Portugal conquistó la Eurocopa con su estilo y sin Cristiano

Portugal conquistó la Eurocopa con su estilo y sin Cristiano

Éder en el minuto 109 les dio el título a los lusos contra Francia. Ronaldo jugó 23 minutos.

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10 de julio 2016 , 01:59 p.m.

Éder pateó ese balón con tanta precisión que pareció poseído por Cristiano Ronaldo. Tal vez estaba inspirado por él, la estrella ausente que sufría en el banco, lesionado. Éder impactó la pelota a los 108 minutos de esa final eterna, y lo hizo con fortaleza, a un ángulo, como mejor lo hubiera hecho Cristiano, para conquistar con ese único gol la Eurocopa, frente a Francia. Portugal perdió temprano a su estrella, pero encontró a un ignoto y nuevo héroe.

Éder, que había jugado escasos minutos en la Eurocopa –piel morena, largas trenzas, 28 años, el 9 en la espalda y perteneciente al Lille francés– entró al minuto 79, sin despertar expectativas. Lo que quizá nadie imaginaba en el Stade de France era que en su pierna derecha guardaba como un tesoro el aura de Cristiano.

El 0-0 era el pronóstico más acertado de cualquier casa de apuestas. Llegar a los tiempos suplementarios pocas veces era tan predecible. Se presumía que Portugal se iba a defender con corazón y alma, y que Francia se iba a cansar de atacar y fallar ante esa muralla. Así fue. Portugal se encerró, jugó a lo que mejor sabe, a lo que había demostrado. Y Francia cayó en esa trampa. Varias veces logró agrietar la nutrida barrera portuguesa, y siempre se encontró con el inspirado arquero Rui Patricio. Por eso, el temor francés al contragolpe luso, aunque no estuviera su máximo exponente, Cristiano.

Lo que no era predecible ni en las peores pesadillas portuguesas era que Ronaldo iba a estar sólo 23 minutos en la cancha, quizá menos, pues en ese tiempo pasó desapercibido. A los 8 minutos recibió un golpe en la rodilla izquierda –en un estrellón con Payet–, y sus dolorosos lamentos despertaron la alarma de su nación, y del fútbol. Se empeñó en mantenerse en pie, pero no por mucho tiempo. Le tocó pedir el cambio. Entonces lanzó al piso el brazalete de capitán, con una mezcla de furia y tristeza. Sus lágrimas, incontenibles, de seguro fueron por tener que irse de la final de esa manera, más que por el dolor en la pierna izquierda.

Sin Cristiano, Portugal perdió mucho más que un hombre. Pareció quedar en desventaja. Con dos o tres menos. Con él en la cancha, su selección guarda la ilusión de finalizar con gol un contragolpe. Sin él no hay esperanzas, a menos que haya un jugador iluminado, un Éder...

La sensación del partido en 120 minutos puede ser la de una final aburrida, un choque de estilos que no sabían hacerse daño. Aunque Francia lo intentó siete veces. Griezmann, el goleador del campeonato, tuvo dos remates similares de cabeza y en ambos falló inexplicablemente. Sisoko, el mejor de los franceses, un motor inagotable, pateó varias veces y varias veces el portero Patricio contuvo sus poderosos disparos. Giroud también falló. Incluso, cuando ambos equipos ya se alistaban para el cruel extratiempo, Gignac puso esa pelota rebelde justo en un vertical. Francia debió presentir lo peor.

Aunque no estuviera Cristiano, ese inofensivo Portugal tuvo algunas contadas oportunidades: el remate de Nani que el arquero Lloris desvió a los pies de Quaresma, quien de chalaca volvió a probar los reflejos del portero, hasta ese momento inactivo. Fue lo mejor de un Portugal que parecía decidido a ir por los penaltis. Era la apuesta obvia de un equipo que empató sus tres partidos en la fase de grupos (con Islandia, Hungría, Austria), que clasificó como mejor tercero y que en 90 minutos solo derrotó a Croacia, en octavos. Sí, quizá Portugal no era el mejor exponente de fútbol ni el favorito al título, pero tenía un carta bajo la manga.

En los minutos finales, cuando los cuerpos luchan por estar en pie, cuando los corazones de los hinchas parecen saltar al campo a dar una mano, cuando Cristiano desesperaba en el banco, apareció el jugador iluminado, el poseído: Éder se animó con toda confianza a lanzar ese remate desde fuera del área, fuerte, a un ángulo. Cuando la pelota entró al arco francés, Cristiano no lo podía creer, lloraba, se tomaba la cabeza, saltaba, como olvidando que una venda cubría su rodilla. Él no pudo ser el héroe que se esperaba, pero su aura debió rondar la cancha para iluminar al nuevo héroe, Éder.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @PabloRomeroET

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