En riesgo, colegios de San Bernardo por olla de consumo

En riesgo, colegios de San Bernardo por olla de consumo

Aunque hay presencia policial, las carreras 11A y la calle 3.ª son un hervidero de drogas.

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05 de julio 2016 , 10:25 p.m.

“Hacia este lado bajó un poquito la tensión con la llegada de los policías, pero la preocupación es hacia el otro lado, hacia el colegio y el jardín. Muchos niños están quedando expuestos a tanta vaina fea”, advierte un comerciante del barrio San Bernardo (localidad de Santa Fe).

El vecino alude al Instituto San Bernardo de La Salle, que, emplazado en la calle 2.ª entre carreras 12 y 13, quedó muy cerca de la nueva zona cero del consumo de estupefacientes, una que podría convertirse en la más grande de Bogotá. Aunque esta semana el colegio sigue en vacaciones de mitad de año (regresan a clases el próximo lunes), cuando vuelvan se encontrarán con un panorama más complejo que el que dejaron al salir. (Lea: El 'Bronx', un error que no se puede repetir en Bogotá)

Los que ya se topan de frente con la nueva realidad son los del centro educativo distrital Antonio José Uribe, sede B (carrera 11B con calle 3.ª). “Para uno que lleva más de 15 años viviendo por acá no es tan complicado, porque uno más o menos se acostumbró. Lo delicado son los muchachos, que los roben o los ataquen, uno no sabe”, dice Carlos Andrés Villamizar, quien agrega que se ha rumorado sobre la intención del Distrito de comprarles predios a varios propietarios para adelantar una renovación urbana. (Lea: Familias del 'Bronx' denuncian que operativo fue arbitrario)

Caminar por las carreras 11 y 11A entre calles 3.ª y 4.ª parece como andar por una zona llena de zombis: personas harapientas y con las miradas perdidas van y vienen por el andén y la calzada. La 11A es un callejón que desde hace tres semanas parece que fuera a convertirse en un nuevo ‘Bronx’.

A este punto se trasladó la ‘calentura’ luego de que el Distrito adelantara la demolición de cuatro predios (22 de junio) que antes eran utilizados como ollas de consumo, a escasas dos cuadras (calle 6.ª con carrera 10.ª); tras el derrumbamiento de esos sitios de perdición, una horda de habitantes de la calle y adictos quedó a la intemperie. A ellos se les ha sumado parte de quienes salieron del viejo ‘Bronx’ o también llamada ‘L’.

Y lo que antes era un callejón ocasionalmente usado para consumir (carrera 11A), pues era poco transitado por vehículos, en los últimos días devino en una nueva olla. (Lea también: Comerciantes del centro piden reubicación de los habitantes de calle)

Aunque la Policía hace presencia en varias calles aledañas y vigila las 24 horas del día, lo cierto es que los corredores mencionados poco a poco caen en desgracia, tal como advierten los propios vecinos.

En la esquina de la carrera 11 con calle 3.ª, por ejemplo, se ubica la panadería Triunfa Pan. A pleno mediodía este punto parece un hormiguero por tanta gente drogada que sale de la 11A. Los habitantes de calle y consumidores se sientan afuera o pasan pidiendo monedas, billetes, lo que sea. Los más afectados se tambalean, con costales al hombro o botellitas de pegante en las manos.

“Nos está tocando cerrar las puertas a las 6 p. m. porque a esa hora ya hay demasiada gente”, comenta el administrador de la panadería. “Y por la mañana toca quitarlos de la entrada a la brava, porque es de la única forma que entienden”complementa.

Otro problema que denuncian es que, ahora que pasan tantas personas, inescrupulosos aprovechan para escaparse sin pagar las cuentas. (Además: A bala, mafias del 'Bronx' se iban a tomar San Bernardo)

En la esquina posterior, carrera 11 con calle 4.ª, José Díaz, tendero, expresa que él, como otras familias, lleva más de 30 años en el barrio. Llegaron cuando aún era un sector tradicional, lo que cambió mucho.

Medidas

EL TIEMPO consultó varias fuentes oficiales, pero no le confirmaron que para la zona esté listo un plan de renovación. Lo que sí se pudo establecer es que ante el acecho de la problemática social que ronda por el barrio, y que de hecho ya empieza a configurar una nueva ‘ele’, la alcaldía local de Santa Fe implementará unos corredores para cuidar la integridad de los menores (ver infografía).

“Diseñamos dos rutas seguras, que funcionarán de 6 a 8 de la mañana y de 3 a 5 de la tarde. Pero hay que recordar que esto es una responsabilidad conjunta entre el Estado y las familias de los niños. Los papás deben comprometerse a enviar y recoger a los estudiantes en los horarios correspondientes, para que de esa forma garanticemos que no estén expuestos a estas presiones”, señaló el alcalde local, Gustavo Alonso Niño.

El mandatario añadió que la Policía Metropolitana hará acompañamiento intensivo en esos horarios y que el proceso de protección tendrá un componente social respaldado por las secretarías de Educación e Integración Social, el hospital Centro Oriente, Aguas de Bogotá y la Personería Local de Santa Fe.

Dificultad

Son las dos de la tarde. En la entrada norte del callejón (carrera 11A con calle 4.ª), tres agentes ingresan corriendo y se van encima de un hombre de chaqueta holgada y pantalones anchos. Lo aprehenden, le ponen las manos en la espalda y lo pasean por el lado de recicladores, jóvenes con las miradas perdidas y viejos barbados, descuidados, que escupen y maldicen mientras son testigos de la escena. El suelo es un tapete de basuras.

A escasos dos metros de los policías, que se dirigen a la patrulla (un par de cuadras hacia el oriente) como si la ley no les estuviera pasando por las narices con el detenido (presunto atracador que hizo de las suyas en la avenida Caracas), un indigente le extiende un billete de 1.000 pesos a un muchacho que si acaso tendrá 18 años. Este empuña el dinero, da unos pasos hasta una portezuela de una edificación de ladrillo y golpea con los nudillos. La puerta se entreabre y el muchacho extiende la mano, dice algo.

Un par de segundos más tarde, una mano vuelve a salir de la portezuela con una papel envuelto, que a su vez el muchacho guarda en su bolsillo. Desanda sus pasos y le entrega el envuelto al indigente, que camina unos pocos metros hasta una pared junto a la cual se sienta, y a la vista de todos arma su cigarro de basuco.

En cuestión de minutos, el indigente tiene la mirada clavada en el piso. Recoge su costal, que había tirado al suelo, se lo echa al hombro y penetra de nuevo en la 11A, donde se pierde entre las decenas (si no centenas) de hombres y mujeres que allí encontraron su nuevo refugio de consumo.

Yo me mantenía entre las casas que derrumbaron y ahora me la paso por acá, de arriba para abajo”, cuenta Paola, como se hace llamar una consumidora. “El problema para todos nosotros y para toda Bogotá es que hay drogas hasta para que prueben los niños”, apunta con su último toque de lucidez.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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