El ajedrez que tiene vivo al Estado Islámico

El ajedrez que tiene vivo al Estado Islámico

Los intereses cruzados de las potencias han hecho que la derrota de los extremistas sea secundario.

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10 de julio 2016 , 01:19 a.m.

Nueva York. Los letales ataques terroristas en Estambul, Dacca y Bagdad demuestran el alcance criminal del Estado Islámico (EI) en Europa, el norte de África, Oriente Próximo y partes de Asia. Mientras más se mantenga en sus bastiones de Siria e Irak, más matanzas de este tipo generará su red terrorista. Sin embargo, no es una organización particularmente difícil de derrotar. El problema es que hasta ahora ninguno de los Estados involucrados en Irak y Siria, entre ellos Estados Unidos y sus aliados, lo ha tratado como a su principal enemigo. Ya es hora de hacerlo. (Vea aquí: El terror que también debe importarnos: los 300 muertos de Irak)

El EI tiene una fuerza de combatientes de pequeño tamaño, de 20.000 a 25.000 hombres en Irak y Siria, y aproximadamente otros 5.000 en Libia, según lo estimado por EE. UU. Se trata de cifras minúsculas en comparación con el personal militar desplegado en Siria (125.000), Irak (271.500), Arabia Saudí (233.500), Turquía (510.600) o Irán (523.000).

A pesar de que el presidente estadounidense Barack Obama prometió en septiembre del 2014 “socavar y finalmente destruir” al EI, Washington y sus aliados, entre ellos Arabia Saudí, Turquía e Israel (entre bastidores), se han centrado en su lugar en derrocar a Bashar al Asad en Siria. Piénsese en la afirmación hace poco del mayor general israelí Herzi Halevy (me la citó un periodista presente en un discurso de Halevy): “Israel no quiere que la situación en Siria se resuelva con la derrota del EI, la salida de las superpotencias de la región y la realidad de quedarse sola ante Hezbolá e Irán fortalecidos”.

Israel se opone al EI, pero su mayor preocupación es el respaldo que Asad recibe de Irán y que le permite apoyar a Hezbolá y Hamas, los dos enemigos paramilitares del Estado hebreo. Por tanto, prefiere derrocar a Asad que al EI. (Lea también: El grupo EI cede terreno, pero amplifica su campaña de terror)

En el caso de EE. UU., guiado por los neoconservadores, la guerra en Siria es una continuación del plan de hegemonía global lanzado por el secretario de Defensa, Richard Cheney, y el subsecretario Paul Wolfowitz al término de la Guerra Fría. En 1991, Wolfowitz dijo al general estadounidense Wesley Clark:

“Pero si algo aprendimos (de la guerra en el Golfo Pérsico) es que podemos usar nuestras fuerzas en la región (en Oriente Próximo) y los soviéticos no nos detendrán. Tenemos entre 5 y 10 años para limpiar esos antiguos regímenes soviéticos: Siria, Irán (sic), Irak, antes de que la próxima gran superpotencia venga a desafiarnos”.

Las guerras de EE. UU. en Oriente Próximo (Afganistán, Irak, Siria, Libia y otras) han apuntado a quitar de la escena a la Unión Soviética, y luego a Rusia, y conseguir el poder hegemónico. Han fracasado estrepitosamente en ese cometido.

Al igual que para Israel, para Arabia Saudí el objetivo principal es derribar a Asad con el fin de debilitar a Irán. Siria es parte de una amplia guerra de intermediarios, por la influencia en la región, entre el Irán chií y la Arabia Saudita sunní que se desenvuelve en los campos de batalla de Siria y Yemen y en las amargas confrontaciones entre chiíes y sunníes en Bahréin y otros países divididos de la región (incluida la misma Arabia Saudita).

