras del sexo como conspiradores con bellas mujeres de la vida alegre. En cada generación había una que hacia época. Nadie sabía cómo, de dónde surgían, pero allí estaban, reinando a su manera en la ciudad, con su excitante sabiduría en el manejo de los hombres. Eran espléndidas amantes. Personajes públicos y muchachos de buena familia eran quemados por su encanto con la ferocidad de la pólvora viva. Se convertían en leyenda. (Vea: Cómo nació el motín en Bogotá el 9 de abril de 1948)

Además de ellas, había las cantantes de las compañías españolas de zarzuela que pasaban por el Teatro Colón. Invariablemente tenían ojos verdes y un lunar pintado con lápiz en el mentón y otro en una latitud incierta, al norte de la rodilla, que solo era descubierto con la ayuda de binóculos desde la platea cuando su dueña levantaba coquetamente las enaguas cantando Luisa Fernanda. Detrás de aquel par de lunares se iba siempre, encandilado, un muchacho de buena familia, que sus padres atrapaban a tiempo cuando se disponía a tomar el barco de Buenaventura para seguir en su gira a la que las señoras bogotanas llamaban despectivamente “una cómica”.

Yo no habría conocido a los bogotanos de esas viejas y auténticas dinastías de la ciudad si mi papá no se hubiese casado por segunda vez con una bella muchacha que pertenecía a una de esas familias y que estaba de algún modo emparentada con las otras. Allí, en aquel mundo, quedó incrustado él, mi padre, con esa fácil y alegre permeabilidad que le permitía también alternar con los campesinos de su aldea de los páramos. De este modo, a lo largo de la infancia –y sin dejar de pertenecer al mundo provinciano de mis tías–, pude en incontables sábados y domingos verlos, oírlos y observarlos a ellos, hombres y mujeres de brillantes apellidos bogotanos.

El sistema de tranvías fue símbolo de la Bogotá de la primera mitad de siglo, hasta la destrucción que sufrió el 9 de abril. Archivo familia Mendoza Neira

Había tierras detrás de cada apellido. Memoria de vastas propiedades en la sabana, casas en la calle Real, haciendas en Cundinamarca y en el Tolima; memoria de paseos y cacerías; de vajillas y manteles traídos de Europa, de domingos en el hipódromo de La Magdalena, navidades en Serrezuela o Peñalisa; viajes a Londres, consulados en Amberes o Bruselas.

Me fascinaba este orden de valores tan distinto al de mis pobres tías de provincia. Cada sábado o domingo me sumergía como tímido espectador de esta atmósfera de alcurnias bogotanas, de hombres y mujeres vestidos con una deportiva elegancia, como si viniese de un partido de polo, que jugaban al bridge o a la canasta, bebían whisky, respiraban buena salud y prosperidad y hablaban de una Bogotá que era enteramente de ellos desde generaciones inmemorables.

Clase media con decoro

La nuestra, la Bogotá de las tías que nos criaron y de sus infinitos parientes emigrados de Boyacá, era otra. Todos ellos representaban otra clase, más modesta: la llamada gente decente de provincia, asimilada a una mediana o pequeña burguesía urbana.

Siempre vestidos con su triste decoro de paños oscuros, abogados o empleados en ministerios y otras dependencias oficiales, con un sombrero que se quitaban respetuosamente para saludar o entrar en un ascensor, viajaban en tranvía, compraban un aguacate para el almuerzo, tomaban onces con chocolate y almojábanas, reían con las comedias de Campitos o de Luis Enrique Osorio en el Municipal, eran devotos de las ventosas, los parches porosos y el jarabe yodotánico, leían a Calibán, Selecciones o el Almanaque Bristol, seguían en El Espectador las crónicas folletinescas sobre los crímenes del doctor Mata y las pesquisas de un detective llamado ‘Chocolate’, y escuchaban a las siete de la noche el radioperiódico Últimas noticias, cuyo director, Rómulo Guzmán, alternaba sarcásticas diatribas contra Gabriel Turbay con cuñas tales como “Cutilina no mancha, Cutilina no pica, Cutilina la rasquiña elimina”.

Este mundo honesto y riguroso de la clase media tenía una verdadera pasión por los entierros, los reumatismos, las dolencias de riñón o vesícula, y vivía bajo el temor de perder un empleo. El Molino o El Gato Negro eran un modelo de esos cafés oscuros y malolientes del centro donde los hombres pasaban horas hablando incansablemente de Santos, de López, de Laureano, del asesinato de Mamatoco, luego de Gaitán y de Turbay, y en toda oportunidad de la inevitable convención liberal en ciernes. La Cigarra, en la esquina de la calle 14 con la carrera 7.ª, era un hervidero de chismes políticos.

Los domingos se oía en la radio La hora costeña, que duraba varias horas tocando los porros de Galán y Lucho Bermúdez. Se iba a escuchar retreta en el parque de la Independencia o, como ocurre todavía, a comer papas chorreadas por los lados de Usaquén, a toros o a fútbol, y el partido Santa Fe-Millonarios era ya para entonces un clásico.

