¿Cómo era el pasado acuífero de la avenida Jiménez de Bogotá?

¿Cómo era el pasado acuífero de la avenida Jiménez de Bogotá?

'El río que corre', investigación de Jimena Montaña, trata la historia del afluente San Francisco.

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08 de julio 2016 , 07:59 p.m.

Cuando los españoles llegaron a la sabana de Bogotá encontraron un gran espejo plateado, gracias a la riqueza acuífera de la zona; pero además, hermosos cultivos de maíz que, mientras se secaban, brillaban con el ocaso del sol.

Dos de los principales afluentes de la zona eran los ríos San Agustín y San Francisco, sobre los que se erige la ciudad, como lo cuenta la investigadora Jimena Montaña Cuéllar. Ella es la autora de 'El río que corre: una historia del río San Francisco y la Avenida Jiménez', que publicó con el apoyo de la Fundación de Amigos de Bogotá. Montaña contó con el apoyo de Celia Armerteras Buades, quien realizó la coordinación editorial del proyecto.

Narra Montaña que el río San Francisco se llamaba originalmente ‘Vicachá’, que en lengua muisca traduce “resplandor de la noche”. En días de luna llena, la luz lo convertía en un gran hilo de plata que atravesaba la sabana.

“Esta es una historia de ese río, el núcleo central de la ciudad, que dio paso luego al ideal de la modernidad, que fue llamado la avenida Jiménez de Quesada”, anota.

Muchas de las edificaciones siguieron el movimiento curvo del río. Edificio El Tiempo y Edificio Pasaje. Archivo Fundación de amigos de Bogotá.

De los 18 puentes que se llegaron a construir sobre el San Francisco, para conectar la ciudad con las zonas aledañas hacia el norte, el transcurrir de los años solo permitió conservar uno: el Colón, diagonal a la iglesia de Las Aguas. Su hallazgo en 2003 se dio durante una adecuación de tuberías en esa zona.

Montaña explica que al pasar los años, el río comenzó a contaminarse, lo que obligó a canalizarlo. A propósito, la autora recuerda una colorida anécdota que acostumbraban a relatar los bogotanos a principios del siglo XX.

“Cuando se hablaba en esa época de ríos famosos, como el Sena (París) y el Támesis (Londres), los bogotanos solían decir con humor que también tenían un río que atravesaba la ciudad de oriente a occidente. Entonces, alguien preguntó: ‘¿Y es navegable?’. A lo que la gente –con fino humor cachaco– contestaba: ‘Sí, claro, por él suben los vapores’. Porque al mediodía, cuando calentaba el sol, subían los olores más terribles de lo que ya se consideraba una cloaca”, anota Montaña.

Y ocurrió porque el San Francisco no solo surtió de agua a los principales acueductos de entonces, sino que ayudaba a mover los molinos y abastecía a las fábricas incipientes, que a su alrededor se ubicaron en el siglo XIX. Entre esas, las curtiembres que ayudaron a su contaminación.

El puente principal del río estaba situado en el famoso cruce de la carrera 7.ª con la Jiménez. “El puente de los franciscanos conectaba las dos ciudades: el núcleo fundacional de la plaza de Bolívar y la plaza más importante que le seguía, que era la de Las Hierbas, hoy el parque Santander. Cuando se canaliza el río, se tumba ese puente”, explica Montaña.

Montaña explica que al pasar los años, el río comenzó a contaminarse, lo que obligó a canalizarlo. Puente de Latas. Archivo Fundación de Amigos de Bogotá.

De esta manera se dio paso a la avenida Jiménez, que curiosamente es la única que sigue el curso del río y que no se ajustó al diseño de cuadrícula, con calles rectas, sobre las que se fue desarrollando la capital de la República.

“La Jiménez sigue el curso caprichoso del río, al que van a responder los arquitectos a lo largo del tiempo, haciendo las fachadas de los edificios curvos. Una característica que sigue hasta perderse en esa otra plaza importante, la de San Victorino, que era la entrada de occidente, cuando ya el río se junta con el San Agustín y se pierde en las profundidades hasta el río Bogotá”, anota la autora.

Proceso de canalización. La Jiménez sigue el curso caprichoso del río, al que van a responder los arquitectos a lo largo del tiempo, haciendo las fachadas de los edificios curvos. Archivo Museo de Bogotá.IDPC.

De esta manera, agrega, la avenida Jiménez, con todos sus procesos, “logra hacer carne todos los ideales de prosperidad, de riqueza, de futuro y se convierte en el centro de la ciudad, hasta pasados los años 60, cuando la ciudad ya se desplaza hasta el centro internacional”.

La autora lleva más de 20 años estudiando el desarrollo urbano capitalino: “Este es un homenaje a esa ciudad que negó y sigue negando sus acuíferos, es un homenaje a los cerros, es un homenaje al patrimonio, a los ideales; es un intento por reconstruir esa historia que siempre hemos negado. Vivimos en el país del olvido, y eso se manifiesta en la permanente destrucción de las ciudades”, concluye.

De venta en la librería Lerner o en la Fundación de Amigos de Bogotá.

CARLOS RESTREPO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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