En el caso de Turquía, el derrocamiento de Asad afianzaría su posición regional. Sin embargo, hoy enfrenta a tres enemigos en su frontera sur: a Asad, al EI y a los nacionalistas kurdos. Hasta ahora, el EI ha sido una prioridad secundaria ante su urgencia en torno a Asad y a los kurdos. Pero los ataques terroristas planeados por el EI en el país pueden estar cambiando eso. (Además: Irak le arrebata terreno al Estado Islámico)

También Rusia e Irán han buscado impulsar sus propios intereses, mediante guerras de terceros y el apoyo a operaciones paramilitares. Sin embargo, ambos han señalado que están dispuestos a cooperar con Estados Unidos para derrotar al EI y, tal vez, solucionar otros problemas. Hasta ahora, EE. UU. ha desdeñado estas ofertas porque se centra en derrocar a Asad.

Las instituciones y personeros de asuntos exteriores de Estados Unidos culpan al presidente Vladimir Putin por defender a Asad, mientras que Rusia culpa a EE. UU. por querer derrocarlo. Puede que parezcan quejas simétricas, pero no lo son. El intento de Estados Unidos y sus aliados de derrocar a Asad viola la Carta de las Naciones Unidas, mientras que el apoyo de Rusia a Asad va en la línea del derecho de autodefensa de Siria en virtud de dicha carta. Sí, Asad es un déspota, pero la Carta de la ONU no da licencia a ningún país a elegir qué déspotas quiere derrocar.

La vigencia del EI subraya tres debilidades estratégicas de la política exterior de Washington, junto con un error táctico fatal. Primero, la cruzada neoconservadora para lograr la hegemonía estadounidense mediante el cambio de regímenes no solo es de una sangrienta arrogancia, sino una clásica extralimitación imperialista. Ha fracasado donde sea que EE. UU. ha intentado hacerla realidad. Siria y Libia son los últimos ejemplos.

Segundo, por largo tiempo la CIA ha armado y entrenado a yihadistas sunníes mediante operaciones financiadas por Arabia Saudí. A su vez, estos yihadistas dieron origen al EI, que es una consecuencia directa, aunque no prevista, de las políticas de la CIA y sus socios saudíes.

En tercer lugar, la percepción de EE. UU. de Irán y Rusia como enemigos implacables está caduca en muchos sentidos y acaba por ser una profecía autocumplida. Es posible un reacercamiento con ambos países.

Cuarto, ya en el aspecto táctico, ha fallado el intento de EE. UU. de librar una guerra a dos frentes contra Asad y el EI. Siempre que Asad se ha debilitado, el vacío se ha llenado mayormente con yihadistas sunníes del EI.

Asad y sus contrapartes iraquíes pueden derrotar al EI si EE. UU., Rusia, Arabia Saudí e Irán proporcionan apoyo aéreo y logístico. Sí, Asad seguiría en el poder. Sí, Rusia mantendría un aliado en Siria y, sí, Irán tendría influencia allí. Sin duda que continuarían los ataques terroristas y quizás el EI se los seguiría atribuyendo por algún tiempo, pero se eliminaría su base de operaciones en Siria e Irak.

Un resultado así no solo acabaría con el EI en el terreno de Oriente Próximo, sino que sentaría las bases para reducir las tensiones regionales en términos más generales. EE. UU. y Rusia podrían comenzar a revertir su nueva y reciente guerra fría mediante esfuerzos conjuntos por eliminar el terrorismo yihadista. (Sería también de ayuda el compromiso de no ofrecer a Ucrania ser parte de la Otán ni elevar la carrera de defensas misilísticas en Europa oriental.)

Hay más. Un enfoque de cooperación para derrotar al EI daría a Arabia Saudí y Turquía una oportunidad de encontrar un modus vivendi con Irán. La seguridad de Israel mejoraría si se llevase a Irán a una relación económica y geopolítica de cooperación con Occidente, lo que a su vez aumentaría las posibilidades de un acuerdo de dos Estados con Palestina, un asunto pendiente desde hace mucho tiempo.

El ascenso del EI es un síntoma de las insuficiencias de la estrategia occidental, y particularmente la de EE. UU. Occidente puede derrotar al EI. La pregunta es si Washington emprenderá la reevaluación estratégica necesaria para tal fin.

JEFFREY D. SACHS*
*Director del Instituto de la Tierra en la U. de Columbia. Dirige además la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de la ONU

© Project Syndicate

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