Cómo Israel está perdiendo a Estados Unidos

Cómo Israel está perdiendo a Estados Unidos

El conflicto con Palestina ha polarizado a la opinión pública de ese país.

09 de julio 2016 , 09:28 p.m.

El difunto diplomático norteamericano George Ball dijo alguna vez que Israel necesitaba ser salvado de sus propias políticas suicidas “a pesar de sí mismo”. En un artículo de Foreign Affairs de 1977, exigió un esfuerzo imparcial por parte de Estados Unidos a favor de un acuerdo de paz árabe-israelí. Pero, si bien la postura realista de Ball sobre el conflicto palestino-israelí no es inusual entre los funcionarios del Departamento de Estado norteamericano, sigue siendo un tema tabú para el establishment político de Estados Unidos, que desde hace mucho tiempo viene defendiendo un consenso casi sagrado sobre Israel, hasta ahora.

Está claro que, hasta cierto punto, la postura de Ball sigue representando un clamor en el desierto. Después de todo, Estados Unidos no ha vacilado en su compromiso de mantener la “ventaja militar cualitativa” de Israel. De hecho, la administración del presidente norteamericano, Barack Obama, ha superado todos los récords históricos en su ayuda militar a Israel, y aun así el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no ha manifestado ninguna voluntad de usar esa ventaja militar financiada por los contribuyentes norteamericanos para asumir riesgos calculados por la paz. En este sentido, Estados Unidos al día de hoy sigue suscribiendo las políticas anexionistas desafiantes de Israel.

Pero algo definitivamente cambió. Las cuestiones referidas a Palestina hoy están sumamente polarizadas en la política estadounidense. Las generaciones más jóvenes están mucho más afectadas por las imágenes de un Israel intolerante que tiraniza a una nación palestina privada de derechos que por el recuerdo cada vez más débil de la épica sionista original.

Para ellos, el conflicto palestino-israelí se ha convertido en una cuestión de derechos humanos –y, de por sí, muy polémica–. Los defensores de Israel hoy enfrentan un activismo pro-Palestina en los predios universitarios a un nivel nunca visto en Estados Unidos desde que los estudiantes manifestaban en protesta por la guerra de Vietnam.

Una encuesta de Gallup del 2014 reveló que, si bien una estrecha mayoría de los norteamericanos justificaba el ataque de Israel en Gaza en 2014, esta postura solo era respaldada por el 25 % de la gente menor de 30 años, mientras que el 51 % de las personas menores de 30 años consideraba injustificadas las acciones de Israel.

Según una encuesta de la Brookings Institution del 2014, un abrumador 84 % de los demócratas y un 60 % de los republicanos estaban a favor de una solución de un solo Estado, en el cual un gobierno democrático único garantiza iguales derechos para todos los ciudadanos, israelíes y palestinos.

Otra encuesta, pero de diciembre del 2015 de la misma organización, indicaba que el 66 % de los norteamericanos apoyaba una política estadounidense más imparcial en el conflicto palestino-israelí; entre los demócratas de menos de 35 años, ese porcentaje ascendía al 80 por ciento.

Los políticos estadounidenses están prestando atención. En los últimos meses, los legisladores demócratas, encabezados por el senador Patrick Leahy de Vermont, han solicitado una investigación de las “graves violaciones de los derechos humanos” por parte de Israel, incluida la tortura y las ejecuciones extrajudiciales, contra los palestinos. Y Dan Shapiro, embajador de Estados Unidos ante Israel, encendió al establishment israelí el pasado mes de enero cuando sugirió en un discurso que Israel, esencialmente, estaba imponiendo el apartheid en Cisjordania.

El senador Bernie Sanders, en su campaña presidencial, rompió el molde cuando exigió revisar la postura del Partido Demócrata sobre el conflicto palestino-israelí. Al resaltar la difícil situación de los palestinos, Sanders puso de relieve no solo su propia visión del mundo centrada en la moralidad –que, sin duda, puede rayar en el idealismo–, sino también que entiende el humor de un electorado importante. Gracias a sus esfuerzos, la convención demócrata este mes va a marcar un punto de inflexión en cuanto a la estrategia del partido en esta materia.

El Partido Republicano también está amenazando con volverse en contra de Israel, pero de una manera mucho más dañina. Donald Trump, el supuesto candidato del partido para la elección presidencial de noviembre, ha indicado que no respaldaría el apoyo automático a Israel por parte de Estados Unidos, sugiriendo que piensa que Israel tiene más responsabilidad en el fracaso de la solución de dos estados. Por el contrario, dice, sería “una suerte de tipo neutral” en el conflicto palestino-israelí. Esto parece caerle bien a sus seguidores, muchos de los cuales simpatizan con Trump por su postura anti-establishment.

Si los políticos del establishment que ellos desprecian apoyan a Israel, dice la lógica, debe de haber algo que está mal con esa política. El peligro reside en el hecho de que Trump ha apelado a un elemento abiertamente xenófobo de la base electoral conservadora.

Por cierto, ha recibido el apoyo de los supremacistas blancos, entre ellos David Duke, exlíder del Ku Klux Klan. En este sentido, el ascenso de Trump es una muy mala noticia para los judíos norteamericanos –y, de hecho, para todos los grupos minoritarios de Estados Unidos–. Y aún peor, el impacto de Trump puede extenderse más allá de Estados Unidos, con líderes de extrema derecha en otras partes, como Norbert Hofer de Austria, que emulan sus tácticas para atizar y capitalizar el nativismo atávico.

Para Israel, una presidencia de Trump claramente sería una pérdida importante, no solo porque Israel ha contado desde hace mucho tiempo con los legisladores republicanos para impulsar su agenda. En 2011, por ejemplo, los republicanos llegaron a organizar, sin informarle a la Casa Blanca, una presentación de Netanyahu ante el Congreso, en un esfuerzo por bloquear el acuerdo nuclear que Obama había venido negociando desde hacía mucho tiempo con Irán.

El problema va mucho más allá. Una cosa es un aliado menos servicial en la Casa Blanca; otra muy distinta es tener allí a Trump, poniendo en práctica su filosofía de “Estados Unidos primero” en el terreno de la política exterior.

Si bien la idea de asignarle la mayor prioridad a los intereses del propio país no es descabellada en sí misma, el discurso particular de Trump recuerda los reclamos pronunciados por grupos aislacionistas y antisemitas antes de la Segunda Guerra Mundial para que Estados Unidos apaciguara a Hitler. Para Trump y millones de sus seguidores, “Estados Unidos primero” significa el fin de la misión global iluminada de Estados Unidos. Los poderes extranjeros, sean quienes fueren, deberían pagar por los servicios de Estados Unidos.

Al ignorar la protesta de la opinión pública europea en contra de su política palestina, el gobierno de Israel ha perdido definitivamente el respaldo de Europa. Ahora, su ciudadela alguna vez invulnerable en Estados Unidos está bajo amenaza. Con certeza debe darse cuenta de que ignorar este desafío equivaldría a saltar al vacío.

SHLOMO BEN-AMI
POLÍTICO, DIPLOMÁTICO E HISTORIADOR ISRAELÍ
Copyright Project Syndicate

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