Bioética y paz

Bioética y paz

Todavía falta mucho para que podamos disfrutar de una paz cierta.

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11 de julio 2016 , 01:18 a.m.

Hace algunos años escribí un ensayo acerca de la vida, incluido como primer capítulo del libro Meditaciones de un octogenario. En él registré mi preocupación por la evidente conspiración contra la vida humana, reinante en Colombia, y me preguntaba: “De continuar las cosas como están, ¿cuál será entre nosotros el futuro de las vidas de las generaciones actuales y de las que habrán de seguir?”. Mi respuesta era que en tanto no se lograra una paz completa y perdurable, es decir, mientras los colombianos no hiciéramos conciencia de los valores que están en juego, el futuro de la vida seguiría siendo incierto, pues la intranquilidad y la muerte seguirían aupadas por el pobre valor que hoy tiene la vida. El ensayo concluía haciendo las siguientes reflexiones: “No se necesita tener una imaginación audaz, atrevida, para predecir que mientras no se depongan las armas, los odios y las ambiciones, y rechacemos la muerte violenta, el futuro de nuestras vidas será oscuro. Se hace indispensable desterrar a Caín y otorgarle a la vida un estatus moral y legal de privilegio, que la coloque al amparo de toda agresión premeditada. Para ese objeto, el advenimiento de la bioética ha abierto una luz de esperanza, hacia la cual debemos volver los ojos y la mente”.

Pues bien, a raíz del reciente acuerdo entre Gobierno y Farc suscrito en La Habana, con el que se da inicio formal a la finalización del más que hemicentenario conflicto armado, se abre un paréntesis de optimismo. Sin embargo, el que sigue para consolidar la paz es un trecho largo y culebrero, vale decir, plagado de dificultades. Por eso el doctor Humberto de la Calle, uno de los artífices principales de ese acuerdo, manifestó recientemente a la periodista Marisol Gómez que el fin del conflicto no es solo el cese de los fusiles. Según él, el verdadero fin debe estar en la mente de todos los colombianos.

Las reflexiones anteriores ponen de presente que todavía falta mucho para que podamos disfrutar de una paz cierta, aceptando que la paz no es una planta que crece por generación espontánea. No basta desearla ni invocarla. Hay que sembrarla y cultivarla, cuidándola para que se desarrolle y llegue a dar frutos y sombra. Creo que, precisamente, el papel de la Bioética es ir al meollo del asunto: preparar a los hombres y a las mujeres para que hagan las veces de sembradores, cultivadores y recolectores de esa planta exótica que se llama PAZ, sin la cual no se alcanza la FELICIDAD, último fin perseguido por la Bioética. En su Autobiografía, Charles Darwin decía que “todos los seres vivos han sido creados para, como norma general, disfrutar y ser felices”. Para él, solo siendo felices es posible que la especie humana pueda salir airosa y sobrevivir sobre la Tierra.

El creador de la Bioética, el norteamericano Van Rensselaer Potter, escribió: “Espero que las generaciones futuras puedan ser motivadas a desarrollar cerebros que mejoren el potencial humano para una cooperación global, bioéticamente integrada y más inteligente”. Esto de modelar los cerebros para entender el valor de la vida humana y de la naturaleza en general es, sin duda, algo éticamente profundo. Razón tenía Potter para darle el nombre de ‘Bioética profunda’. Siendo así, considero que solo lograremos una paz cierta motivando a las generaciones presentes y futuras a desarrollar sus mentes, a mejorar su potencial, a cambiar su actitud frente a la vida de su congénere, el otro. Compete, entonces, a educadores de todos los niveles adelantar esta trascendental labor, unidos en una cruzada encaminada a mentalizar a la totalidad de los colombianos acerca de lo que es la verdadera paz, como lo propone Humberto de la Calle.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

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