La clase popular daba unos personajes de rolo picaresco, mezcla de vivacidad española y astucia, malicia y plasticidad indígena sedimentada durante siglos. Sí, este perfil lo tenían por igual obreros, tranviarios, loteros, limpiabotas, vendeperiódicos, zorreros, choferes de taxi que vivían en Las Cruces, San Cristóbal, San Fernando, el Ricaurte, La Perseverancia, Puente Aranda o el tenebroso Paseo de Bolívar, en las estribaciones de los cerros. Bebían todavía chicha, ‘pita’ o guarapo y hablaban con denso sarcasmo. Liberal por tradición, ese pueblo formaría lo que se llamó primero la “chusma lopista” y luego la “chusma gaitanista”.

De la ruana a la chusma

Algo debió cambiar en ese subsuelo social de la ciudad en los años cuarenta. Por allí comenzó a correr lava ardiente. El dócil pueblo de ruana y sombrero de jipa, que en otro tiempo arriaba mulas por las calles empedradas o traía a las casas botellones de agua del chorro de Padilla, con una sumisión que era la misma de los peones de fincas y haciendas, fue transformándose en una clase marginal y explosiva. Con conciencia propia, dirían los marxistas. O quizás encontró al fin quién expresara en esos años lo suyo con su misma mezcla hirviente de sorna, ira, humor y malicia. Era un hombre con la trayectoria cultural y política de los de arriba, pero parecido a los de abajo. Hablaba con su mismo acento. Tenía el mismo pelo espeso y lacio, la boca grande y amarga, la misma cólera visceral por los desdenes sufridos y una garganta metálica que delante de un micrófono hacía correr un frío por la espina dorsal. Comunicaba su pasión a quien lo oyera.

Responsabilizando a una oligarquía (expresión venida de los griegos que entró en el argot popular bogotano) de la miseria popular, el caudillo Jorge Eliécer Gaitán corrió la alfombra sobre la que se había alzado el orden de una sociedad por tradición fijada en jerarquías rotundas, antiguas y hasta entonces aceptadas por todos, incluyendo al propio pueblo. Allí, en aquel momento, se quebró, quizás inevitable y justificadamente, ese orden, pero nada, por desgracia, ha logrado sustituirlo en profundidad desde entonces. Empezó a morir un país pacífico, clasista, con instituciones sólidas y una prestigiosa clase dirigente. Nació otro, traumático, violento: el actual.

En los días siguientes al 9 de abril los bogotanos salieron a ver lo que quedó del centro. Archivo Mendoza Neira

La voz colérica que todos los viernes desde el escenario del Teatro Municipal sacudía al pueblo, en el alto mundo bogotano no producía sino comentarios pintorescos y a veces algo de irritación. Se hacían chistes sobre el ‘Forfe’ Eliécer. Se le veía como un ‘lobo’, un resentido, a quien años atrás se le había negado la entrada al Jockey Club. Era molesto que por su culpa las criadas se volvieran respondonas y los choferes maleducados. Los propios camareros del Gun Club ponían de mala manera los platos sobre las mesas. “El indio que me trajo en el taxi no quiso bajarse para abrirme la puerta”, comentaba enfurecido un caballero bogotano de frondosas cejas blancas. Los cocheros lo hacían con su padre. Pero los taxistas de entonces no eran tan respetuosos. Gaitán los estaba alborotando.

Cambiaban los tiempos. Cambiaban por fuera, pero dentro de este mundo bogotano la vida tenía la elegante y alegre despreocupación de otros días. Aquel era el mundo de Los elegidos, la novela de Alfonso López Michelsen. Al autor –y futuro presidente de la República– se lo veía entonces como un joven elegante y tímido que llegaba a la redacción de El Liberal siempre con extrañas teorías. “Hijo de Alfonso”, decían los viejos. Alfonsito, lo llamaban las señoras.

Entre tanto, la voz colérica seguía resonando en todas partes. La oían con respeto, todos los viernes por radio, los hombres que formaban esa vasta clase media de cafés y tranvías. Por su parte, la chusma de los barrios populares se estrujaba en la platea, los palcos y los vestíbulos del Teatro Municipal; llenaba la calle 10 y la carrera 8.ª y se agolpaba en las tiendas de aquel sector –olorosas a chicha y velas de sebo– para escuchar aquella voz prodigiosa que clamaba contra “los ricos cada vez más ricos mientras los pobres eran más pobres”.

En todo el ámbito de la ciudad resonaban las ovaciones. Al terminar el discurso, la multitud invadía la plaza de Bolívar y se encajonaba por la calle Real. Rugiente, turbulento río de sombreros negros y caras frenéticas alzando puños al compás del grito ‘Gaitán sí, otro no’. Al llegar a la avenida Jiménez saltaban en añicos vidrios de EL TIEMPO con las primeras piedras. Elegantes bogotanos que salían al día siguiente de una junta bancaria, en el centro, encontraban odio y sorna en las miradas de los loteros y limpiabotas. A veces, estos escupían a su lado. “Oligarca”, decían. Era un insulto, el peor.

