Desmemoria y justicia

Desmemoria y justicia

La guerra de Irak fue un gran error político, que en vano cobró miles de vidas y destrozó ese país.

notitle
08 de julio 2016 , 04:45 p.m.

Hace unos meses, Tony Blair blasonó una frase que hoy retumba si cabe más. “El juicio de la historia”, tan grandilocuente como vacua frase, así se refería quien fue primer ministro británico -y uno de los puntales de George Bush en la guerra de Iraq y ulterior invasión hace ahora 13 años- al juicio que la historia les hará a él y a otros por aquella aventura en Iraq que no tuvo el respaldo inicial de Naciones Unidas, pese a las presiones y al periplo por América Latina de algún presidente de gobierno buscando el apoyo puntual de algún miembro rotatorio del Consejo de Seguridad.

Blair, el político reconvertido en hombre de negocios propios y para otros, se escudaba en que recibieron datos "erróneos" de los servicios de inteligencia como causa determinante de lo que sucedió.

Ahora, el ‘Informe Chilcot’ evidencia algo que se sabía desde el principio: no se agotó toda posibilidad de paz antes de propiciar una guerra en ese país del Medio Oriente. Al contrario: se mintió, se escenificó, se falsificaron pruebas, se torció la razón, la justicia enmudeció y la verdad se diluyó. Se violentó una legalidad internacional que solo es quimera y papel mojado cuando se quiere la guerra, por muchas artimañas e imposturas que existan.

La memoria es frágil, la historia se reescribe, pero la justicia es única.

Apelar a la historia y a su juicio, más allá de las farsas, es una añagaza que muchos han utilizado, sobre todo políticos y aprendices de estadistas, como maquillaje idóneo para enmascarar sus acciones y discursos. De este "juicio de la historia" a un "la historia me absolverá", o apelar a alguna divinidad, han sido justificaciones tan etéreas como cínicas y soberbias, más allá del juicio de los mortales coetáneos.

El fracaso ulterior de la invasión, con desprecio absoluto a la sociedad y cultura iraquí; el desmantelamiento del régimen, y el avispero recrudecido y sectario entre chiíes y suníes convirtieron a Iraq en un infierno: más de 700.000 muertos, cientos de miles de desplazados y la fractura de un país han acabado inoculando la locura y la barbarie del Estado Islámico.

La guerra de Iraq fue un gran error político. El de Aznar y en mayor medida el de Bush, quien no obstante revalidó la presidencia. Azores es una foto tremenda y desgarradora, aunque aparentemente triunfalista.

El 20 de marzo del 2003, a medianoche, empezaron los bombardeos sobre Bagdad. Naciones Unidas acababa de asistir a una de sus más tristes escenografías. Para la historia quedó la imagen de un impotente Kofi Annan. Solo la voz débil y afligida de Wojtyla entonaba la verdad; el resto era una composición de intereses. Europa se fraccionó y el daño que se le infligió a la legalidad internacional fue irreparable.

La guerra, que se basó en una decidida lucha contra el terror y el terrorismo, en su propia génesis nacía viciada y mancillada por la mentira. Nunca tuvo el respaldo del Consejo de Seguridad y, por tanto, careció ab initio de toda legalidad y legitimidad. Una guerra que no se detuvo ante nada ni nadie, que no escuchó el clamor de la opinión pública mundial. La presión y la coerción fueron las piedras angulares de una guerra buscada y deseada por el inquilino de la Casa Blanca, obsesionado desde hacía años con el régimen iraquí, con sus recursos y su posición en el tablero de Oriente Próximo. Triunfó lo preventivo, el conmigo o contra mí; triunfaron la mentira y la muerte de miles de inocentes, los daños colaterales que por desgracia no eufemísticamente provoca quien dispara.

Menos de un mes después, el 9 de abril, las tropas norteamericanas entraron en la capital. Nadie recibió a las tropas como libertadoras. Al contrario, el saqueo y el pillaje campearon a sus anchas. Pronto la potencia ocupante desmilitarizó y desbasificó el país, tribalizado en clanes y etnias; donde la religión divide y segrega. Suníes frente a chiíes reprimidos pero mayoritarios; en el norte, los kurdos, que anhelaban su autonomía al tiempo que fueron necesarios para formar gobierno. Pronto la insurgencia, para otros terroristas, haría acto de aparición, amén de una lucha fratricida entre los propios iraquíes, con cientos de miles de muertos y casi dos millones de desplazados.

¿Ha valido la pena esta guerra innecesaria? Casi 5.000 muertos norteamericanos, cientos de muertos de las tropas de otros países; miles y miles de muertos iraquíes; miles de millones de dólares gastados por mucha riqueza y recursos que encierren las entrañas del país.

Obama dio por concluida la fase militar, la del combate. Cincuenta mil soldados se quedaron durante años en suelo iraquí. El resto iría al laberinto afgano, donde se libró una guerra de verdad, silenciada y perdida. Pero a Blair apenas le preocupa el juicio de la historia y sí exige responsabilidad a Occidente, la que él mismo dinamitó hace más de una década aunque se excusa en errores ajenos. Pero, ¿para quién trabajaban y ante quién debían responder y obedecer esos servicios de inteligencia?

¿En qué se quedará este informe? En simple papel mojado, como todo; cuando la impunidad gana, cuando la justicia cede ante la mentira, o ante procesos de paz mancillados de sangre, pero redimidos por acuerdos sin exigir reparación ni expiación. Moralmente, el informe es demoledor, pero mirarán hacia el lado de la indiferencia. El lado de aquella catarsis de la que hablaban Richard Perle y Donald Rumsfeld para dominar el siglo XXI. Hoy Iraq es lo que es. Ninguna corte exigirá responsabilidad, porque no se juzga a los poderosos, solo a los perdedores. El pecado de la derrota.

Abel Veiga

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.