"Humeante de petróleo y husmeante de pan"

"Humeante de petróleo y husmeante de pan"

Dolorosas, urgentes y premonitorias; así son las imágenes de los venezolanos cruzando la frontera.

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12 de julio 2016 , 05:21 p.m.

Dolorosas, problemáticas, urgentes y premonitorias; así son las imágenes de miles de venezolanos cruzando el puente internacional en Cúcuta para comprar pañales, papel higiénico, aceite, arroz y medicinas. Esas fotografías y secuencias de unas multitudes entrando a Colombia, casi como una horda, con caras expectantes, y luego saliendo ya atiborradas de paquetes, con caras de ilusión, serán un documento crucial cuando en el futuro se cuente la historia de la catástrofe que vivió Venezuela en el comienzo de siglo.

Me asombra, como observador, como colombiano, como latinoamericano, la gran cantidad de colofones que se desprenden de esas tristes estampas del sábado, y de su antecedente, dos días atrás, cuando unas 500 mujeres rebasaron a la fuerza a la Guardia Nacional para buscar aquí comestibles y otras cosas necesarias. En esa simple romería de hombres y mujeres hay una lectura geopolítica, sin duda; pero también una histórico-política, una sociológica, una personal y hasta una poética.

La personal es la más simple y quizá la más burda: con todas las escaramuzas, rifirrafes, desencuentros, chismes, manipulaciones desde arriba, Venezuela es nuestro verdadero álter ego, nuestro igual, nuestra continuación y extensión en el Caribe, en los llanos, en la selva, en el trópico, en el ánimo, en la quimera y en la utopía. Como ningún otro país. Es imposible, al verlo ahora en su momento más terrible, no recordar ese pasado tan cercano de su ostentación, de su desdén para mirar a este lado, de su actitud humillante al cerrar fronteras cuando le daba la gana, de su envidiable papel de hermano con plata, cuyas empleadas domésticas, jardineros y choferes eran colombianos. Es doloroso ver que se le acabe la prosperidad a un familiar, y comprobar aquel adagio que dice: ‘La vida da muchas vueltas’.

La lectura geopolítica le entrega otra vez la razón al malinterpretado Francis Fukuyama cuando habló del fin de la historia. El pensador gringo-japonés nunca postuló, como lo han querido vender, que la historia se hubiera acabado porque ya no sucedan más hitos ni se activen o se renueven procesos, o porque se hayan resuelto las tensiones y conflictos, sino porque desaparecieron los regímenes políticos alternativos y triunfó, sin rivales, un estado homogéneo universal, con la democracia liberal como eje y la cultura occidental de consumo como basamento. ¿Bueno o malo? No estoy muy seguro de lo uno o de lo otro, pero es así. Esas imágenes de la multitud cruzando el puente (‘puente humanitario’ lo llamaron de modo oportunista algunos en Colombia) son el último bofetón a la aventura chavista y a su caricatura delirante y personal del socialismo.

En lo histórico-político, Venezuela es un espejo de nuestras democracias tambaleantes y perplejas, una comprobación trágica de que aquí no hay instituciones sino adalides. No hay estructuras sino caudillos. Hace treinta años, y hasta menos, Venezuela era el país del “Ta’ barato, chico, dame dos”, de la gasolina por la que se pagaba un precio simbólico, de la casi inexistencia de un régimen impositivo y tributario. Es que de la tierra no manaba leche ni miel, sino petróleo, y sin mayores esfuerzos ni políticas públicas de largo aliento se convirtieron en la cuarta economía de América Latina. Si bien el país era rico y había unas clases medias derrochonas, también había unos enormes cinturones de miseria para recordar que el dinero de esa tierra no se estaba distribuyendo con toda equidad.

Y ese fue el sustrato del que se alimentó Chávez y su experimento, que terminó destruyendo la economía y disponiendo del petróleo como una caja menor para su proyecto continental y mesiánico, y arrasando la escasa institucionalidad hasta dejarla del tamaño exacto en el que pudiera gobernar, como Fidel, cincuenta años. Esos venezolanos cruzando el puente internacional el sábado pasado con la ilusión de unas mercancías que durarán unas semanas son el testimonio para la historia de ese fracaso estruendoso de unas instituciones que, por corruptas e ineptas, no lograron prevenir el advenimiento del monstruo, y que luego no pudieron prescindir de él.

Aunque el oficialismo chavista ha querido mostrar el desabastecimiento como un complot del capitalismo y la ultraderecha, lo que desnudan las estampas del sábado en Cúcuta es la catástrofe de un gobierno que tomaba decisiones al impulso temperamental del caudillo, sin planeaciones ni estudios, con el libreto subterráneo de los impactos políticos y la esquizofrenia mediática. El 19 de agosto del año pasado (hace casi un año), Maduro cerró la frontera desconociendo que se trata de una línea viva, de trashumancia multitudinaria, de interdependencia absoluta. Y lo hizo bajo el argumento de que había desabastecimiento en su país porque todo se venía de contrabando a Colombia. Qué ironía esta de tener que abrir ahora, por horas, un paso para que puedan venir a abastecerse a este lado.

Decía arriba que las fotografías del sábado tenían hasta una lectura poética. Ver todo eso en televisión me hizo recordar los versos de Jorge Zalamea en “El sueño de las escalinatas”, donde el poeta hace concurrir a las naciones a la orilla del Ganges para recordar sus grandezas y también sus deudas. Sin detenernos en su valor literario, este largo, anacrónico y pomposo poema en prosa cobra una tremenda vigencia y sugiere que Zalamea era un escritor regular, pero un gran clarividente.

“De Venezuela la rica, la riquísima, la mil veces rica –inesperado centro de musicalia, sede de la más audaz arquitectura, lonja de artistas, mecenas estrellado (¡oh antifaz, oh máscara, oh irrisión!)– de Venezuela humeante de petróleo y husmeante de pan, han venido millones de pobres venezolanos y los millares de sombras que toman aquí, entre nosotros, vacaciones de los penales, presidios, cárceles, en que pagan el planteamiento de un pleito: ¡el vuestro, el nuestro!”.


Sergio Ocampo Madrid

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