Un capitalismo imposible

Un capitalismo imposible

Será una tarea muy difícil hacer de China una estable democracia moderna.

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08 de julio 2016 , 06:22 p.m.

La dirigencia comunista china después de Mao, con las experiencias propias de sus desastrosas utopías irrealizables, tuvo la buena suerte de no estar tan fuertemente atada a dogmas y biblias intangibles, y de contar con talentosos y cultos líderes.

Muerto Mao, se preguntaron esos líderes, encabezados por Deng Xiaoping, ya restituido en su poder político, qué podrían hacer para emprender el anhelado y urgente desarrollo industrial de su vasta nación. Concluyeron, con admirable genialidad pragmática, después de muchas discusiones y trágicos episodios, en un timonazo de tres enfoques: primero, tenían que desechar todo lo que tuviera que ver con utopías ya ensayadas y fracasadas como la soviética y las propias de Mao; segundo, tampoco podrían aceptar, por incosteable, el ofrecido sistema del capitalismo democrático triunfante, representado para estos efectos por la OIT, con sus altos salarios, prestaciones, libertad y derechos sindicales; y tercero, escogerían el único camino viable: el histórico modelo exitoso de la Revolución Industrial inglesa, capitalista y de propiedad privada, del siglo XVIII, desarrollado por una Inglaterra tan pobre y atrasada en su momento como lo estaba China en la década de 1980. Fue una decisión crucial para China cuando su luminoso líder máximo, Deng Xiaoping, terminó de convencer al Comité Central de que esa era, precisamente, la única ruta viable para un desarrollo rápido.

Inesperado, maravilloso, increíble que el Partido Comunista Chino, con el poder total centralizado en Pekín por primera vez, y en unas solas manos, hubiese tomado esa decisión y llevado a cabo con éxito arrollador la revolución industrial capitalista de mercado y propiedad privada más rápida de la historia, que convirtió a China, en tan solo 35 años, en la segunda potencia industrial del mundo. Un sabio giro que quizás solo se explica por la capacidad intelectual y la alta cultura política de sus dirigentes, bajo la dirección del genial Deng. Este personaje fue capaz de exclamar, en pleno congreso nacional del Partido Comunista, "enriquecerse es la gloria", sabiendo que iba a recibir un aplauso atronador.

A Deng no le alcanzaron sus años de vida para que hubiese dado el segundo timonazo, este más lógico y con menos resistencias en ese momento: la democratización de China, con adopción de una constitución política fundante de un Estado liberal de derecho, con propiedad privada y economía de mercado y separación de poderes públicos.

Ahora lo grave es que China, como Estado totalitario, ha entrado en una decadencia muy difícil de detener. Las cifras de su economía no son confiables y, como están en deterioro constante, el Gobierno trata de ocultarlo. La corrupción burocrática aumenta porque nadie la controla ni la denuncia. En los Panama Papers hay varias referencias de descendientes de Mao y, además, la prensa dijo que el 29 por ciento de esos papers, que son muchos millones, tienen nombres chinos.

Por la gran importancia de China, los gigantescos capitales extranjeros y nacionales que juegan en esa inmensa nación y lo difícil que es desmontar gobiernos corruptos -¡que nos pregunten a nosotros los latinoamericanos!-, será una tarea muy, pero muy difícil, la de hacer de China una estable democracia moderna. El mundo occidental podría pensar en apoyar a China en este nuevo esfuerzo vital, porque el totalitarismo ha sido y sigue siendo causa de grandes desastres. ¿Será ingenuo pensar en este apoyo? Temo que sí.


Tito Livio Caldas
* Presidente fundador del Instituto Libertad y Progreso (ILP) de Bogotá

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