De salida

De salida

Hay cosas maravillosas que se han perdido, que las estamos jubilando. Una de esas es la sabiduría.

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06 de julio 2016 , 06:05 p.m.

Tuve la suerte de conocer a un gran señor que se murió hace poco en Bogotá. Se llamaba Álvaro Llorente y era un sabio como he visto pocos en mi vida: una especie de enciclopedia ambulante –lo era–, solo que mucho mejor que cualquier enciclopedia, pues además de tener en la cabeza todos los datos sobre el tema del que uno le hablara, su diálogo era siempre discreto y generoso, divertido, feliz.

Tengo entendido que cuando sus hijos eran jóvenes, Álvaro se los llevaba a escondidas de la mamá, la filósofa María Eugenia Carreño, a unos viajes de aventura por la Colombia profunda. En tren hasta Santa Marta, en bus hasta San Agustín; como exploradores ingleses, con sombrero y todo. Y una vez, hace muchos años, llegué a su casa y vi una escena bellísima: él con su nieta de ocho años, enseñándole a jugar ajedrez.

Es una verdadera lástima que esos personajes así desaparezcan. Y no solo por el hecho de su muerte, tan triste para su familia y sus amigos, claro, sino porque con ellos se va borrando también, quizás para siempre, un ideal que durante siglos tuvo vigencia y fue posible y que hoy está casi en vías de extinción: el del sabio universal e insaciable; el del aprendiz eterno, más bien, curioso hasta el final de las maravillas del mundo.

Nadie puede negar que la nuestra es una época llena de progresos y avances, aunque eso le cabe casi a cualquier época de la historia de la humanidad en la que uno piense: ninguna ha habido tan ciega o tan torpe o tan nula que no los tuviera también; no ha habido momento de la historia, ni siquiera los más oscuros o retrógrados, en que sus habitantes no se sintieran por encima de quienes los precedieron.

Pero vivimos en un tiempo que mucho ha mejorado con respecto al pasado y negar eso es una torpeza que no tiene ningún sentido. Sin embargo hay también cosas maravillosas que se han perdido, que las estamos jubilando. Y una de esas, desde hace mucho, es la sabiduría: la pasión por el conocimiento como un fin en sí mismo; el conocimiento, no importa qué tan inútil parezca, como un instrumento del placer, como un destino.

Obvio: nadie puede (quizás nadie debe) saberlo todo, nadie se libra de la característica por excelencia de la especie humana que es la ignorancia. Y cuantas más cosas se saben, por pocas o muchas que sean, más cosas se ignoran, y el conocimiento es quizás la única conquista que se va haciendo más pequeña cuanto más grande es: cada nueva cosa que aprendemos es una puerta a los cientos de miles que ignoramos, y así cada vez más.

Esa fue una de las empresas más bellas del ser humano: querer saber, cultivar la ignorancia como una fuente inagotable de descubrimientos y emociones. Parece una idea arrogante pero es todo lo contrario: ir por el mundo como Sócrates –el futbolista, aunque dicen que hubo también un filósofo que se llamaba así– cosechando dudas, inquietudes, errores. La dicha de que nada de lo humano nos sea ajeno.

Eso se acabó con el triunfo irrefutable y dogmático, excluyente, y eso es lo grave, de quienes creen que solo es legítimo saber y hablar de una sola cosa y que cualquier aspiración universal es despreciable o ridícula, innecesaria. Como si no hubieran convivido siempre la parte con el todo; como si la ciencia y las humanidades se negaran entre sí, cuando en realidad se explican y se necesitan con el alma la una a la otra.

Lo acaba de decir George Steiner en una entrevista que le dio a El País de Madrid y que ya es viral en internet: es una desgracia que la modernidad haya acabado en el villorrio, en la pequeña isla. Sin alma, sin poesía.

Solo que él ya está de salida: como si los sabios le estorbaran a este mundo, que los necesita más que nunca.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

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