La hora de Mariano Rajoy en España

La hora de Mariano Rajoy en España

El mandatario español debe consolidar sus mayorías con acuerdos y negociaciones.

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06 de julio 2016 , 09:33 p.m.

En 1993, se llevó a cabo un debate televiso histórico en la historia política española. José María Aznar del Partido Popular (PP) quería arrebatarle el poder a Felipe González del Partido Socialista Español (PSOE) que gobernaba, casi, de manera hegemónica desde 1982. El PSOE y sus estructuras burocrática y programática gozaban de un manto de incontestada pertinencia en el lenguaje político español, que ningún votante del PP creía posible avistar algún triunfo.

Sin embargo, en las locaciones de Antena 3, a González se le apareció un rival insospechado. José María Aznar empezaba a dar señales de que no era aquella oveja fácil de esquilar. Gracias a un conocimiento certero de las cifras negativas y de los yerros de la política socialista, Aznar emergía como una posibilidad real de poder. Con calificativos críticos arrinconaba a un González perplejo e incómodo. Tan efectiva fue esa impresión de desconcierto en el presidente de gobierno, que perdió las elecciones.

Lo anterior sirve de preámbulo para entender los resultados de las elecciones españolas del pasado 26 de junio. Si se revisa el ambiente mediático previo al debate que sostuvieron Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias se advierte que en España va haciendo carrera la tesis de que los debates cautivan indecisos y, por ello, deciden elecciones. Parece una obviedad, pero en política cierto tiempo es necesario insistir en lo obvio.

Como presidente de gobierno y del PP, Rajoy salió a defender un programa que había, nada menos, salvado a España del rescate por parte de la Troika. Como el mismo Aznar, daba cifras y números apoyados en instituciones de calificación de riesgo tanto europeas como estadounidenses. Resaltaba la recuperación de una economía calibrada por el desempleo y la improductividad. Y resaltaba que los españoles habían confiado el 20 de diciembre de 2015 en su gestión presidencial, pero que por mezquinas maquinaciones partidistas, no se había consolidado un gobierno bajo su tutela.

Con el título de presidente de Gobierno, Rajoy fue el centro de las críticas y del debate. Sánchez, Rivera e Iglesias le increpaban, también con datos y mediciones, los descalabros de su gestión y los lunares éticos que había protagonizado su partido. Le tildaban de complaciente con la corrupción, de inepto, de amigo de los evasores tributarios y de ser un político mezquino y aislado de los intereses españoles. Tan es así, que los debates electorales parecen peleas de comadres. Nadie queda con cabeza alzada. Todos tienen algo que aclarar.

Aun así, el triunfo fue para el Partido Popular. Logró 137 parlamentarios, muy lejos de los 176 que se necesitaban para adquirir la mayoría absoluta. El PSOE de Sánchez obtuvo 87 escaños, mientras que Unidos Podemos, la coalición de extrema izquierda que lidera Iglesias, 71. Y, como elemento interesante de la jornada y del resquebrajamiento del bipartidismo español, Ciudadanos de Albert Rivera alcanzó 30.

Tal parece que la fórmula de ‘TOCONRA’ (Todos contra Rajoy) le sirvió de revulsivo a los votantes indecisos a preferir la continuidad que pugnacidad de la coalición de Unidos Podemos y PSOE. La figura de víctima le granjeó los apoyos necesarios a Rajoy para llegar a La Moncloa, aunque de manera consensuada con Ciudadanos y, es probable que con el PSOE.

Otra razón de la victoria de Rajoy fue la fragmentación del voto de la izquierda. PSOE quería mantener sus mayorías electorales y liderar el gobierno progresista sin la ayuda de Iglesias. Pero eso dividió al electorado de izquierda. Los jóvenes por Unidos Podemos y los demás, por el PSOE. De allí que Iglesias le recalcara con insistencia a Sánchez, que el enemigo era Rajoy y el PP, no él. Pero el mensaje cayó en oídos sordos.

Quizá también se puede señalar que el apoyo que han mantenido Unidos Podemos y el PSOE, en ocasiones, a los proyectos separatistas españoles inclinó la balanza electoral a favor de Rajoy. Tres días antes de las elecciones españolas, Gran Bretaña decidía salirse de la Unión Europea, así que por asociación el votante español leyó dicho referendo como un augurio de desmembramiento territorial y, prefirió votar por quien no pacta con proyectos secesionistas.

Por lo pronto, Rajoy ya debe superar la lección de candidato que demostró en el debate, algo calcada de la de Aznar, y consolidar sus mayorías con acuerdos y negociaciones. Debe fortalecer esa imagen de líder capaz que le reconocen, algunos, fuera de España. Pero si atiza más la crispación dentro de España, no lo logrará y será el detonante de otras elecciones. Y, ese no es un lujo que puede permitirse un país que estuvo cerca del abismo fiscal de Grecia.

La gobernabilidad pende de un sistema de confianzas que hace tiempo se perdió en España. Iglesias y su discurso radical, aunque inflado, han horadado las estructuras electorales que sostenían al bipartidismo español y, por ello, no es digno de desprecio. No es hora de subestimar, ni de incendiar los medios con acusaciones de campaña. La hora cambió y Rajoy debe cobijarse bajo el manto de los acuerdos con quienes lo llamaron ladrón y corrupto. Pero así, cabe recordar, son las peleas de las comadres y la política.

DIEGO CEDIEL
Profesor de Ciencias Políticas
Universidad de La Sabana

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