Salomón Lerner, un librero de tradición bogotana

Salomón Lerner, un librero de tradición bogotana

La presentación de su biografía coincide con la inauguración de su nueva sede el próximo miércoles.

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10 de julio 2016 , 01:20 a.m.

En el año 2013 escribí la crónica Avenida Jiménez, 4-35, Bogotá, sobre la librería Lerner, pero muchas preguntas quedaron sin contestar. Las limitaciones de tiempo y espacio, así como las escasas reseñas en los archivos y la falta de acceso a las fuentes originales, impidieron que en ese momento indagara a fondo sobre sus verdaderos orígenes.

A finales del 2014, una llamada me sorprendió. Libe Boguszewicz estaba al otro lado de la línea. Con un suave acento argentino me saludó, dijo que era la pareja de Salomón Lerner. Estaban en Buenos Aires y él me quería saludar. De inmediato pensé en la librería. Con voz afable, Salomón dijo que conocía mi interés por la Lerner y que tenía curiosidad por leer la crónica que escribí. Se la envié. Luego me invitó a Buenos Aires para que conversáramos y, aunque era una buena oportunidad para conocer mejor la historia de este lugar emblemático, le agradecí la invitación pero en ese momento no pude aceptarla. Sin embargo, la propuesta me entusiasmó.

Un miércoles de marzo del 2015 recibí otra llamada. Rubén Lerner, hijo de Salomón, estaba en Bogotá y quería conocerme. Nos sentamos en uno de los sofás de la sala de libros colombianos de la librería Lerner del centro para conversar. Rubén tenía en sus manos un ejemplar de Bogotá contada en el que se publicaron los textos de los quince escritores hispanoamericanos. Quería agradecerme por la publicación y le conté la experiencia. Me habló de su padre. Dijo que Salomón estaba ilusionado de poder hablar conmigo sobre sus años en Bogotá. Intercambiamos teléfonos. Continué con mi vida y Rubén regresó a España.

Ese viernes me llamó Rubén desde Madrid. “Hola, Miguel Ángel –dijo–, aquí estoy con mi padre, que te quiere saludar”. Escuché de nuevo la voz de Salomón, recia y afable. Había leído la crónica y quería contarme el verdadero origen de la librería. Luego me pasó a Rubén: “Mira, mi padre y yo hemos pensado en que vengas a Madrid por unos días, porque él tiene muchas ganas de hablar contigo. Vienes como nuestro invitado, solo dinos cuándo puedes y ya está”.

Acepté la invitación de los Lerner. Todo lo que necesitaba –pensé en Antón Chéjov– era una libreta de notas y un par de buenos zapatos. Madrid seguía siendo la gran ciudad loca de Miguel Hernández y Puerta de Hierro, el elegante barrio de Madrid donde viven Libe y Salomón. Las puertas de su casa, cuyo frente está cubierto de hiedra, se abrieron para recibirme. Me esperaban a la entrada. Me encontré con un hombre de ochenta y seis años, vestido con una camiseta polo blanca y unas bermudas, lúcido y con un gran sentido del humor. Libe, una porteña de intensos ojos verdes, esbozó una amplia sonrisa.

De las paredes colgaban cuadros de Antonio López García, Claudio Bravo y Fernando Botero. Nos sentamos en el comedor del jardín sembrado de rosales, con el canto de los pájaros como música de fondo. Comentamos la edición de un libro que llevé de regalo, y Salomón dijo que siempre lo habían apasionado los libros grandes, lo que dio pie para que habláramos de títulos de arte. También hablamos de la librería Lerner. Aquello dio inicio a una charla sobre su vida. Me contó que en Colombia había tenido muchos amigos y lo habían condecorado varias veces. Pero, sobre todo, que había hecho una familia.

Al principio pensé que la conversación sería solamente sobre la historia de la librería. “He hecho tantas cosas en mi vida… –dijo Salomón–. Pero si solo quieres que hablemos de la librería, nos dedicamos a la librería, a la historia de la librería”.

Recordó su infancia en Moisés Ville, llamada la Jerusalén de la Argentina. Descendía de los judíos que huyeron de Rusia a finales del siglo XIX. Recordé la película El violinista en el tejado, que muestra cómo era la vida de los judíos en la Rusia zarista. Hasta ese momento, mis únicas referencias de los judíos en la Argentina provenían de los cuentos de Borges, luego cayeron en mis manos otros libros. Con el transcurrir de la charla, intuí que narrar los orígenes de la librería sería apenas un capítulo de la vida de Salomón Lerner.

Le pregunté por qué me había invitado a Madrid. Me quería confiar su historia para que sus nietos lo recordaran. Libe había leído las preguntas que yo le había enviado meses atrás y le había sugerido que las contestara. Era importante que narrara su vida para que mantuviera vivos algunos de sus mejores recuerdos.

La nueva sede de la Librería Lerner, en el norte de Bogotá, está situada en una moderna edificación, a pocos pasos del parque de la 93. / Foto: Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO.


Durante diez días hablé con Salomón, desde el amanecer hasta muy entrada la noche de los largos veranos de Madrid. Fueron días plenos. Libe y Salomón me agasajaron con el fervor con que se acoge a los viejos amigos. Les tomé unas fotografías para conservarlas como recuerdo. Después del viaje sostuvimos largas y constantes conversaciones telefónicas. Durante varios meses conocí buena parte de la vida de Salomón, lo suficiente como para arriesgarme a contarla.

