No hay respeto

No hay respeto

No habrá proceso de paz que brinde los remedios necesarios para todos los males que azotan al país.

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04 de julio 2016 , 10:58 p.m.

Digamos que el proceso de paz con las Farc llega a feliz término. Soñemos con aquel instante en que cerramos ese episodio nefasto de nuestra historia: sonará el himno nacional, habrá aplausos, discursos, se agitarán las banderas y seguro una o varias palomas blancas emprenderán vuelo. Todo será como el final feliz de un cuento de hadas, y estamos a semanas de que eso ocurra. Sin embargo, me asalta una inmensa desazón porque siento que el listado de pendientes de nuestra Colombia enferma sigue siendo muy largo.

No habrá proceso de paz que brinde los remedios necesarios para todos los males que azotan al país. Y no me refiero a los males de siempre: la inseguridad y la desigualdad, que parecen parte de nuestra eterna condena por ser colombianos. Hablo de otras enfermedades enquistadas en el corazón de cada uno de nosotros y que no sé a través de qué terapia podremos sacar de nuestro interior.

¿De qué va a servir el proceso de paz con las Farc si en las ciudades de Colombia sigue siendo más valioso un celular que la vida de una persona? ¿Qué sentido tiene el cese del conflicto con la guerrilla si a la vuelta de la esquina están miles de personas que buscan destruir a aquel que tiene éxito por simple y mera envidia?

Los colombianos somos una especie de enfermos mentales acostumbrados a desconfiar del otro, a subvalorar la vida, a despreciar los logros de los demás y a exaltar todo lo que parezca prestigioso y multimillonario, así el origen de su fama o dinero sea absolutamente discutible. Es como si padeciéramos de una mezcla de falta de autoestima con una grave conducta antisocial que termina volviéndose contra nosotros como país y como pueblo.

Es así como expresiones del tipo ‘al caído, caerle’ o ‘no dé papaya’ dan cuenta de nuestra espantosa forma de comportarnos y de ver la existencia. Aquí celebramos el fracaso de un emprendedor que se ahoga en el esfuerzo de crear algún negocio, y aprovechamos la ausencia de autoridad para hacer lo que nos da la gana, como parquear en donde está prohibido, descuidar las obligaciones laborales o pintar grafitis donde sea. ¿Qué clase de sociedad puede construirse sobre unos cimientos tan endebles?

Simple: no existe el respeto al otro. Así sea para sacar provecho para nosotros mismos o por el simple placer de acabar con otra persona, vivimos buscando la forma de pasar por encima de los demás. Por eso algunos van felices por la vida con sus escoltas y camionetas blindadas, sintiéndose parte de un grupo social superior al resto. Mientras tanto, otros se adentran en las tripas de las redes sociales para atacar, insultar y desprestigiar a quien corresponda, gracias a esa tribuna abierta y gratuita que nos hace sentir poderosos.

Por ese desprecio y desinterés hacia los demás es que los políticos terminan robándose la plata de la salud, de la educación o de la alimentación de los más vulnerables. Nada más egoísta que la corrupción. Nada más enfermo que quienes roban a su propia casa.

Pero ese mismo desinterés hacia los otros es el que se vive a diario en las calles de ciudades y pueblos. ¿Acaso no son los taxistas los culpables de su propia crisis ante la llegada de Uber? ¿No fueron los conductores de taxis los que pusieron por delante su comodidad (yo hasta allá no voy) y su necesidad de aprovecharse del otro (cobrando de más) antes que el respeto hacia sus clientes?

De nada servirá el proceso de paz si no cambiamos. Tal vez se acaben en algunas regiones del país la violencia y la amenaza terrorista, pero si nosotros no somos capaces de revaluar nuestra forma de ver a los demás, el país seguirá condenado a ser un purgatorio en vida.
* * * *
#PreguntaSuelta: ¿ustedes también extrañarán al astrónomo de bigote que fue cambiado por un político en el billete de 20.000?

Juan Pablo Calvás
@Colombiascopio

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