Europa, entre el nacionalismo y la insolidaridad

Europa, entre el nacionalismo y la insolidaridad

El Reino Unido, España, Francia y Alemania viven momentos de tensión.

notitle
05 de julio 2016 , 08:16 p.m.

Los últimos eventos en Europa han llevado a pensar, con justa razón, que el continente ha olvidado uno de sus pilares esenciales: la solidaridad.

Este concepto es fundamental para entender la manera como se reconfiguró luego de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la llegada de miles de refugiados ha producido una alteración en la manera de concebir las relaciones con los vecinos, poniendo el acento en la seguridad y en los peligros que conlleva el desplazamiento de grupos islámicos a territorio europeo.

Europa no es un invento del siglo XX; Europa, como recuerda el profesor alemán Pablo Koschaker –Europa y el derecho romano (1955)–, se constituyó en una idea cultural concebida en el año 800 d. C con la entronización del emperador Carlomagno por parte del papa León III. El continente europeo surge en el espectro mundial a través de tres principios: el derecho romano, el catolicismo y el latín.

Consolidadas las monarquías durante los siglos siguientes a través de sus lenguas romances, su derecho propio y el catolicismo, se presentó el periodo de la Ilustración, que llevó a concebir las revoluciones liberales fundadas en la libertad, igualdad y fraternidad o solidaridad.

Estos principios no se consolidaron durante la revolución industrial y el romanticismo en el siglo XIX. Fue el tiempo de la poesía, la novela, la música y las grandes creaciones del espíritu. Sin embargo, la desigualdad era la regla y la gran patología que ha afectado al ser humano hizo su aparición con mucha pompa: el nacionalismo.

Una vez producidas las dos guerras mundiales, el mundo civilizado reaccionó concibiendo una proyección europea ajena a la visión desquiciada de la guerra. Jean Monnet, René Cassin y otros forjaron una idea europea sobre la base de la solidaridad.

Ese valor tuvo al continente unido sobre unas pautas comunes que se consolidaron bajo los liderazgos del presidente francés François Miterrand y el canciller alemán Helmut Kohl. Era el fin de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín. (Lea también: Líderes europeos le piden al Reino Unido irse de la UE con rapidez)

Para el académico norteamericano Francis Fukuyama, ese nuevo tiempo marcaba lo que él denominó “el fin la historia”.

La democracia y el libre mercado harían su trabajo, indicó el profesor. Sin embargo, no era evidente esa conclusión; de hecho era inocente.

La política se planteó no solo como el establecimiento de reglas de elección, sino como un mecanismo de solidaridad entre los Estados.

Con la entrada del siglo XXI, el terrorismo religioso militante encabezado por Al Qaeda y el Estado Islámico (EI) apareció en el horizonte golpeando a Europa de forma masiva. Eran los efectos colaterales no solo de las viejas dominaciones coloniales, sino de las absurdas guerras que han devastado a países como Irak, Siria y Afganistán, entre otros.

Los atentados terroristas en Madrid, Londres, París y Bruselas han dejado serias secuelas en la manera de pensar esa Europa de la posguerra. Sobre todo, cuando se observa que quienes atentan contra los inermes ciudadanos en esos países son, en su mayoría, sus propios compatriotas. (Además: Un millón de personas en Reino Unido piden segundo referendo sobre UE)

Estos hechos han cambiado la forma de hacer y pensar la política en Europa. Para algunos analistas, lo que se tiene al frente es el fin de los partidos y la posible asunción de opciones personalistas, caudillistas que tarde o temprano romperán el difícil equilibrio de los acuerdos y los consensos.

Para otros, entre los cuales me incluyo, los debates políticos se realizan en clave nacional y no europea, preservando y reinventando partidos y movimientos, teniendo presente la consolidación del Estado bienestar o social de derecho, con una visión nacionalista.

Es evidente que los giros hacia un partido de derecha o de izquierda puedan tener diversas lecturas. Sin embargo, el problema no está allí. Lo grave es que ambas tendencias han enfocado la política en sus propios países, cargando de nuevo la realidad europea con fronteras internas y limitaciones nacionales que creíamos superadas.

Realidades nacionales

Inglaterra, España, Francia y Alemania viven momentos de tensión. La salida del Reino Unido (brexit) de la Unión Europea, producto del torpe referendo convocado por el mediocre primer ministro David Cameron, demuestra la tendencia nacional de Europa.

Que la segunda economía de la Unión Europea abandone un sistema cultural y político recuerda los momentos vividos en la Primera o Segunda Guerra Mundial. Ni hablar de su posible implosión con Escocia e Irlanda a la cabeza. Es sencillamente lamentable.

En España no ha podido formarse el gobierno y, por primera vez desde la promulgación de la Constitución Política de 1978, se disolvieron las Cortes –Congreso de Diputados– por parte del rey Felipe VI.

En el espectro político, los movimientos emergentes nacionalistas buscan gobernar al país, alejándose de la idea europea. Este surgimiento rompió, en las elecciones de diciembre del 2015, el bipartidismo histórico entre el Partido Popular (PP) y Partido Socialista Obrero Español (Psoe).

Bajo ese panorama se realizaron de nuevo las elecciones el pasado 26 de junio, con baja participación y con un triunfo del Partido Popular (PP), que aún debe realizar coaliciones para obtener mayorías y así formar gobierno. De todos modos, España ajusta seis meses de interinidad, evento que trae a la memoria a Italia y su inestabilidad.