Al finalizar la tarde de ese día de verano decidí escribir este libro. Salomón se emocionó con la idea y celebramos con un brindis.

Este libro narra la vida de Salomón Lerner Mutzmajer, hijo de Berta y Samuel, y nieto de Mordejai.

Su familia emigró a la Argentina a finales del siglo XIX. Su padre vendía mercancía puerta a puerta y su madre era ama de casa. Creció en una colonia judía con sus cuatro hermanos y estudió en una escuela pública. Cuando era niño vendió espirales para matar mosquitos. En su juventud fue fotógrafo, periodista y vendedor de libros. A mediados de los años cincuenta llegó a Colombia. Fundó con Rosa Grimberg, su esposa, una de las librerías más emblemáticas de Bogotá: la librería Lerner.

Salomón Lerner fue testigo de las transformaciones culturales y económicas que vivieron países como Argentina, Colombia y España en determinados momentos de su historia. Fue amigo de médicos, historiadores, artistas, escritores, editores, políticos y abogados, con quienes publicó libros y revistas que contribuyeron a la formación de profesionales en campos como la medicina, el derecho, la historia y el arte. Editó, entre otras publicaciones, Tribuna Médica, la primera revista colombiana de divulgación científica que se globalizó; la Iconografía del Libertador, una serie de retratos de Simón Bolívar realizados por diferentes artistas nacionales, y los treinta primeros tomos de la Historia extensa de Colombia, una contribución enciclopédica al conocimiento del pasado de ese país.

Hizo parte de la revolución de la industria gráfica colombiana a principios de los años sesenta. Creó una empresa editorial y una imprenta en Bogotá. En Europa popularizó las revistas de medicina a color, cuando aún no se usaba la policromía, y se asoció con editoriales como Abrams Books y Rizzoli para publicar libros de artistas latinoamericanos. Dominó el negocio editorial en España durante más de una década y fue dueño de fábricas de papel y cartón corrugado.

Esta es la historia de un hombre entusiasta, de un personaje apasionado por la pintura, la poesía, los viajes y los amigos. Un hombre que se entregó a su familia, a sus aventuras como empresario y a su oficio como editor.
El calor no da tregua y ha invadido la casa.

Sentado ante el jardín, contempla los rosales que sembró Rosita, su esposa ya fallecida. Dice que se alegra cuando lo visitan sus nietos y bisnietos porque puede contarles anécdotas de su vida, hablarles de la situación económica y política europea, preguntarles por sus trabajos o el colegio, darles algún consejo, contarles chistes, recitarles poemas y consentirlos.

Contar la vida de un hombre, de cualquier hombre, es una tarea compleja. Es contar también la vida de las personas que lo conocieron, de los lugares que habitó, de los hechos que lo marcaron, de sus realizaciones y de sus tragedias. Salomón vio crecer, multiplicarse y desaparecer a algunas de las personas más entrañables de su familia.

En medio de nuestras conversaciones, casualmente llamó Steven Hager, el nieto mayor de Salomón, que acababa de aterrizar en el aeropuerto de Barajas. Venía de México y quería pasar a ver a su abuelo un rato antes de partir hacia Jerusalén, donde reside. Llevaba sobre su cabeza una kipá negra acorde con la tradición de los varones judíos observantes. Conversaron durante media hora en la sala.

–Es que mira, Steven –le dijo Salomón a su nieto–, estoy muy fotografiado últimamente porque este señor estaba aburrido en Colombia. No tenía qué hacer o lo echaron de su trabajo, entonces se inventó venir aquí a pasar los días con nosotros para escribir sobre mi vida. Como tus primos me están preguntando: “Abuelito qué hiciste, qué no hiciste”, entonces él me está haciendo un… qué sé yo.

–Un libro –dijo Steven.
–Qué un libro, un libro es para la gente importante –replicó Salomón.
–Tú siempre afirmaste que tus historias son libros –le recordó su nieto–, que tu historia era un libro.
–Bueno, siempre dije que mi historia era un libro porque yo vendía libros.

Moderna sede en el norte de Bogotá

El 20 de mayo de 1958 Salomón Lerner inauguró la famosa librería que lleva por nombre su apellido, y que se ha convertido en un referente para los lectores capitalinos. La primera sede se abrió en la calle 14, al lado de la Universidad del Rosario. En 1967, la librería se trasladó para su conocida sede de la avenida Jiménez. Luego de funcionar durante muchos años en la calle 92 abajo de la carrera 15, la librería está abriendo su moderna sede en el corazón del parque de la 93, sobre la carrera 11. Cuando se acerca a sus 60 años, además de los más de 200.000 libros que acoge, la nueva cuenta con un café, librería para niños y con una novedosa agenda cultural, con presentaciones de libros.


* Miguel Ángel Manrique (El Carmen de Bolívar, 1967) es autor, entre otras, de ‘Disturbio’ (Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura 2008). Además es profesor de la U. Externado y dirige el taller de novela corta del Fondo de Cultura Económica.

MIGUEL ÁNGEL MANRIQUE*

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