¿Cómo se cuenta la historia de una víctima? / Lecturas Dominicales

¿Cómo se cuenta la historia de una víctima? / Lecturas Dominicales

El dramaturgo Fabio Rubiano habla sobre la forma en que el arte debe contar la violencia.

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11 de julio 2016 , 07:56 p.m.

En la pieza Por qué la cocina, de Peter Handke, vemos a una pareja de dulces ancianos llorando por la muerte de su hijo en la guerra, y nos conmovemos. Al rato, y todavía con lágrimas, notamos cómo sacan de una bolsa el uniforme de su hijo muerto, y descubrimos que es un uniforme nazi. En ese instante es como si el llanto que veníamos derramando pusiera un freno con chirriar de ruedas y dijéramos: “Devuélvanme mis lágrimas porque él no era la víctima que yo pensaba”. Cuando Luis Alfredo Garavito fue apresado después de violar y matar a más de 150 niños, se acuñó una frase lapidaria de una de las madres de las víctimas: “Si hubieran sido niños ricos, no hubieran pasado de cinco”.

Llega un momento en el que es doloroso pero necesario aceptar que algunas víctimas no le interesan a todo el mundo, aunque se diga que sí. Los discursos repetidos en el momento crucial de alcanzar la paz –en la coyuntura de la firma– son evidentes. Hay una proliferación de odios que se habían agazapado o que no se habían mostrado con tanta vehemencia. Ahí no se está pensando en las víctimas, sino en el interés propio.

Pero también hay casos en los que quienes se preocupan por las víctimas no les hacen un gran favor. Y no hablo de las fuerzas oscuras, las manos negras, los extremos o los violentos: me refiero a algunos artistas que quieren defender a quienes ellos creen que los necesitan. De entrada, es peligroso que un artista se autoproclame defensor. Su entusiasmo y su buena voluntad por ayudar a los desvalidos, por dar apoyo a los desfavorecidos, no es suficiente para hacer una pieza artística.

¿Quién y cómo se cuenta la historia de una víctima? No hay una manera. Pocas veces se escuchan en primera persona. Es común que los casos y los relatos lleguen a contarse en la voz de un tercero, por lo general lejano. Más si es población vulnerable (término también ambiguo). ¿Es que ciertas víctimas necesitan de un tercero porque no manejan un lenguaje elaborado y no estructuran su argumentación ni llegan a conclusiones concretas? Si respondemos que sí, ya estaríamos instalando a las víctimas en un solo grupo, y con ciertas incapacidades intelectuales que las hacen dependientes de una voz competente que traduzca su situación. Eso es victimizarlas desde otro lugar. Y si no hay un tercero y pasamos la voz directa –ya sea con el mismo afectado o con una transcripción fiel– no estaríamos haciendo un trabajo artístico, sino llevando un diario, una memoria. Y no es que esa tarea sea innecesaria, ni mucho menos. Pero ese registro, en mi opinión, no es la labor primordial del artista.

No hay una condición especial para ser víctima, tampoco para hablar de ella. Los peligros alrededor del tema siempre estarán presentes y no por eso se deben dejar de tocar ni acudir a lo correcto que no hiera a nadie, porque entonces no se haría una obra sino un favor. Y eso en arte es un crimen.

Alguien decía que en nuestra obra ‘Labio de liebre’ se presentaba al victimario como un lobito bueno, casi como una víctima. Tal vez. Pero ¿no se han proclamado también víctimas todos los agentes de horror? ¿No se puede, en un ejercicio de ficción donde todos deben tener las mismas garantías discursivas, escucharlos a todos? Lo que dicen los personajes es independiente de lo que piense el autor. Los paramilitares afirman que comenzaron su accionar cuando la insurgencia les mató a su familia. La misma historia, pero desde el otro lado y décadas atrás, hizo que se originara la guerrilla. ¿Están en lo correcto quienes defienden estos argumentos? No es una obra de arte la que tiene la potestad de juzgarlos.

Todos saben del odio de Álvaro Uribe por la guerrilla debido a la muerte de su padre. Él se declara víctima (al igual que la guerrilla y los paramilitares). Pero, como en una tragedia griega, en afán de vengar a su padre no se puede acabar con la madre (patria). ¿O sí? Yo estoy convencido de que no. Su pensamiento me parece atroz, pero no por eso se debe dejar de oír. En la medida en que se escuchen las partes descubriremos los orígenes de la fractura de nuestra sociedad.

Los relatos de las víctimas son profundamente dolorosos, pero después de varios hay algo que desaparece. Como si la compasión y la sorpresa de quien escucha se transformara en peso. Hay una sensación de no querer oír más. No se soporta más dolor, o tal vez no contado de esa manera.

En la acumulación, los martirios comienzan a parecerse, las individualidades se pierden, el dolor se vuelve concepto y deja de hacer daño.Como si se contara la misma historia en un sinfín. Ahí es donde un artista debe sacar lo específico de su trabajo y volver ese horror una pieza de arte; debe tener la capacidad de individualizar y contar lo que quiere contar desde su profesión y no desde otra.

Las atrocidades son tan salidas de los límites de la realidad (como la jugada de fútbol con las cabezas de los decapitados) que ya no generan asombro. Entran en el terreno de la ficción y la mente no alcanza a registrar aquello como un hecho real, cosa que las ideologías extremas utilizan en su favor para aplaudir la no aceptación y seguir de largo con el siguiente tema. Se insiste en crueldades instaladas en el imaginario –como la motosierra y sus variaciones– y una vez ahí dejan de ser interesantes. Por otro lado, está muy de moda culpar, siempre. Si se culpa desde la obra quiere decir que estoy en la otra orilla y que desde ahí sí se hacen bien las cosas. ¿Por qué? ¿Por qué un artista tiene la respuesta?

Presentar a las víctimas solo como “víctimas”, como una abstracción o un concepto y no como una persona con vida propia, es cómodo. En muchos casos se muestran sin errores, sin la posibilidad de que ellos también hayan cometido algún delito de mayor o menor tamaño. Como seres que ya no son humanos. Eso ayuda a que quienes justifican la violencia y la no reparación ataquen de nuevo y sigan señalándolas como auxiliadores tácitos, pasivos o activos de sus enemigos. Quien justifica la crueldad de un victimario (del color que sea) aprovecha cualquier error de alguna víctima, o cualquier delito, para gritar: “vean, esos están defendiendo a una gente que es igual a los que ellos están acusando. No son tan santos como los muestran los artistas”. Ya hemos escuchado la tétrica frase: “no estarían cogiendo café”.

Dramáticamente –es decir, desde la dramaturgia–, trabajar a las víctimas en ese sentido no alcanza a ser interesante. El lamento se prolonga durante tiempos extensos y lineales sin que haya una variación frente al análisis del problema. Se defiende a unos y se acusa a otros ciegamente, sin ver profundidades, causas y razones.

En los procesos de paz, la restitución o algo parecido a una indemnización por los padecimientos, como una manera de aliviar el pasado, no puede llegar como un favor. Así mismo, la presencia de las voces de los artistas. Si se asume esa responsabilidad, no debe pensarse como un donativo o una cortesía. Debe hacerse con la sensatez de que se van a crear situaciones y personajes sólidos, completos, contradictorios, con más de una cara. Mostrar una sola cara blanda y dulce, o una cruel y despiadada, nos aleja de las víctimas y de los victimarios. Y también del arte. Recordemos que todo cuento de hadas contiene una historia sangrienta.

FABIO RUBIANO
Especial para LECTURAS

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