El país, pero especialmente su capital, tenía algo de volcán humeante. El accidente electoral que en 1946 llevó a un conservador de notables apellidos al poder, iría a convertir en explosiva polarización política lo que era ya una aguda polarización social. Había por primera vez un país partido vertical y horizontalmente. Olía el aire a azufre, volaban cenizas... Los signos eran claros.

Alarmado por esta pugna de clases que estaba quebrando al Partido Liberal, mi padre, Plinio Mendoza Neira, buscaba empecinadamente un acercamiento entre Gaitán y sus adversarios. Viejo amigo del líder y miembro de su junta asesora y, a la vez, muy cercano a quienes lo calificaban de demagogo en las páginas de EL TIEMPO, se tomó la tarea de promover un amistoso encuentro entre Gaitán y Roberto García-Peña. Lo logró. Cuando se inició el inesperado y cordial diálogo entre el director de EL TIEMPO y Gaitán, mi padre me pidió, como asistente suyo que era, buscar al fotógrafo Sady González para dejar un testimonio gráfico de aquel histórico momento. La foto, tomada en la oficina del líder el 8 de abril de 1948, la encontraría hace apenas unos días en un viejo archivo de la familia.

Plinio Mendoza Neira (izq.), padre del autor de este artículo; Roberto García-Peña, director de EL TIEMPO, y Gaitán, el día anterior a su trágica muerte, reunidos a instancias de Mendoza. / Foto: Archivo de Sady González.

Muestra a un Gaitán sonriendo complacido al lado de García-Peña y mi padre. Su destino político parecía más seguro que nunca. ¿Quién podría imaginar en ese momento la tragedia que ocurrió al día siguiente?

Fue aquel día, 9 de abril de 1948. A la una, el hombre pequeño, mal vestido y sin afeitar, apostado en la puerta del café El Gato Negro, cruzó la carrera 7.ª. Se detuvo antes de llegar al otro andén. Sacó tranquilamente su revólver. Disparó tres veces, provocando pánico en la calle. Frente al edificio Agustín Nieto, cayó un señor de abrigo oscuro y sombrero que iba con mi padre.

Minutos después, cuando se supo que aquel señor era Gaitán, el volcán estalló. Como lava del subsuelo, surgieron de todas partes enjambres de hombres enloquecidos blandiendo machetes y banderas rojas, y todo a su paso ardió, casas y tranvías, y todo fue saqueado, destruido. Al día siguiente solo había en el centro escombros, olor a aguardiente derramado, a hierros quemados, a piedra calcinada, y centenares de cadáveres mojándose en la lluvia, y la lluvia disolviendo los charcos de sangre.

Para mí, quizás para otros muchos, una Bogotá desapareció aquel día. La nuestra. Nació otra, probablemente, que no era ya la tranquila, soñolienta y provinciana ciudad que por cinco centavos recorríamos en un tranvía. Esa había sido durante siglos una ciudad virreinal de chismes y tertulias, de tinterillos y poetas, de oradores, de obispos que tomaban chocolate, de elegantes vestidos a la moda de Londres, y en su época republicana, de presidentes que llegaban al poder caminando por la calle Real, con su sombrero de copa en la mano.

Algunos como yo nos fuimos de esta ciudad por largos años. Cuando regresamos era otra Bogotá, peligrosa y enorme. Celadores armados y sistemas de alarma en cada ventana protegían los barrios del norte. Guardaespaldas acompañarían a los ricos a donde fuesen. Emergentes de todo pelo se apoderarían con voracidad de las muchas actividades y negocios, movidos por el afán de hacer dinero a cualquier precio. Todo el inmenso país que llegó a sentirse inseguro en los campos por la guerrilla, la extorsión o la miseria se desplomaría sobre la capital.

La clase marginal invadiría el centro con toda suerte de ventas y tenderetes, acosada por el hambre. El centro –por donde hombres y mujeres austeramente vestidos caminaban en otro tiempo a la salida del cine con un pañuelo en la boca para no resfriarse– se cubriría de un venenoso mundo nocturno, de hampones, vendedores de droga, limosneros y prostitutas.

Dentro de esa ciudad, que sus padres, abuelos y bisabuelos la tuvieron como suya sin temerle a nada, seguros, refinados, atendidos siempre por el lustre de sus buenos apellidos, los bogotanos de vieja cepa acabarían viéndose a sí mismos como exiliados o sobrevivientes. Fin de raza o dinastía, no advertirían, detrás de tanta turbulencia, lo otro. Es decir, la fuerza secreta de esos nuevos bogotanos sin pasado, venidos de provincia, su voluntad creadora, su desgarradora ansiedad de encontrar un camino, de desafiar los retos de un destino nada fácil. La Bogotá de ellos es otra. Dura. Vibrante. Ávida. Otra, sí. A ellos he querido contarles cómo era la mía, la que se fue en llamas aquel día de abril.

Plinio Apuleyo Mendoza
Especial para EL TIEMPO

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