Tiempos de la cometa / Voy y vuelvo

Tiempos de la cometa / Voy y vuelvo

Aunque cambien los tiempos, los riesgos de juventud están latentes. Solo que hoy tienen mil rostros.

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09 de julio 2016 , 07:17 p.m.

Hay un vallenato del desaparecido Fredy Molina, Tiempos de la cometa, que he vuelto a revivir ahora que han sucedido los hechos del Bronx: la vieja y peligrosa calle del centro de Bogotá; antro de múltiples crímenes, violaciones, territorio de mafias y de niños y niñas condenados por el vicio. Son ellos los que de verdad conmueven.

Las imágenes del menor arrastrado por uno de los sayayines del lugar, semidesnudo, aterrorizado por la suerte que le espera conmovieron a más de uno. Y no menos conmueven los relatos de madres y padres de familia que de una u otra forma se han internado en ese infierno para hallar a los suyos, rescatarlos y devolverlos a la vida, la mayoría de veces sin éxito.

Lo mismo podría pensarse de aquella horda de muchachos captados por las cámaras momentos antes de ingresar a lo que era el Bronx. Muchos de ellos menores de edad, arrastrados a un mundo incierto, sin salida. Hasta tres días podían permanecer en ese lugar de perdición, según las autoridades y los testimonios de los mismos jóvenes. ¿Y los padres? ¿Dónde están los padres? Se preguntaba la gente en las redes sociales.

Cuanto deseo, porque perdure en mi vida, que se repitan, aquellos tiempos sentidos, mi primer trago a escondidas, la primera novia en olvido, ya mi juventud declina, al compás de tiempos idos...

Así reza la primera estrofa de esta canción inolvidable que habla de la nostalgia de la juventud, de una juventud sana y sencilla.

Y digo que me viene a la mente porque los recuerdos de mis años de colegio eran parecidos: sanos y sencillos. Con los amigos solíamos irnos de juerga a donde amigos o de desconocidos porque llegábamos a través de otros parches. Decenas de veces salimos a las tres, cuatro o seis de la madrugada y caminamos durante horas hasta llegar a casa arropados por el azul reproche de la madrugada.

Se sentía algo de vergüenza cuando antes de arribar al hogar salían los vecinos recién bañados y perfumados y uno tenía que saludarlos con esa cara de amanecido. Si durante la fiesta no había conquista no importaba, se cultivaban nuevas amistades, se escuchaba música, había cigarrillo y una que otra pelea. Nada pasaba a mayores.

Hoy las cosas se antojan distintas. No son tiempos de cometas ni es lo mismo salir a caminar en la madrugada. Los muchachos están más expuestos y lo padres, más angustiados por su suerte o simplemente se declaran vencidos ante la avalancha de los nuevos tiempos.

Este oficio, las cámaras de video, los registros diarios de cómo se atraca, se asesina, se agrede han sembrado el terror en las familias. ¿No pasaba esto antes? ¿No habían atracadores o abusadores amparados en la noche? Es probable, pero no recuerdo que el consumo de drogas tuviera los niveles de hoy o que las pandillas actuaran como bandas delincuenciales o que las barras del fútbol se convirtieran en organizaciones violentas. No había Transmilenio, sino busetas y buses destartalados. El taxi era un lujo.

Pero nos divertíamos e íbamos de Pastor López a Cyndi Lauper y de Alfredo Gutiérrez a The Bee Gees o Kiss. Sí, éramos irresponsables, pero no estábamos tan expuestos al peligro, el crimen, los jíbaros o los bandidos del Bronx.

Algunos pensarán lo contrario: que tales peligros siempre nos han acechado y que lo que sucede es que cuando se es joven no se piensa en riesgos, que el peligro está en la cabeza de los papás. Hasta que se es padre y entonces las cosas cambian y tendemos a exagerarlo todo. Hoy no oso permitir que mis hijos vayan a fiestas y se devuelvan caminando, mucho menos que tomen el transporte público. Y ausculto quiénes son sus amigos, dónde viven, si son conocidos o no, si alguno de ellos por casualidad fuma o si ya han probado el alcohol.

Y al final ¿para qué? Para ejercer algo de control, es lo más que podemos hacer. No somos sus policías, ni sus guardias, ni sus ángeles. Somos solo eso: padres aterrorizados por el peligro de la calle. Sí, la calle, la misma que perdimos por el embate urbanístico y porque las nuevas tecnologías encerraron a los niños en sus casas.

Sin calles para jugar, padres despreocupados, criminales rondando conjuntos y colegios, y cámaras por doquier que nos recuerdan que la ciudad ya no es la de antes, solo queda añorar a Molina y decir, como él, que la vida cambia con el tiempo.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
EDITOR JEFE EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com

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