¿Lobos o humanos?

¿Lobos o humanos?

El ejemplo del 'lobo de Gubbio' es elocuente para todos nosotros, atrapados en la guerra del alma.

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06 de julio 2016 , 04:34 p.m.

El lobo de Gubbio, de 'Las florecillas' de San Francisco, es una lección de paz. Era un lobo que mató mujeres y hombres y sembró el terror en la ciudad. Francisco salió a buscarlo, lo saludó con la cruz y sin dejarse intimidar le habló con comprensión y firmeza: “Hermano Lobo, mereces como castigo la muerte por asesino, pero he venido por la paz, para que dejes de hacer mal a los habitantes de Gubbio, y para que ellos dejen de perseguirte”. El lobo movió la cola en aceptación, y Francisco le dijo: “Como aceptas la paz, te prometo que la ciudad va a asegurarte comida, porque sé que el hambre es lo que te ha llevado a atacarlos. Tú a cambio prométeme respetar en adelante a la gente y a sus animales”. Y el lobo movió la cabeza afirmando que aceptaba.

Michel Sauquet trae el relato en su libro 'Le Passe Murailles', en el que muestra la pasión de Francisco por el ser humano que supera todos los obstáculos, y nota que posiblemente el lobo de Gubbio fue hombre que sembraba terror.

Francisco vio que el individuo atacaba por hambre. Que la injusticia provocaba su comportamiento. Convenció previamente a la comunidad de Gubbio de que se comprometiera a alimentarlo. Ofreció la comida al bandido y se puso de garante para que no lo asesinaran por venganza.

Pero la gente de Gubbio, víctima de los crímenes, no confiaba. Pensaron que ‘el lobo’ mataría al ingenuo de Francisco. No creían que la bestia pudiera cambiar. Y Francisco cambió al agresor. Lo hizo hermano. Y cambió a las gentes de Gubbio, que, como cuentan las 'Florecillas', recibieron al ‘lobo’, lo alimentaron en las familias, llegaron a quererlo como amigo y lo lloraron el día de su muerte.

El ejemplo es elocuente para todos nosotros, ahogados en el temor y la desconfianza, metidos en la encrucijada de profundizar la violencia o salir al encuentro humano, atrapados en la guerra del alma.

Porque, como escribió William Ospina en un texto del que se apoderaron las redes, y pido excusas por recortarlo por falta de espacio:

“Si hubo una guerra, todos delinquieron, todos cometieron crímenes, todos profanaron la condición humana, todos se envilecieron. Y la sombra de esa profanación y de esa vileza cae sobre la sociedad entera, por acción, por omisión, por haber visto, por haber callado, por haber cerrado los oídos, por haber cerrado los ojos.

“Lo que hace que una guerra sea una guerra es que ha pasado del nivel del crimen al de una inmensa tragedia colectiva, y en ella puede haber héroes en todos los bandos, canallas en todos los bandos, en todos los bandos cosas que no merecen perdón. Y ahí sí estoy con Cristo: hasta las cosas más imperdonables tienen que ser perdonadas, a cambio de que la guerra de verdad se termine, y no solo en los campos, los barrios y las cárceles, sino en las noticias, en los hogares y en los corazones...

“Hay una teoría de las víctimas, pero en una guerra de 50 años ¿habrá quién no haya sido víctima? Basta profundizar un poco en sus vidas, y lo más probable es que hasta los victimarios lo hayan sido, como en esas historias de la violencia de los años 50, donde bastaba retroceder hasta la infancia de los monstruos para encontrar unos niños espantados.

“Por eso es preciso hablar del principal victimario... un orden inicuo, de injusticia, de menosprecio, de arrogancia, que aquí no solo acaba con la gente: ha matado los bosques, los ríos, la fauna silvestre... Un orden absurdo, excluyente, mezquino que hemos tolerado entre todos.

“Al final de las guerras, cuando estas se resuelven por el diálogo, hay un momento en que se alza el coro de los vengadores que rechaza el perdón, que reclama justicia. Pero los dioses de la justicia tenían que estar al comienzo para impedir la guerra. Cuando aparecen al final, solo llegan para impedir la paz”.


Francisco de Roux

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