El caso francés es particular. En las últimas elecciones presidenciales, el partido de ultraderecha Front National (FN), de Marine Le Pen, alcanzó el 26 por ciento del electorado. Esta cifra récord demuestra la preocupación de los franceses en torno a la situación económica y a la llegada de refugiados a su país.

La paradoja es simple: apoyando un partido o políticas de derecha se consolidaría el Estado bienestar, pero para los franceses y no para extranjeros que ingresen al país. Ese escenario pone el consenso francés en una situación compleja.

Los socialistas que defienden la intervención del Estado se encuentran desgastados con un Gobierno errático en lo social. François Hollande llegó al poder con un discurso social y termina su periodo con un desmantelamiento del Estado bienestar sin tener en consideración un plan de choque para hacerlo. (También: Hungría rechaza 600 refugiados en el primer día de su nueva ley)

Las multitudinarias protestas se lo recuerdan todos los días. No es gratuito que la señora Le Pen y el líder del partido de izquierda, Jean- Luc Mélenchon, pidan a gritos un referendo para que Francia siga el camino del Reino Unido.

El caso de Alemania es más complejo aún por su liderazgo en la Unión Europea. La recuperación del continente pasa por sus manos. Sin embargo, el asunto se anticipa muy difícil por el arribo de miles de inmigrantes que impiden la puesta de marcha de mecanismos ordinarios para afrontar la crisis.

La emergencia es la regla en esa nación, lo que ha puesto contra la pared a la canciller Angela Merkel, que ha venido desvaneciéndose paulatinamente.

El impulso alemán a los planes de reestructuración de la deuda soberana griega y la negociación de un acuerdo con Turquía para obligar al retorno a los refugiados que ingresan a territorio europeo por Grecia, evidencian la alteración en el alma de los teutones.

Movimientos de ultraderecha como Pegida comienzan a utilizar la peligrosa mezcla de populismo y nacionalismo, poniendo a ese país en el eje de una retoma nacional que ve con optimismo el Estado social de derecho y la consolidación de políticas sociales, pero que se apega a tradiciones históricas para rechazar a los inmigrantes.

Xenofobia y terrorismo

Europa tendrá que decidir si se recompone mediante los valores de solidaridad e igualdad que se forjaron en la segunda mitad del siglo XX o actúa de forma arrogante, poniendo el nacionalismo y la xenofobia al frente de sus prioridades. Pensar en conjunto le permitirá, sin hipocresías, entender que la inmigración es un asunto político endógeno y no un asalto de “bárbaros” que entran a fronteras civilizadas. (Lea aquí: La pista exsoviética del triple atentado en el aeropuerto de Estambul)

Los movimientos políticos en Europa –como ocurre en Reino Unido, Francia, España y Alemania– tienden a moverse hacia posiciones extremas. En Austria, la extrema derecha perdió las presidenciales, pero las elecciones fueron anuladas por “irregularidades”. Ahora Norbert Hofer puede terminar montándose al poder en los comicios del 2 de octubre. También dejó preocupación la aprobación, en el marco de un “Estado de emergencia”, de una ley para restringir el derecho de asilo de las poblaciones migrantes. En la misma línea, como recordaba el profesor Ian Buruma en EL TIEMPO, el primer ministro húngaro, Viktor Orban, quiere solicitarle a su pueblo si debe aceptar la cuota de refugiados impuesta por Europa. Por el lado de Holanda, se someterá a referendo si se acepta el acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea.

Reino Unido, como se indicó, votó para salir de la Unión Europea, dejando una sensación de desolación entre sus miembros. Las razones fueron de diversa índole; entre ellas, la preocupación de los británicos por la avalancha de migrantes libios, sirios e iraquíes que llegan a las costas griegas e italianas, huyendo de una guerra que importa poco al mundo europeo y a la disonancia que existe en un continente que convive sin entenderse. Podemos aventurarnos a denominar este fenómeno como “las fallas de la globalización”.

Lamentablemente, Europa se reconfigura por medio de su fragilidad. Las políticas sociales podrían ser aprovechadas por los movimientos populistas y nacionalistas que recuerdan que el desempleo, el hambre, la violencia y la falta de oportunidades son responsabilidad de los extranjeros que arriban a sus países. Esto sirve para que los partidos de izquierda o derecha utilicen el Estado social de derecho y las medidas de excepción como alternativas de gobierno.

No es, por ende, extraño empezar a observar de nuevo un discurso de derechos sociales nacionalistas, sin libertades políticas, como lo anunció en El mundo del ayer el escritor austriaco Stefan Zweig, entre 1939 y 1941, y que al final se consolidó en ese continente con el fascismo y el nazismo.

El reto de Europa está en entender esta reconfiguración política. La solidaridad puede cambiar la cara de la política europea. Esa fue la regla de comportamiento en Europa luego de la Segunda Guerra. Lo importante es que no se pierda de vista que el pluralismo, la democracia maximalista –no solamente electoral– y los derechos humanos deben ser el eje central de la nueva configuración.

Un paso en falso fuera de esa triada y el mundo europeo podría entrar de nuevo en las sombras que tanto conoce.

FRANCISCO BARBOSA
Profesor de la U. Externado
Ph D en Derecho Público, Universidad de Nantes (Francia).
En Twitter: @frbarbosa74

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.